Pago sin ver. Pasión del absurdo
El escritor, docente y sobreviviente del campo de concentración de Auschwitz escribe sobre lo que la película de Mel Gibson ha despertado entre gentiles y judíos. Recorre la historia del pueblo de Israel, la de los romanos y cristianos y su relación con Hollywood para analizar si es mesurada o no la reacción actual
Jack Fuchs © Copyrigth Radar
No tengo interés en discutir la película de Mel Gibson; más aún, no la he
visto y no sé si voy a verla, aunque quizás también ceda a la tentación. Sí
quiero, en cambio, detenerme en los comentarios que vienen produciéndose en la
prensa y entre diferentes organizaciones judías. Cuando yo era chico, en
Polonia, solía contarse esta historia: un polaco sale de la iglesia, acaba de
escuchar misa, ya en la calle se cruza con un judío, inesperadamente le pega en
la cabeza. "¿Por qué me pegas?", pregunta el judío. "Porque ustedes mataron a
Jesús." "...Pero eso ocurrió hace casi dos mil años", replica el judío, y el
señor polaco contesta: "Pero yo recién me entero". El folclore popular es a
veces muy preciso en sus creaciones. Verdaderamente el debate acerca de quién
mató a Jesús es irrelevante, dos milenios es mucho tiempo como para seguir
discutiendo lo mismo. Hace dos mil años, muchos judíos vivían en la diáspora, no
había teléfono y la CNN no daba noticias sobre los grandes sucesos del mundo
cada media hora, de modo que muy pocos judíos se enteraron de la crucifixión. No
está de más recordar que los judíos no crucificaban, que ése fue un sistema
romano de ejecución.
Soy respetuoso cuando se trata de temas tan espinosos, pero no puedo dejar de
advertir el absurdo de esta discusión, ahora, cuando el mundo parece, día tras
día, a punto de volar por el aire. Hay gente que sabe que los "sucios judíos
mataron a Cristo", pero no sabe que Cristo fue judío, nacido de un vientre
judío, circuncidado a la semana de nacer, que su padre era un artesano judío,
que él recibió educación judía, que respetó las fechas del calendario, que
muchas de sus enseñanzas están escritas en el Antiguo Testamento.
Si yo fuera creyente, no aceptaría la idea de que Dios trajo un hijo al mundo
para abandonarlo y permitir que fuera torturado, sacrificado. Quiero creer,
aunque no pueda ser categórico en esto, que un padre no permite así como así que
maltraten a su hijo; que un padre, al menos como lo entiendo, no se resigna al
dolor y el sufrimiento del hijo, y menos que menos si ese padre es todopoderoso,
como se dice. Si, como afirman las religiones al uso, todo ocurre por voluntad
de Dios, si nada, ni una hojita que cae al suelo, está fuera de la decisión y el
control divino, estamos entonces frente a un asunto singular. Los que se llaman
ateos, siempre me llamó la atención, se despiden así: "Hasta mañana, si Dios
quiere". Se ve que está muy arraigada la idea de la mirada de Dios, la
vigilancia y la voluntad de Dios. ¿Y dónde estaba Dios (es una pregunta muchas
veces formulada) mientras las chimeneas de Auschwitz echaban el humo negro de la
desgracia? ¿Y dónde estaba cuando los cristianos morían en el circo de Roma,
cuando las bestias hincaban el diente feroz cien o doscientos años después de
Cristo?
En la tradición de Hollywood hay una larga lista de películas que narran esas
matanzas romanas y, que yo sepa, a los italianos no se les ocurrió censurarlas o
escandalizarse o protestar airados. Ningún italiano contemporáneo se siente
amenazado por los crímenes de Roma. También es cierto que la hipersensibilidad
judía tiene, lamentablemente, asidero histórico; es cierto que la respuesta
judía no es a priori un capricho victimista o seudoparanoico, aunque la
culpabilización del judaísmo, en el siglo XX, no viene ya del relato acerca del
asesinato de Cristo: ni Hitler ni Stalin usaron este argumento, profundizaron el
odio, pero ya no en la dirección de que los judíos asesinaron a Dios sino a
partir del hecho simple y puro, corporal, de haber nacido judío. Recuerdo bien
que en los años previos a la Guerra la propaganda antijudía se promovía desde la
Iglesia Católica polaca, y que uno de los argumentos de entonces era
precisamente: "Los sucios judíos mataron a Jesús". Había odio, mucho odio, el
temor y la proximidad del terror se sentían en las calles, pero a veces, cuando
llegaba la Navidad, los judíos podíamos entrar en casa de gentiles para ver el
arbolito decorado y el pesebre. La Navidad era todavía una circunstancia de
reconciliación y tolerancia ecuménica. Ahora que lo pienso, advierto que los
polacos debían saber muy bien que los judíos no mataron a Jesús, debían saber
muy bien que se trataba de un argumento propagandístico. Un argumento ofensivo,
que limita con el chisme y la difamación. Es un procedimiento muy viejo, de
probada eficacia. Si en el contexto de una comunidad, de una institución, pongo
a circular la noticia de que X es un malvado que abusa de los niños, que X es un
perverso, que Y es una mujer de mala vida, obligo a X, a X o Y a salir en
defensa de sí mismos, a probar que no son criminales, ni sátrapas, ni culpables.
Los crímenes de la Shoá pusieron con toda evidencia en escena el resentimiento
antijudío, y son la prueba todavía latente de que la hipersensibilidad judía de
la que hablo tiene un fundamento histórico incontrovertible. Cualquiera que se
tome el trabajo de leer a Lutero va a encontrarse con la tradición que encarna
Hitler en Alemania.
Torquemada, el gran inquisidor, inspiró también algunas películas, se lo señaló
como un personaje siniestro, un torturador cruel, y sin embargo la Iglesia no
puso el grito en el cielo; los crímenes de la Inquisición se reconocieron como
errores del pasado. En cambio, la opinión pública judía toma la película de
Gibson con espíritu catastrófico, como si viniera a anunciar un pogromo futuro,
un nuevo apocalipsis por venir. Y entiendo, entiendo de sobra las prevenciones
judías. Las leo en el New York Times, en el New Yorker, yo mismo puedo tenerlas,
yo mismo puedo indignarme, pero también entiendo que frente a esta realidad
mundial de hambre, guerras, miseria, acumulación y comercio de armas,
proliferación del terror y extensión del sentimiento de miedo e inseguridad que
invade a los ciudadanos de importantísimas ciudades, es banal (como si nada
hubiera ocurrido, como si no ocurriera ahora mismo, en Madrid, en Jerusalén, en
Bagdad) retroceder a la discusión acerca de la crucifixión de Cristo. Mucho más
me interesa la vigencia, el impacto y la violencia cercana de los crímenes de
hoy, a pesar de que las víctimas no sean dioses, aunque nunca se sabe, y aunque
Gibson gane cientos de millones con su empresa publicitaria. Otra vez: no juzgo
la película, no soy crítico de cine, no me interesa la crítica cultural, no creo
que una película pueda constituir un verdadero peligro, pero no dejan de
asombrarme el absurdo inagotable y la irracionalidad de la época; y ahí, en ese
fondo delirante, en esta gran alucinación colectiva de la época, ahí sí veo
crecer la amenaza del tiempo.
|