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| EDITORIAL |
Santa Cruz de la Sierra - Bolivia, Jueves 25, Marzo de 2004
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¿No leen nuestros jóvenes? |
Con viejos compañeros de estudios que nos preocupamos por las nuevas
generaciones, recordamos que, en nuestras épocas de colegiales, de escolinos
incluso, ya leíamos, y no sólo revistas de aventuras o las tiras cómicas de los
diarios, sino también libros.
No habíamos terminado de vencer el que entonces era llamado ciclo de la
primaria, y en nuestra vieja y descuidada escuela, el profesor nos impuso la
tarea de leer, cada día, un pasaje de la inmortal obra del Quijote de La Mancha,
de Miguel de Cervantes Saavedra.
Sí, coincidíamos enfáticamente con los viejos compañeros, en nuestros tiempos
mozos que cada vez están más distantes en el tiempo, algo leíamos. De los
jóvenes de hoy, y menos todavía de los niños, no se tiene noticias de que lean
libros y ni siquiera revista alguna.
En definitiva, los niños y los jóvenes de hoy, con excepciones que siempre las
hay, gracias a Dios, no manifiestan ningún interés por la lectura. No leen nada
que no sea de tono frívolo.
Pero de esta falta de interés por la lectura, que es tan importante como medio
para llegar al conocimiento de los fenómenos diversos y de las cosas, para
alcanzar ciertos niveles culturales, no son responsables los jóvenes ni los
niños. Lo son, más bien, los padres de familia, en primer término, y en seguida
los maestros que no cumplen a plenitud sus funciones, que no conocen el alcance
de sus compromisos como educadores y formadores.
Todos los seres humanos pasamos por una etapa de nuestras vidas en que definimos
nuestros hábitos. Esa etapa, que hay que considerar crucial para la formación de
la personalidad, generalmente se presenta cuando el individuo empieza a
interesarse en las cosas que lo rodean y a imitar lo que hacen sus semejantes de
mayor edad.
Si al niño se lo rodea de buenos materiales, de libros o revistas de provecho y
si además se le aviva el interés hablándole de autores o dándole pautas de lo
que puede encontrar en las páginas de un libro o de una revista, de seguro que
el pequeño, influenciado de esta manera, no tardará en decidirse por elegir su
primer volumen y por dedicarle un buen tiempo para descubrirlo.
Si en cambio los padres dedican la totalidad de su tiempo a las frivolidades, a
los compromisos sociales, a la diversión en sus múltiples gamas, de hecho los
hijos seguirán el ejemplo y se llenarán la cabeza de fatuidades. Quizás los
padres, siempre salvando las excepciones, no llegan a reparar en el grado de
responsabilidades que les corresponde por la frustración intelectual en que se
precipitan sus hijos.
Los niños y los jóvenes no leen. No lo harán hasta que padres y maestros creen
el hábito de la lectura.
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