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EDITORIAL

Santa Cruz de la Sierra - Bolivia, Domingo 28, Marzo de 2004  

>>    Siempre bajo amenazas

Al parecer, no entendemos otro idioma. Siempre nos valemos del muy expedito de las amenazas para pedir cosas o simplemente para lograr que se nos escuche. De muy pobres entendederas, sin duda, estamos dotados en Bolivia porque para movernos, para actuar, no lo hacemos si de por medio no nos muestran los puños en actitudes inamistosas, pero sobre todo amenazantes.
Las buenas razones no cuentan ni para pedir ni para dar. Los derechos tampoco. Lo que mandan o prohíben las leyes, igual, de nada sirven. Sobradamente argumentadas pueden hallarse las peticiones, las demandas, encuadradas a la vez dentro de los marcos estrictos de la realidad y de las leyes. Sin amenazas, no hay caso. Imperioso se hace remarcarlo. El único idioma que nos mueve a la comprensión, es el de la amenaza, mientras más dura, mucho mejor.
Recurrir al lenguaje de la amenaza es cosa que se ha generalizado y que ya no tiene vueltas. Amenazan todos los sectores de la sociedad civil por una o por otra causa grande, mediana o pequeña. Amenazan los gremios, los sindicatos, las instituciones sociales, las de servicios, los círculos de amigos, las fraternidades, las organizaciones culturales e incluso las comparsas carnavaleras. Y hasta cierto punto no se exceden en sus actitudes. Es que nada que se intente y que no conlleve por delante una amenaza, encuentra vía libre. A todo se le da largas, se lo hace dormir y, finalmente, se lo echa en el desván del olvido, si no fue planteado en el tono rotundo y ensordecedor de la amenaza.
Consecuencia, en gran medida, de vivir enfrentados con la burocracia y con los burócratas, -de éstos, sin excepción, todos tenemos un poco-. Burócratas que no dan un paso, que no cumplen con lo que están obligados a hacer, a menos que sean amenazados. Burócratas que si no bajo amenazas, para que nos atiendan en la medida de nuestras necesidades, esperan el dinerito que les endulce la vida, pasado bajo la mesa.
Muy rápidamente nos ponemos al tanto de la lección de cada día. De nada vale pedir las cosas en términos civilizados, educadamente, guardando todas las formas de la consideración y del respeto, observando la hermenéutica propia de la oficina o del portafolio o de la secretaría o de la instancia que sea. Y aunque puede que al final se logre lo que se busque, siempre será, si no muy tarde, con demora sustancial y peligrosa.
No es por nada, entonces, que los petitorios, bien fundamentados y en términos cordiales o por lo menos respetuosos, casi no corren en ninguna parte. Es menester ir directo al grano e intercalando voces ásperas y, mejor todavía, la amenaza. Siempre obrará ésta el efecto de pensarlo dos veces antes que decir que no.
Es el idioma en que nos entendemos, en que nos comunicamos. Difícil pensar, cuando menos, en adoptar otro.

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