Es posible dejar la vida de las calles
Esperanza. Esta pareja de jóvenes, que se ha convertido en un ejemplo, lucha cada día por tener una vida digna y ser un referente para su pequeño de seis meses
Roxana Escóbar N.
Logro. Hay 139 niños que fueron reinsertados
en sus hogares y 30 jóvenes que lograron rehabilitarse
y hoy trabajan en forma independiente. Proyecto Don Bosco, pese a las
limitaciones, cree que se puede
Un cuarto de tres por tres con una pequeña mesa
que sirve de comedor y al mismo tiempo para trabajar, un improvisado estante de
mimbre que hace las veces de ropero y de armario donde coloca las herramientas y
pinturas, una cama de una plaza que comparte con su esposa y su pequeño de seis
meses y una deteriorada televisión para entretenerse, son los bienes que
conforman el hogar de M.J.P. Después de 17 años de haber convertido la calle en
su hogar y de intentar por más de siete veces, sin éxito, estar internado en
distintos centros de menores, no conseguía dejar el robo y la adicción a la
droga. Hoy, es un ejemplo de que se puede tener una vida digna.
Su rostro no ocultaba su desconfianza -mucho menos al percatarse de la presencia
del fotógrafo-cuando llegamos hasta su vivienda para conocer su historia. Pero
parecía alentar la esperanza de que su testimonio sirviera de ejemplo para un
centenar de chicos y chicas que viven en la calle.
Tenía sólo siete años cuando su madre falleció a causa de una complicación de
diabetes y él quedó a cargo de su abuela y su hermano, con una tía. Su padre
nunca se ocupó de ellos. Guarda silencio y vacila cuando se le pregunta sobre su
progenitor, como dando a entender que prefiere no hablar de él. Su drama comenzó
cuando se resistía a estar controlado y cumplir ciertas tareas domésticas que
era como pretendía criarlo su abuela, y decidió abandonar su natal Vallegrande
para encontrar en la ciudad, la libertad que tanto ansiaba pero que al mismo
tiempo fue la que destruyó su vida.
Poco a poco se acostumbró a vivir en las calles, pues conseguía que la gente le
regalara ropa, comida y algunas monedas que satisfacían sus necesidades básicas,
aunque la mendicidad no le permitía costear su adicción a las drogas. Fue por
ello que optó por el camino más fácil: robar. El dinero que sacaba de la venta
de los objetos sustraídos le servía para comprar la marihuana que le ayudaba a
olvidarse, aunque fuera por un momento, su historia personal; además, ayudaba a
su abuela. Ésta ignoraba que dicha ayuda no era fruto del trabajo que había
conseguido su nieto como él le había hecho creer. Doce años de su vida pasaron
entre hechos de violencia, rechazo, discriminación, hambre, frío y drogadicción.
Varias veces fue detenido, pero inmediatamente lo liberaron por ser menor de
edad y pasó a disposición de Onanfa, institución que lo derivó a distintos
hogares para menores con ese tipo de problema, pero se escapaba en la primera
oportunidad que se le presentaba, porque como él mismo dice, no soportaba estar
encerrado, sujeto a normas y que lo guasquearan.
Hace dos años, después de que su pareja, que vivió parte de su adolescencia
también en la calle, perdiera el primer bebé que esperaba y tras una pelea que
casi le cuesta la vida, tocó fondo y dijo: “Si no me ayudo yo, ¿quién me va a
ayudar?”. Esto movió a M.J. P. a buscar ayuda en Techo Pinardi, donde se
presentó voluntariamente junto con su pareja. Allí ambos empezaron su
rehabilitación. Ahora, como ellos aseguran, mostrando los trabajos manuales que
aprendieron a realizar en el hogar Jordán, se ganan el dinero con el sudor de su
frente.
Elaboran varios adornos en madera, en fierro y en hilos de macramé lo que les
permite sustentar su hogar y a su pequeño que tanto aman y que es la motivación
de continuar luchando día a día para no volver a las calles.
Al igual que estos dos jóvenes, 30 adolescentes, de enero de 2003 a febrero de
este año, consiguieron rehabilitarse y actualmente trabajan en forma
independiente; mientras que 139 niños fueron devueltos a sus hogares, toda vez
que su paso por la calle fue esporádico y no han tenido experiencias negativas
fuertes ni problemas de adicción, informó Paolo Trevisanato, responsable de
Techo Pinardi, ubicado en la calle Junín. Según Trevisanato, los chicos que por
vivir una aventura o por un mal momento dejan su casa son más fáciles de
reinsertar en su familia, de un modo oportuno, que aquéllos cuyo problema data
de varios años.
Lamentó que los vecinos de esta casa de acogida no comprendan la labor que
realiza y por el contrario soliciten su traslado por considerarlo una amenaza a
su bienestar.
Techo Pinardi, una alternativa para cambiar
Los chicos de la calle necesitan estar dispuestos
a cambiar de vida, encontrar un lugar donde los acepten como son, curar sus
traumas y un clima familiar, que en muchos casos, no tuvieron, con valores de
amor, comprensión, comunicación, respeto y confianza para lograr su
rehabilitación. Es así que nace el proyecto Don Bosco, del cual forma parte
Techo Pinardi, como casa de acogida nocturna y en el cual se desarrolla la
primera fase del proceso de recuperación.
La población de niños y niñas de la calle que acoge este centro, que abrió sus
puertas en 2001, es de tipo ambulante y por lo tanto varía en relación con el
clima, fiestas del calendario, batidas de la Policía y actividades que se
plantean en el centro. La casa acoge a chicos y chicas hasta los 15 años de edad
que viven en la calle y mayores de 15 en algunas excepciones.
Hasta ahora han tratado de responder a las exigencias de las dos poblaciones que
cobijan: los que son adictos a drogas (clefa, marihuana, pitillo, flunitrasepan,
heroína y alcohol), roban por la calle y practican la prostitución y los que
trabajan en la misma, entre lustra botas, limpia vidrios, dialogantes en los
micros, cuidantes de autos y ayudantes en trabajos domésticos, en tiendas o en
mercados.
El motivo más frecuente de auxilio es por razones de salud, enfermedades o
accidentes, lo común por causa de peleas con mayores o maltrato de la Policía,
indicó Trevisanato.
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