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EDITORIAL

Santa Cruz de la Sierra - Bolivia, Miércoles 24, Marzo de 2004  

>>    La ciudad gravemente desatendida

Como todas las ciudades, la nuestra, Santa Cruz de la Sierra, tuvo épocas muy malas. Unas más que otras, y pocas, contadas, las épocas buenas. Probablemente, pocos entre sus viejos habitantes que la miran con amor y con pena, recuerdan cuáles y cuándo fueron los tiempos buenos para esta urbe grigotana que, sin embargo, es tan generosa, tan cordial y tan hospitalaria.
Santa Cruz de la Sierra vive hoy, no sabemos si el más malo de sus tiempos, pero sí estamos seguros de que es realmente el tiempo malo. Si se la pone frente a cualquiera otra del país, fácil resulta apreciar que la nuestra luce desaliñada, carente de atractivos y, sobre todo, a merced de un avasallamiento que por más que se lo denuncie de manera reiterada, nadie remedia.
La nuestra, Santa Cruz de la Sierra, con su clima benigno, cálido casi todo el año, con su tierra fecunda, como ninguna otra, no cuenta, paradójicamente, con jardines. La Paz, Cochabamba, Sucre, Tarija y otras ciudades bolivianas, con tierras a las que cuesta hacer producir, muestran encantadores jardines, ofrecen a sus visitantes y habitantes paseos maravillosos en que niños y adultos disfrutan al aire libre. No alcanza el milagro de las flores y de la jardinería a esta Santa Cruz de la Sierra que, como una burla, y entre otros títulos, tiene el de “paraíso tropical”.
Hemos llamado muchas veces la atención sobre el estado de abandono en que se encuentran plazuelas y parques, algunas de ellas inauguradas con bombos y platillos y, en seguida, abandonadas a su negra suerte. A nadie se le mueve un pelo. No hay autoridad ni institución alguna que exija un aporte para el embellecimiento oriental. Hemos adquirido el hábito, al parecer, de vivir entre lo gris de la suciedad. La perspectiva de tener un jardín para nada llega a medio entusiasmarnos siquiera.
Qué maravilla de jardines podríamos lograr aprovechando de las rotondas, por ejemplo. Mas, en lugar de jardines, allí están nuestras rotondas, convertidas en lugar de concentración de mendigos que llegan de occidente con hijos y camas y petacas, y que allí se instalan de hecho, sin que autoridad alguna se conduela de la afrenta que se le inflige a la imagen urbana cruceña.
Los canteros, que de igual modo han sido objeto de nuestra permanente observación, ¿qué han significado? Sólo lugares de paso para transeúntes que dejan huella de muy mal gusto. Sólo espacios para que crezcan unas raquíticas y espinosas palmeras que más atentan contra el buen ornato, que lo mejoran. Nuestra ciudad está gravemente desatendida, descuidada por todos los lados. Lo grave del caso es que no nos quejamos, peor todavía, hemos adquirido el hábito de vivir así.

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