Con frecuencia leemos y escuchamos en el
periodismo oral, escrito y televisivo las quejas y los pronunciamientos de
personas particulares o de gremios contra autoridades del gobierno central, o de
uno u otro departamento, asimismo, contra los parlamentarios y dirigentes de
instituciones y de organismos, incluyendo a quienes mandan en nuestro distrito,
tanto en la capital como en las provincias.
En un país como Bolivia, aquejado de muchos males, no deja de ser normal la
queja -además de la crítica-, contra autoridades, parlamentarios y dirigentes,
porque no cumplieron lo que prometieron en su momento, porque se olvidaron de
los electores que les dieron sus votos, porque obraron exactamente al revés de
lo que propusieron, y por otras razones que se haría largo citar. No faltan
ciudadanos -al contrario, son muy numerosos-, que dentro de sus quejas y
críticas reclaman que senadores, diputados, concejales y otros personajes que
manejan los destinos del país y los intereses del pueblo, deben ser oriundos de
la región a la que representan así estén en funciones propias del Estado.
Desde esta columna editorial no pocas veces hemos compartido la actitud de la
ciudadanía, no tanto por aquello de las promesas incumplidas -que al fin y al
cabo es una característica en todo el mundo, aunque no al extremo a que se llega
en Bolivia-, sino porque las autoridades, los ‘padres de la patria’, los
funcionarios públicos de la jerarquía que fuere, los magistrados, los
concejales, los consejeros, los dirigentes cívicos y de instituciones y tantos
otros, llegaron a los sitiales que ocuparon o que ocupan para sacar provecho
personal, para satisfacer sus ambiciones, para favorecer a los suyos y a sus
conmilitones, sin que se les pase por la cabeza que fueron elegidos o designados
para trabajar por la colectividad, por la ciudad, por la región y por la patria.
Dentro de esta funesta característica se sitúan en lugar destacado numerosos
individuos que alcanzaron la función pública por ser representantes de gremios
influyentes, poderosos si cabe el término -representación que dicho sea de paso
se arrogaron a base de ‘viveza’, osadía y pactos oscuros, jamás por capacidad y
espíritu de servicio-, y que para colmo de males no son oriundos del pueblo o
del distrito donde están en actividad, peor aún, suelen ser relativamente recién
llegados. En este capítulo se inscriben muchas personas muy especialmente en
Santa Cruz de la Sierra y en todo el departamento cruceño, al recibir anualmente
a millares de migrantes.
Por allí están dichos individuos fungiendo de congresistas, alcaldes,
concejales, magistrados, fiscales y en otros tantos cargos de responsabilidad,
como ya está dicho, sacando gruesa tajada, ejercitando los tan negativos
prebendalismo y nepotismo, favoreciendo a sus acólitos y al sector al que
pertenecen, en desmedro de aquel al que se deben y que no es otro que el pueblo.
Oficinas relucientes, equipadas con lo más avanzado de la cibernética,
secretarias solícitas y servidumbre al instante, he ahí la fastuosidad de que se
rodean estos personajes para medrar del erario, nunca o casi nunca para
favorecer a la colectividad con una obra limpia de polvo y paja. Porque eso más,
raramente libran una obra al servicio público sin que ésta hubiera sido motivo
de hechos de corrupción y de las consabidas postergaciones.
Toda la razón del mundo tiene la ciudadanía que a diario se está pronunciando
contra esos individuos que llegan a posiciones expectantes en el gobierno, en
otras instancias de poder y en instituciones u organismos, que en el colmo de
los males ni siquiera son oriundos de la región de la que inopinadamente se
convirtieron en voceros. Es más, que llegaron recién nomás y que fueron acogidos
tan cálida como cándidamente.
¡Hay que llegar a viejo!
Tertuliador ®®
Desde el mojón de la esquina
Tal vez porque las condiciones de vida en nuestro
país son muy duras.
Tal vez porque en el curso de la existencia de cada cual son muchos los tragos
amargos que hay que apurar.
Tal vez porque a cada paso nos asaltan las decepciones y los desengaños.
Tal vez porque nos empeñamos en rechazar y en sobreponernos a nuestra
expectativa de vida.
Llegar a viejo en Bolivia es un hecho prodigioso.
Y hay que exaltarlo, hay que premiarlo.
En exaltar y en premiar a los viejos, en Bolivia, no se dan para nada las
mezquindades.
Al contrario, de manera unánime, somos generosos.
Hasta llegamos a pasarnos de la raya.
A cuántos viejos, por el solo hecho de ser viejos, no les han caído encima las
más altas condecoraciones.
Las más altas condecoraciones que crecen en la medida en que más son los años
que se llevan vividos.
****
Bien pocos son los bolivianos que llegan a los noventa años.
Por lo general, paran los ‘Manacos’ antes de llegar a las nueve décadas.
No sobreviven a la idea de que al llegar a los noventa, les llenen el pecho y
también el abdomen e incluso las piernas, con una pintoresca variedad de
diplomas.
O con una colección variopinta de medallitas.
Aparte de la edad y de los achaques, sin duda que tiene sus bemoles lo de llegar
a viejo en Bolivia.
De nada sirve, incluso, alegar inocencia absoluta.
****
Doy testimonio de un caso patético.
Tratábase de un funcionario ochentón que se había pasado cincuenta años de su
vida apilando expedientes y otros documentos de interés público, muy
importantes.
Al comienzo no tuvo problemas porque los expedientes y los documentos
importantes, cabían en amplios estantes y en una enorme mesa escritorio.
Pero, con el tiempo, los papeles rebasaron los estantes y la mesa escritorio, y
el funcionario en cuestión no tuvo reparos en empezar a apilarlos sobre el piso
pelado y húmedo.
¿Consecuencias? Muchos expedientes y documentos importantes sirvieron de
alimento a ratas y ratones o se deterioraron totalmente por efectos de la
humedad.
Con un mínimo de iniciativa y de sentido de la responsabilidad, el funcionario
pudo conseguir ayuda para adquirir más estantes y más mesas escritorio, con lo
cual hubiera precautelado papeles de enorme valor.
Siguió apilando en el suelo y causando el deterioro de piezas históricas.
Al poco tiempo, y pese al gran daño causado al interés público, le concedieron
medalla y diploma autoridades e instituciones.
¡Había consumado la hazaña de llegar a viejo!