Los opinadores
Miguel Urioste F. de C.
Qué fácil es opinar. Lo difícil es que esa opinión sea interesante,
pertinente, responsable y ecuánime. Ningún columnista, comentarista o
editorialista puede pretender ser objetivo o imparcial. Justamente la
particularidad de una columna como esta es que constituye la opinión de una
persona, de un individuo de carne y hueso, de un ser humano con toda su historia
a cuestas, venturas y desventuras, aciertos y fracasos, virtudes y defectos. Un
editorial también es una opinión, aunque ya no sólo debiera expresar el
pensamiento de quien lo escribe, sino de una colectividad, una asamblea de
socios, un directorio o una agrupación de cualquier índole.
Desde hace ya varios años, especialmente en Bolivia, estamos viviendo el auge de
una modalidad periodística que -especialmente en la radio y en la televisión-
mezcla y a veces intencionalmente confunde los hechos con la interpretación
personalísima de quien los comunica. En algunos casos con acierto y competencia
profesional, pero en la mayoría de las veces con absoluto desparpajo y
desarreglo con la verdad y mínimos códigos éticos.
Otros comunicadores tratan infructuosamente de disfrazar su subjetividad -aún
cuando sea de buena fe- apelando al argumento de que estarían transmitiendo lo
que dice la gente, lo que piensa el pueblo, lo que cuenta la gente por teléfono
en entrevistas anónimas. Las más de las veces es justamente al revés, es el
comunicador el que induce y orienta la opinión de la audiencia o de los
lectores. Desde hace ya varios años que este tipo de uso de los medios de
comunicación masivo se ha convertido en un franco abuso de libertades que no
están llevando al fortalecimiento de valores esenciales como el de la verdad.
Por supuesto que sabemos perfectamente que en este terruño que es nuestra
Bolivia el empobrecimiento y el racismo que sufre la mayoría de la población son
de tal gravedad, que la convivencia ciudadana y los valores democráticos de la
tolerancia -en medio de tanta exclusión- están siempre en entredicho porque poco
hemos hecho en nuestra historia republicana para superarlos.
La cosa llega a límites intolerables cuando, a veces, opiniones de comunicadores
con muy reconocido prestigio tocan temas de fundamental interés nacional, como
la sugerencia o el pedido explícito de que “el Presidente debe renunciar”. El
poder que da el uso de los medios a quien usa el micrófono o la pantalla -mucho
menos en la prensa escrita- pocas veces es correspondido con la ecuanimidad y
sentido de responsabilidad con que debiera estar acompañado. Ni qué decir de
algunos presentadores de noticias en canales de televisión a los cuales se les
hace decir tremendas mentiras y barbaridades de grueso calibre, mientras se
solazan mostrando imágenes de cuerpos ensangrentados y destrozados.
Decía un pensador de la antigüedad “Prefiero molestar con la verdad que
complacer con la adulación”. Otro le complementaba expresando que: “Los que
divulgan la calumnia y los que la escuchan, si valiera mi opinión, deberían ser
colgados; los divulgadores por la lengua, y los oyentes, por las orejas”.
Después de dos milenios, qué certeras y actuales son esas sentencias.
Guardé silencio por un año. También el silencio es una opinión a veces. Un
proverbio árabe dice: “No abras los labios si no estás seguro de que lo que vas
a decir es más hermoso que el silencio”.
No quiero ser calumniador y mucho menos adulador. Ojalá que pueda ser ecuánime y
responsable.
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