Congoja en las exequias de monseñor Luis Rodríguez
Procesión. Los sacerdotes del clero diocesano cargaron el ataúd caminando alrededor de la plaza central
Oswaldo Ramos Astibena
Monseñor Luis Rodríguez Pardo fue la máxima autoridad en la Iglesia católica
cruceña, como primer arzobispo de la región, pero ningún funcionario
gubernamental fue a despedirlo en la hora de su sepelio, cuando sus restos
fueron bajados a la cripta de los obispos, en la nave derecha de la Catedral,
como el prelado número 12 en ser sepultado en ese sitio.
Pero fue mucha gente y dirigentes de entidades, como el Comité pro Santa Cruz,
Unión Juvenil y Excombatientes, organizaciones de religiosos y laicos, y todos
los obispos que conforman la Conferencia Episcopal Boliviana.
La Basílica Menor de San Lorenzo se colmó de personas que acudieron a darle el
último adiós al sacerdote cochabambino que después de su jubilación como
autoridad eclesial, decidió quedarse en esta tierra, “hasta el día de mi
muerte”, como una vez lo confesó a la prensa.
El reloj marcaba las 18:15 cuando el Cardenal Julio Terrazas, el clero diocesano
de la Arquidiócesis y todos los obispos del país, iniciaron la procesión
presidiendo al grupo de sacerdotes que alzaron el ataúd y recorrieron las calles
alrededor de la plaza 24 de Septiembre, en medio de una llovizna intermitente.
“El cielo llora”, dijo una señora vestida de negro. En medio del presagio de
tormenta un trueno efímero apagó los sonidos de las campanas de la torre y la
banda de música del Ejército que acompañaron a la procesión.
“Hermano y padre, tú conoces nuestras debilidades y necesidades, te pedimos que
nos acompañes siempre”, expresó con voz entrecortada con un amago de llanto
contenido, monseñor Tito Solari, quien trabajó con Rodríguez.
Se recordó el rol de este sacerdote que fue presidente de la Conferencia
Episcopal Boliviana, en la creación del seminario para alentar las vocaciones
sacerdotales.
Y en la calle, cuando llegó el general Lucio Añez, alguien comentó que monseñor
Rodríguez evitó un derramamiento de sangre al mediar, pese a los riesgos de su
propia vida, cuando Luis García Meza amenazó con sofocar el alzamiento de Busch
y de Añez contra la dictadura, enviando efectivos militares a Santa Cruz. Él
viajó con Lucio Añez a La Paz y posibilitó una salida pacífica.
Monseñor Rodríguez fue capellán del Ejército en la Guerra del Chaco, y entre sus
grandes satisfacciones, como lo comentó muchas veces, fue haber recibido al Papa
Juan Pablo II en su visita a Bolivia en 1988.
“En vida fue una lección permanente de fe, hoy pasa a ser leyenda del bien que
todos recordaremos”, fue uno de los testimonios laicos pronunciados ante su
féretro en la Catedral al finalizar la misa concelebrada por los obispos del
país y el clero diocesano regional.
El Cardenal Terrazas bendijo el ataúd con agua bendita y humo de incienso
rogando “que Dios lo tenga en su gloria”.
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