La Iglesia Católica llora la muerte de monseñor Luis Rodríguez
Velorio. Los feligreses llegaron ayer hasta su féretro para darle el último adiós. Dolor y llanto por su muerte
Elizabeth La Fuente
Después de recibir ayer en la mañana el
sacramento de la unción de los enfermos, monseñor Luis Rodríguez Pardo cerró sus
ojos para siempre. Aquejado por los dolores de un cáncer terminal, el sacerdote
falleció en la clínica Foianini a sus 89 años.
Quienes lo conocieron fueron a darle el último adiós a la Catedral
Metropolitana. Ramos de rosas rodean el féretro donde descansan los restos
mortales de quien fue el primer arzobispo de Santa Cruz de la Sierra. Lágrimas
mezcladas con cantos de alabanzas estuvieron presentes en las diferentes novenas
que se rezaron a lo largo de toda la jornada y esta madrugada como antesala a lo
que será hoy su entierro después de la misa de cuerpo presente a las 16:30 en la
Basílica Menor de San Lorenzo.
“Un hombre que entregó toda su vida al servicio de Dios y la iglesia. Le
recuerdo con mucha vitalidad y entusiasmo por la vida; amó a Santa Cruz como a
su propia tierra y se sintió parte de ella. No dejó de ser un servidor; como
emérito después de sus 75 años siguió colaborando pastoralmente en una
parroquia”, dijo el padre Hugo Ara al recordarlo.
El párroco del templo San Roque, Rául Arrázola, que lo conoció desde que era un
niño, confiesa que el sacerdote conocía el proceso de su vida y de su vocación.
“Me animó a seguir adelante en el servicio a la iglesia. Fue una persona muy
cercana a la gente y al pueblo desde la religiosidad. Estuvo presente en el
cambio de Santa Cruz. Después de ser arzobispo se quedó como un servidor
ayudando en diferentes parroquias. Supo hacer con mucha discreción el paso y la
recepción de su sucesor. Era una persona detallista, humilde y sencilla. Nunca
se olvidaba de los cumpleaños, fiestas navideñas”, expresa Arrázola que asegura
que Santa Cruz perdió un testigo de su transformación.
Marcial Chupinagua, de la parroquia Virgen de Fátima, comenta que en los nueve
años que lo conoció pudo ver una persona fuerte física y espiritualmente. “Amaba
profundamente a la iglesia, nunca se quedó como espectador. Pese a que renunció
en 1991, estuvo presente en todos los eventos eclesiales dando su testimonio de
optimismo y esperanza para seguir adelante.
Su vida se apagó lentamente como una vela, presa de una mortal enfermedad. Pese
a su partida, su legado de amor y servicio quedarán en la memoria de los que lo
conocieron. Paz en su tumba.
Perfil
Una
vida al servicio de Dios
Nació en
Punata, Cochabamba, el 12 de enero de 1915. Se ordenó sacerdote el 15 de mayo de
1938, cuando tenía 23 años. En 1949 fue comisionado a Santa Cruz de la Sierra
para colaborar activamente en la organización del Congreso Eucarístico Mariano.
Fue consagrado Obispo en 1952. Durante 33 años desempeñó ese cargo en la capital
cruceña colaborado por los monseñores Carlos Brown y Tito Solari. De su labor
pastoral surgió la base de la iglesia cruceña que ha acompañado el desarrollo de
la ciudad. Durante su servicio como pastor de la iglesia se crearon 13
parroquias, se fundó el Seminario Menor de San Lorenzo y en 1990 el Seminario
Mayor de Santa Cruz. Autorizó la refacción de la catedral. En 1991, por su
límite de edad, renunció al gobierno de la iglesia cruceña ante el papa Juan
Pablo II.
Pedro Rivero Mercado
Se fue un santo varón
Una
profunda conmoción sacudió ayer al pueblo católico de Santa Cruz de la Sierra
tras conocerse la noticia del fallecimiento de su Obispo Emérito Monseñor Luis
Rodríguez Pardo. La noticia, que de igual modo fue sentida incluso por los que
no profesan la fe católica, impuso una pausa en el rutinario quehacer ciudadano.
Y es que, quien más quien menos algo tenía que recordar en relación con ese
digno hombre de Dios que se consustanció tan vivamente con la cruceñidad, por la
que expuso hasta su preciosa vida.
Monseñor Luis Rodríguez Pardo, que tanta prestancia dio a los cuadros de los
pastores de almas, fue asimismo un combatiente gallardo de las primeras filas
del civismo cruceño. Con su actitud militante, con su verdad a flor de labios,
con los símbolos de su fe en alto, el Obispo marcó rumbos a las sagradas
rebeldías cruceñas. Un rayo luminoso en medio del fragor de las tormentas fue
siempre Rodríguez Pardo en las horas cruciales en que se jugaban la suerte y el
destino de la región.
Jamás midió los riesgos a la hora de salir por los fueros de la verdad y del
bien. Y si fue preciso pagar por su valentía y por su temeridad, asumió
responsabilidades como quien se siente seguro de ser un intérprete de la
voluntad del Salvador. El Obispo Rodríguez Pardo, que compartió nuestros
calvarios terrenales con el Credo jugueteando entre sus labios, se asoció
asimismo a nuestros fastos triunfales. Fue el amigo, el guía, el padre, el
confidente que robusteció nuestra fe con su verbo y se hizo cargo de nuestras
flaquezas con amor. Si algún lugar nos tenemos ganado en el Reino del Señor, sin
duda que lo debemos a su piadosa intercesión.
Vamos a llorarlo tristemente Monseñor Luis Rodríguez Pardo porque santos varones
de su talla desde hace tiempo empiezan a ser raros en estas viñas del Señor.
¡Alcáncenos su mano llena de amor desde la Eternidad!
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