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EDITORIAL

Santa Cruz de la Sierra - Bolivia, Martes 23, Marzo de 2004  

>>    La impunidad alienta la corrupción

En las cárceles de Bolivia no hay corruptos. Si los hay, son muy pocos, son una rareza. La corrupción, que con todas las agravantes es un delito, no tiene sanción, La corrupción goza de impunidad. La impunidad alienta la reincidencia y genera nuevas formas, además, de corrupción.
Tan pronto hacemos una exploración en los negocios públicos, en las arcas fiscales, en la administración de los bienes, los recursos y las políticas del Estado, damos, seguro e inevitablemente, con la corrupción. Es tanto como poner el dedo para que salte el pus. Minado está el sector público, y de manera tan endémica que el peligro de contagio amenaza a todos y es virtualmente imparable su poder de contaminación.
Pero, se hace menester remarcarlo, si así es como están las cosas en nuestro país, todo es la consecuencia lógica de la impunidad. Sensiblemente no hemos podido dar, hasta estos momentos tan avanzados de nuestra historia, con el mecanismo, con el instrumento, con la persona, que pongan freno a la corrupción y que sienten severamente la mano a los corruptos.
Cuando entran en la danza los corruptos, cuando salen a relucir a la luz pública los casos de corrupción, se arma el escándalo consiguiente. Azorada la opinión se entera de los detalles gracias a la puntual labor de los medios de comunicación que no sólo denuncian, que no se atienen a las versiones oficiales, que además investigan y que hasta ponen algo de propia cosecha, a veces no de manera tan conveniente que se diga.
Al escándalo inicial le siguen declaraciones y contradeclaraciones de los afectados. Rechazan cargos los que aparecen como presuntos responsables de los malos manejos. Se declaran víctimas de maquinaciones de los adversarios políticos o de enemigos solapados. Protestan, chillan y hasta alzan puños enfurecidos contra los medios de comunicación. Pero lo real es, lo que no se puede discutir, es que el Estado Nacional, es que el interés regional, han sufrido un daño y casi siempre un daño de consideración. Un daño que con toda seguridad va a quedar sin reparación.
Entre protestas de inocencia, entre justificaciones casi siempre endebles, entre posturas teatrales que evidencian el extraordinario histrionismo de que están animados muchos de los actores de la administración pública, se va pasando un buen tiempo. Unos casos tras de otros van cayendo en el olvido. Carecen de continuidad las investigaciones y se estancan en diversos estrados los enjuiciamientos. Al final, se borran las nubes del escándalo, se archivan los obrados y aquí no pasó nada. Aunque sí pasó, o será que nada significa el boquete que se le abre al siempre maltrecho tesoro público.
La impunidad es parte obligada del tratamiento que se aplica a la corrupción. De ahí porqué la mantenemos invicta.

Contáctese con nosotros: editorial@eldeber.com.bo

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