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Santa Cruz de la Sierra - Bolivia, Domingo 09, Mayo de 2004

../20040509/images/sa9.jpgEs posible dejar la vida de las calles


Esperanza. Esta pareja de jóvenes, que se ha convertido en un ejemplo, lucha cada día por tener una vida digna y ser un referente para su pequeño de seis meses


Roxana Escóbar N.

Logro. Hay 139 niños que fueron reinsertados en sus hogares y 30 jóvenes que lograron rehabilitarse
y hoy trabajan en forma independiente. Proyecto Don Bosco, pese a las limitaciones, cree que se puede

Un cuarto de tres por tres con una pequeña mesa que sirve de comedor y al mismo tiempo para trabajar, un improvisado estante de mimbre que hace las veces de ropero y de armario donde coloca las herramientas y pinturas, una cama de una plaza que comparte con su esposa y su pequeño de seis meses y una deteriorada televisión para entretenerse, son los bienes que conforman el hogar de M.J.P. Después de 17 años de haber convertido la calle en su hogar y de intentar por más de siete veces, sin éxito, estar internado en distintos centros de menores, no conseguía dejar el robo y la adicción a la droga. Hoy, es un ejemplo de que se puede tener una vida digna.
Su rostro no ocultaba su desconfianza -mucho menos al percatarse de la presencia del fotógrafo-cuando llegamos hasta su vivienda para conocer su historia. Pero parecía alentar la esperanza de que su testimonio sirviera de ejemplo para un centenar de chicos y chicas que viven en la calle.
Tenía sólo siete años cuando su madre falleció a causa de una complicación de diabetes y él quedó a cargo de su abuela y su hermano, con una tía. Su padre nunca se ocupó de ellos. Guarda silencio y vacila cuando se le pregunta sobre su progenitor, como dando a entender que prefiere no hablar de él. Su drama comenzó cuando se resistía a estar controlado y cumplir ciertas tareas domésticas que era como pretendía criarlo su abuela, y decidió abandonar su natal Vallegrande para encontrar en la ciudad, la libertad que tanto ansiaba pero que al mismo tiempo fue la que destruyó su vida.
Poco a poco se acostumbró a vivir en las calles, pues conseguía que la gente le regalara ropa, comida y algunas monedas que satisfacían sus necesidades básicas, aunque la mendicidad no le permitía costear su adicción a las drogas. Fue por ello que optó por el camino más fácil: robar. El dinero que sacaba de la venta de los objetos sustraídos le servía para comprar la marihuana que le ayudaba a olvidarse, aunque fuera por un momento, su historia personal; además, ayudaba a su abuela. Ésta ignoraba que dicha ayuda no era fruto del trabajo que había conseguido su nieto como él le había hecho creer. Doce años de su vida pasaron entre hechos de violencia, rechazo, discriminación, hambre, frío y drogadicción. Varias veces fue detenido, pero inmediatamente lo liberaron por ser menor de edad y pasó a disposición de Onanfa, institución que lo derivó a distintos hogares para menores con ese tipo de problema, pero se escapaba en la primera oportunidad que se le presentaba, porque como él mismo dice, no soportaba estar encerrado, sujeto a normas y que lo guasquearan.
Hace dos años, después de que su pareja, que vivió parte de su adolescencia también en la calle, perdiera el primer bebé que esperaba y tras una pelea que casi le cuesta la vida, tocó fondo y dijo: “Si no me ayudo yo, ¿quién me va a ayudar?”. Esto movió a M.J. P. a buscar ayuda en Techo Pinardi, donde se presentó voluntariamente junto con su pareja. Allí ambos empezaron su rehabilitación. Ahora, como ellos aseguran, mostrando los trabajos manuales que aprendieron a realizar en el hogar Jordán, se ganan el dinero con el sudor de su frente.
Elaboran varios adornos en madera, en fierro y en hilos de macramé lo que les permite sustentar su hogar y a su pequeño que tanto aman y que es la motivación de continuar luchando día a día para no volver a las calles.
Al igual que estos dos jóvenes, 30 adolescentes, de enero de 2003 a febrero de este año, consiguieron rehabilitarse y actualmente trabajan en forma independiente; mientras que 139 niños fueron devueltos a sus hogares, toda vez que su paso por la calle fue esporádico y no han tenido experiencias negativas fuertes ni problemas de adicción, informó Paolo Trevisanato, responsable de Techo Pinardi, ubicado en la calle Junín. Según Trevisanato, los chicos que por vivir una aventura o por un mal momento dejan su casa son más fáciles de reinsertar en su familia, de un modo oportuno, que aquéllos cuyo problema data de varios años.
Lamentó que los vecinos de esta casa de acogida no comprendan la labor que realiza y por el contrario soliciten su traslado por considerarlo una amenaza a su bienestar.

Techo Pinardi, una alternativa para cambiar

Los chicos de la calle necesitan estar dispuestos a cambiar de vida, encontrar un lugar donde los acepten como son, curar sus traumas y un clima familiar, que en muchos casos, no tuvieron, con valores de amor, comprensión, comunicación, respeto y confianza para lograr su rehabilitación. Es así que nace el proyecto Don Bosco, del cual forma parte Techo Pinardi, como casa de acogida nocturna y en el cual se desarrolla la primera fase del proceso de recuperación.
La población de niños y niñas de la calle que acoge este centro, que abrió sus puertas en 2001, es de tipo ambulante y por lo tanto varía en relación con el clima, fiestas del calendario, batidas de la Policía y actividades que se plantean en el centro. La casa acoge a chicos y chicas hasta los 15 años de edad que viven en la calle y mayores de 15 en algunas excepciones.
Hasta ahora han tratado de responder a las exigencias de las dos poblaciones que cobijan: los que son adictos a drogas (clefa, marihuana, pitillo, flunitrasepan, heroína y alcohol), roban por la calle y practican la prostitución y los que trabajan en la misma, entre lustra botas, limpia vidrios, dialogantes en los micros, cuidantes de autos y ayudantes en trabajos domésticos, en tiendas o en mercados.
El motivo más frecuente de auxilio es por razones de salud, enfermedades o accidentes, lo común por causa de peleas con mayores o maltrato de la Policía, indicó Trevisanato.

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