img_logo.gif (2140 bytes)

img_arribadeber.gif (4941 bytes)

  • STAFF   COMENTARIOS   CONTACTARSE   

Noticias

Portada                 

Santa Cruz            

Seguridad             

Nacional               

Internacional          

Economía             

Deportes               

Sociales               

Escenas               

btn_secciones.gif (615 bytes)

Editorial                

Opinión                 
Lectores               
Clima              

btn_suplementos.gif (615 bytes)

 

 

 

 


logo_brujula.gif (1087 bytes)

Santa Cruz de la Sierra - Bolivia, Sábado 27, Marzo de 2004

../images/blanco.gifEl dios del Nazareno y de los hombres



Pablo Gutiérrez Urgel

Cuando un ciego y uno que ve están juntos en la oscuridad, no se diferencian el uno del otro. Cuando llega la luz, el que ve la verá, y el que es ciego permanecerá en la oscuridad. Sin embargo, este ciego verá con la luz de su corazón, creyendo y teniendo fe en Dios como su Creador y en Jesús como su Salvador. Yo soy la luz que existe en la luz. Yo soy el recuerdo de la providencia para que puedas entrar en la eternidad divina o al fuego del hades. El reino del Padre se extiende sobre la tierra, y los seres humanos no lo ven. En todas las épocas y en todos los pueblos, el hombre ha evidenciado, en una u otra forma su profundo y arraigado anhelo de comunicación con el Ser Supremo. Como ha dicho Plutarco, ese gran historiador griego: “Si recorres la tierra, hallarás ciudades sin murallas, sin letras, sin magistrados; pero un pueblo sin Dios, sin oraciones, sin sacrificios, no lo hallarás”. Esta permanente aspiración hacia la divinidad representa indudablemente, en cualquier forma o por cualquier medio que se manifiesta, un movimiento natural del alma por ascender hacia su Creador, que constituye su fin último. Dios es justo y clemente porque nos trata con piedad y ternura; porque desciende con los rayos del sol demostrándonos su amor a la más maravillosa obra de su creación: el hombre, hecho del polvo de la tierra con el soplo de vida espiritual, convirtiéndolo en alma racional. El hombre en todas partes es igual que su hermano: “Se mira en el espejo de sus conocimientos y allí encuentra a su dios. Crea los dioses a su imagen y semejanza, y adora lo que sobre su haz refleja su imagen”. Mas el hombre, en verdad, ora a sus ansias lejanas para que se despierten y se cumplan todos sus deseos. En el universo no hay cosa más profunda que el alma del hombre. El alma es la hondura que se busca a sí misma, porque en ella no hay otra voz que hable ni otros oídos que oigan. Los dioses de Egipto huyeron al desierto para vivir libres entre los que aún viven libres de conocimiento. El sol de los dioses de Grecia, Roma, Babilonia, Persia y de los Incas se colapsaron. Pero este hombre, Jesús, este prodigioso nazareno, ha hablado de un dios que da cabida en sí a todas las almas y cuya sabiduría se propagó en toda la tierra y el cielo. Y el dios del nazareno pasa por el umbral de todos los hijos de la tierra y se sienta a nuestro lado, cerca de nuestro fuego y es por siempre una bendición dentro de nuestras casas, guía en nuestros caminos y luz en nuestras vidas. Es un dios eterno, todopoderoso, omnisciente y omnipotente que vive en la mente y corazón de los seres humanos en todos los tiempos, en todas las épocas y hasta la eternidad.

< Anterior^Arriba


Portada | Internacional | Nacional | Santa Cruz  | Economía | Deportes | Sociales | Escenas
EditorialOpinión | Contactarse | Staff


© Copyright 2003, El Deber. Todos los derechos reservados.