Subsidios perversos
Sergio Justiniano Velasco
La importancia del sector agropecuario en nuestra economía y en las del resto
de Sudamérica debe analizarse con mayor detalle. Si bien todos los gobiernos
aspiran a una liberalización comercial, cada uno de ellos busca obtener ciertas
ventajas en el proceso, y en ningún caso están dispuestos a ensayar una
estrategia de desarrollo alternativa.
Esta diversidad de posiciones en realidad se explica por las diferentes
situaciones productivas. Por un lado, las potencias hemisféricas, Canadá y
Estados Unidos son grandes productores y exportadores globales de productos
agropecuarios. Por otro lado, países como Argentina, Brasil, Uruguay y Bolivia
son exportadores natos tanto de productos agropecuarios como de productos
agroalimentarios elaborados a partir de éstos.
Los subsidios y créditos a las importaciones no pueden modificarse sin cambiar
las políticas de ayuda interna, o lo que es lo mismo, de nada vale eliminar esos
subsidios si no se modifican, además, los esquemas de asistencia interna que
explican excedentes de producción desvinculados del precio internacional. No
obstante, y en contra de su propio discurso de libre comercio, Estados Unidos ha
aprobado recientemente una ley agrícola (Farm Hill) que significa un aumento del
proteccionismo, tanto de los subsidios como de los niveles de ayuda interna. La
norma prevé una asistencia de 175.000 millones de dólares para los próximos 10
años apuntando a asegurar precios a su productor (especialmente en trigo, maíz,
soja, arroz y algodón). En los hechos, esas medidas contribuirán inevitablemente
a una mayor baja internacional de los productos agrícolas, por cuanto seguirá
existiendo un estímulo a la producción dentro de Estados Unidos.
Al respecto, la ex Alta Comisionada de Derechos Humanos de la ONU, Mary Robinson,
en la conferencia de prensa que diera en Ginebra el pasado 26 de noviembre,
sostenía que los países en desarrollo no pueden cumplir con el compromiso de
desarrollar los derechos económicos, sociales, y culturales porque, entre otras
cosas, los subsidios a la agricultura y las barreras comerciales de los países
industrializados impiden comerciar equitativamente para vencer esta desigualdad.
Todo esto se corrobora con el hecho de que el presupuesto mundial de ayuda a los
países en desarrollo es de 57.000 millones de dólares al año, mientras que las
barreras comerciales de Estados Unidos, Europa y Japón nos cuestan a los países
pobres alrededor de 320.000 millones de dólares anuales por concepto de ventas
perdidas, por no poder atravesar esas barreras comerciales, siendo ésta una de
las mayores causas del mantenimiento de la pobreza en las naciones en vías de
desarrollo como la nuestra.
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