El dios del Nazareno y de los hombres
Pablo Gutiérrez Urgel
Cuando un ciego y uno que ve están juntos en la oscuridad, no se diferencian
el uno del otro. Cuando llega la luz, el que ve la verá, y el que es ciego
permanecerá en la oscuridad. Sin embargo, este ciego verá con la luz de su
corazón, creyendo y teniendo fe en Dios como su Creador y en Jesús como su
Salvador. Yo soy la luz que existe en la luz. Yo soy el recuerdo de la
providencia para que puedas entrar en la eternidad divina o al fuego del hades.
El reino del Padre se extiende sobre la tierra, y los seres humanos no lo ven.
En todas las épocas y en todos los pueblos, el hombre ha evidenciado, en una u
otra forma su profundo y arraigado anhelo de comunicación con el Ser Supremo.
Como ha dicho Plutarco, ese gran historiador griego: “Si recorres la tierra,
hallarás ciudades sin murallas, sin letras, sin magistrados; pero un pueblo sin
Dios, sin oraciones, sin sacrificios, no lo hallarás”. Esta permanente
aspiración hacia la divinidad representa indudablemente, en cualquier forma o
por cualquier medio que se manifiesta, un movimiento natural del alma por
ascender hacia su Creador, que constituye su fin último. Dios es justo y
clemente porque nos trata con piedad y ternura; porque desciende con los rayos
del sol demostrándonos su amor a la más maravillosa obra de su creación: el
hombre, hecho del polvo de la tierra con el soplo de vida espiritual,
convirtiéndolo en alma racional. El hombre en todas partes es igual que su
hermano: “Se mira en el espejo de sus conocimientos y allí encuentra a su dios.
Crea los dioses a su imagen y semejanza, y adora lo que sobre su haz refleja su
imagen”. Mas el hombre, en verdad, ora a sus ansias lejanas para que se
despierten y se cumplan todos sus deseos. En el universo no hay cosa más
profunda que el alma del hombre. El alma es la hondura que se busca a sí misma,
porque en ella no hay otra voz que hable ni otros oídos que oigan. Los dioses de
Egipto huyeron al desierto para vivir libres entre los que aún viven libres de
conocimiento. El sol de los dioses de Grecia, Roma, Babilonia, Persia y de los
Incas se colapsaron. Pero este hombre, Jesús, este prodigioso nazareno, ha
hablado de un dios que da cabida en sí a todas las almas y cuya sabiduría se
propagó en toda la tierra y el cielo. Y el dios del nazareno pasa por el umbral
de todos los hijos de la tierra y se sienta a nuestro lado, cerca de nuestro
fuego y es por siempre una bendición dentro de nuestras casas, guía en nuestros
caminos y luz en nuestras vidas. Es un dios eterno, todopoderoso, omnisciente y
omnipotente que vive en la mente y corazón de los seres humanos en todos los
tiempos, en todas las épocas y hasta la eternidad.
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