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EDITORIAL

Santa Cruz de la Sierra - Bolivia, Lunes 10, Mayo de 2004  

>>    Las autoridades y los dirigentes

Con frecuencia leemos y escuchamos en el periodismo oral, escrito y televisivo las quejas y los pronunciamientos de personas particulares o de gremios contra autoridades del gobierno central, o de uno u otro departamento, asimismo, contra los parlamentarios y dirigentes de instituciones y de organismos, incluyendo a quienes mandan en nuestro distrito, tanto en la capital como en las provincias.
En un país como Bolivia, aquejado de muchos males, no deja de ser normal la queja -además de la crítica-, contra autoridades, parlamentarios y dirigentes, porque no cumplieron lo que prometieron en su momento, porque se olvidaron de los electores que les dieron sus votos, porque obraron exactamente al revés de lo que propusieron, y por otras razones que se haría largo citar. No faltan ciudadanos -al contrario, son muy numerosos-, que dentro de sus quejas y críticas reclaman que senadores, diputados, concejales y otros personajes que manejan los destinos del país y los intereses del pueblo, deben ser oriundos de la región a la que representan así estén en funciones propias del Estado.
Desde esta columna editorial no pocas veces hemos compartido la actitud de la ciudadanía, no tanto por aquello de las promesas incumplidas -que al fin y al cabo es una característica en todo el mundo, aunque no al extremo a que se llega en Bolivia-, sino porque las autoridades, los ‘padres de la patria’, los funcionarios públicos de la jerarquía que fuere, los magistrados, los concejales, los consejeros, los dirigentes cívicos y de instituciones y tantos otros, llegaron a los sitiales que ocuparon o que ocupan para sacar provecho personal, para satisfacer sus ambiciones, para favorecer a los suyos y a sus conmilitones, sin que se les pase por la cabeza que fueron elegidos o designados para trabajar por la colectividad, por la ciudad, por la región y por la patria.
Dentro de esta funesta característica se sitúan en lugar destacado numerosos individuos que alcanzaron la función pública por ser representantes de gremios influyentes, poderosos si cabe el término -representación que dicho sea de paso se arrogaron a base de ‘viveza’, osadía y pactos oscuros, jamás por capacidad y espíritu de servicio-, y que para colmo de males no son oriundos del pueblo o del distrito donde están en actividad, peor aún, suelen ser relativamente recién llegados. En este capítulo se inscriben muchas personas muy especialmente en Santa Cruz de la Sierra y en todo el departamento cruceño, al recibir anualmente a millares de migrantes.
Por allí están dichos individuos fungiendo de congresistas, alcaldes, concejales, magistrados, fiscales y en otros tantos cargos de responsabilidad, como ya está dicho, sacando gruesa tajada, ejercitando los tan negativos prebendalismo y nepotismo, favoreciendo a sus acólitos y al sector al que pertenecen, en desmedro de aquel al que se deben y que no es otro que el pueblo. Oficinas relucientes, equipadas con lo más avanzado de la cibernética, secretarias solícitas y servidumbre al instante, he ahí la fastuosidad de que se rodean estos personajes para medrar del erario, nunca o casi nunca para favorecer a la colectividad con una obra limpia de polvo y paja. Porque eso más, raramente libran una obra al servicio público sin que ésta hubiera sido motivo de hechos de corrupción y de las consabidas postergaciones.
Toda la razón del mundo tiene la ciudadanía que a diario se está pronunciando contra esos individuos que llegan a posiciones expectantes en el gobierno, en otras instancias de poder y en instituciones u organismos, que en el colmo de los males ni siquiera son oriundos de la región de la que inopinadamente se convirtieron en voceros. Es más, que llegaron recién nomás y que fueron acogidos tan cálida como cándidamente.



¡Hay que llegar a viejo!

Tertuliador ®® Desde el mojón de la esquina

Tal vez porque las condiciones de vida en nuestro país son muy duras.
Tal vez porque en el curso de la existencia de cada cual son muchos los tragos amargos que hay que apurar.
Tal vez porque a cada paso nos asaltan las decepciones y los desengaños.
Tal vez porque nos empeñamos en rechazar y en sobreponernos a nuestra expectativa de vida.
Llegar a viejo en Bolivia es un hecho prodigioso.
Y hay que exaltarlo, hay que premiarlo.
En exaltar y en premiar a los viejos, en Bolivia, no se dan para nada las mezquindades.
Al contrario, de manera unánime, somos generosos.
Hasta llegamos a pasarnos de la raya.
A cuántos viejos, por el solo hecho de ser viejos, no les han caído encima las más altas condecoraciones.
Las más altas condecoraciones que crecen en la medida en que más son los años que se llevan vividos.
****
Bien pocos son los bolivianos que llegan a los noventa años.
Por lo general, paran los ‘Manacos’ antes de llegar a las nueve décadas.
No sobreviven a la idea de que al llegar a los noventa, les llenen el pecho y también el abdomen e incluso las piernas, con una pintoresca variedad de diplomas.
O con una colección variopinta de medallitas.
Aparte de la edad y de los achaques, sin duda que tiene sus bemoles lo de llegar a viejo en Bolivia.
De nada sirve, incluso, alegar inocencia absoluta.
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Doy testimonio de un caso patético.
Tratábase de un funcionario ochentón que se había pasado cincuenta años de su vida apilando expedientes y otros documentos de interés público, muy importantes.
Al comienzo no tuvo problemas porque los expedientes y los documentos importantes, cabían en amplios estantes y en una enorme mesa escritorio.
Pero, con el tiempo, los papeles rebasaron los estantes y la mesa escritorio, y el funcionario en cuestión no tuvo reparos en empezar a apilarlos sobre el piso pelado y húmedo.
¿Consecuencias? Muchos expedientes y documentos importantes sirvieron de alimento a ratas y ratones o se deterioraron totalmente por efectos de la humedad.
Con un mínimo de iniciativa y de sentido de la responsabilidad, el funcionario pudo conseguir ayuda para adquirir más estantes y más mesas escritorio, con lo cual hubiera precautelado papeles de enorme valor.
Siguió apilando en el suelo y causando el deterioro de piezas históricas.
Al poco tiempo, y pese al gran daño causado al interés público, le concedieron medalla y diploma autoridades e instituciones.
¡Había consumado la hazaña de llegar a viejo!

 

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