Anécdota… y desmoronamiento
Cayetano Llobet T.
Nogales, el ministro -burdo, caricatural y atrabiliario-, es la anécdota.
Mesa, el Presidente -inteligente y brillante-, es la culminación del proceso de
desmoronamiento del Estado. Y no es que el ministro Nogales sea caricatural por
imprudente o por su visión telenovelera de la economía -¡los empresarios
cruceños no tienen corazón!-, sino porque ilustra a la perfección la impotencia
absoluta de un Estado para cobrar un impuesto, traducida en esa supuesta
actividad gubernamental que consiste en una suerte de trabajo de mensajería, de
idas y venidas entre Palacio y Congreso, con un proyecto diferente cada dos
horas todos los días.
Y es que no se termina de asumir que la Presidencia de Mesa es el resultado, no
de un acto congresal -esa fue la forma- sino de la congregación de multitud. Y
tampoco se termina de asumir que con la caída de Goni cayó también esa forma de
democracia -la pactada- que el conjunto de la sociedad terminó repudiando. Si,
además, desde el momento de su posesión, Mesa asumió las banderas de la
insurrección triunfante -referéndum, ley de hidrocarburos y asamblea
constituyente- lo lógico era que la continuidad de su legitimación y permanencia
tuviera su apoyo, no en las fuerzas que cayeron, sino en las que ganaron. Al
principio y sólo al principio, Mesa se subió en los hombros de la multitud -El
Alto, San Francisco- y después renunció a ella… ¡renunció a ser caudillo! y optó
por ser uno más de los presidentes implorantes de apoyo congresal -aunque sea
con ayudita de La Embajada-, consolidando el desmoronamiento del Estado, no a
través de un gobierno de transición, sino, simple y llanamente, de un paréntesis
de paz.
Todos los días tenemos algún síntoma nuevo en el proceso previsto de
desinstitucionalización del Estado, de desagregación social y de desintegración
nacional. En política, los milagros no existen. No hay un solo síntoma que
permita pensar en la reversión de ese proceso que nos lleva a la definición de
un país de interinatos. Y no es cuestión de encontrar culpables sino de examinar
los hechos.
Y si alguien piensa que es capaz de detener el proceso de regionalización y la
afirmación de autonomías se equivoca de medio a medio. Y es que ese proceso es
parte normal de la forma en que se da la economía y por eso se bautiza a esa
opción como “autonomista, productiva y competitiva” y algo más: si en algún
momento se revierte el proceso de desintegración y se da un nuevo proceso de
integración va a ser a partir de los nuevos centros de la economía.
Entre tanto, y mientras la historia sigue sucediendo y los hechos afirman el
camino al drama, lo único que puede hacer el gobierno es pasar la charolita,
para que el cura de la parroquia pueda pagarle al sacristán, ¡porque ya no hay
ni para las velas! Estamos ante un Estado desmoronado, sin salidas políticas
visibles que no sean la continuación del desmoronamiento. ¡Y cuando la política
no abre puertas…
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