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EDITORIAL

Santa Cruz de la Sierra - Bolivia, Lunes 22, Marzo de 2004  

>>    Educación en colegios de convenio

La educación primaria y secundaria siempre ha sido un talón de Aquiles en Bolivia, porque nunca se le dio la importancia que reviste habida cuenta que de ella depende, en gran medida, la calidad de los ciudadanos del futuro y si éstos serán capaces de cumplir sus obligaciones desde el lugar en que se encuentren. Es decir como trabajadores con iniciativas propias, como artesanos, como empleados de empresas, como obreros o labradores de la tierra, como oficinistas y funcionarios públicos, como profesionales, por fin, como autoridades y gobernantes.
De esa escasa relevancia que tiene dicha educación hablan los bajos presupuestos que le asignan el Estado y las alcaldías, dando por resultado pobres salarios para los docentes, infraestructuras deficientes, poco o ningún mobiliario y material didáctico. Estas y otras penosas características alcanzan dramatismo en los barrios alejados de las ciudades y en las áreas rurales que, como siempre, resultan los peor atendidos o lisa y llanamente ignorados. No es todo: otra pauta de que la enseñanza básica flaquea por donde se le mire, la dan los bajísimos promedios que alcanzan los bachilleres al rendir exámenes para ingresar a las universidades públicas, como acaba de acontecer en Santa Cruz.
Para aliviar un poco la carga que supone la educación para el Tesoro General de la Nación y para las arcas municipales, han surgido los llamados “colegios de convenio” (convenio entre la Iglesia Católica y el Gobierno), cuyas instalaciones fueron el resultado del respaldo económico de organismos católicos del exterior. Están dirigidos por sacerdotes o monjitas, cobran una muy módica mensualidad (generalmente para un bono compensatorio a los bajos sueldos que paga el Estado), pero a cambio proporcionan una formación que se puede calificar de óptima -dentro de los límites de la educación en el país-, en ellos no hay huelgas, disponen de docentes competentes, de buenos campos deportivos, de bibliotecas, de psicólogos y de elevada conducta moral. Son el puntal más sólido de la enseñanza fiscal y, sin lugar a dudas, una verdadera bendición de Dios.
Conforme a la regla y al uso, también funcionan en los “colegios de convenio” las juntas escolares y los comités de padres de familia, que en el fondo no tienen más fin que cooperar para que los educandos logren un mejor aprovechamiento en sus estudios. Por eso no entendemos el hecho de que se produzcan en estos organismos desacuerdos que van más allá del entredicho verbal, como está ocurriendo en el Colegio Claudina Thevenét, donde la obcecación ha llegado a exigir la marcha de las religiosas que lo administran. En este establecimiento y en otros similares, según se dice, hay intereses de tipo político, fuera de la resistencia a un modesto aporte mensual que, por lo demás, sólo persigue el beneficio del alumnado. ¡Todo un despropósito y una falta de espíritu de sacrificio! ¡Echar a quienes de manera ejemplar educan y guían! ¡Negar un respaldo económico que, por muy crítica que sea la situación, es pequeño, más aún en tratándose de dar la mejor educación posible a la muchachada!
Autoridades educativas, departamentales, municipales, en suma quienes se interesen por el futuro de nuestros niños y jóvenes, tienen que intervenir para impedir semejantes desatinos y para exigir que se dé curso al esfuerzo mínimo solicitado, con un argumento contundente: si en el campo educacional no se sienta el principio de respetabilidad y consecuencia, si tampoco hay una pizca de desprendimiento, si para colmo de desventuras entra en escena la política sucia, mejor cerremos esas puertas del conocimiento. Porque, como están las cosas, lo que hoy ocurre en el colegio mencionado, mañana pasará en cualesquiera otros.

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