¡Qué mal, señora Encuesta!...
Cayetano Llobet T.
Asumo lo que muchos -casi todos- me reprochan de cavernario, primario,
arcaico y primitivo con relación a las encuestas porque nunca he creído y espero
seguir no creyendo en ellas. Lo de España es colosal y, claro, tratan de
explicarme que entre la encuesta y la elección hubo el atentado -sanguinario,
espantoso, execrable como todo terrorismo, merecedor de solidaridad universal y
personal, entrañables Fagilde-, pero es que entre la última encuesta y la
elección, ¡siempre sucede algo!
Y, claro, sea en España, en Francia o en Bolivia terminan echándole la culpa a
las encuestas. Y los que tienen la culpa son los que les hacen caso. Los únicos
que ganan con las encuestas -¡y entiendo que muy bien!- son los que las hacen.
¿Se acuerdan de lo que sucedió en Francia? Gracias a las encuestas había que
castigar al socialista y terminaron consagrando a Le Pen para la segunda vuelta.
Montado en el terror de las Torres Gemelas, Bush era el seguro y aplastante
ganador de las próximas elecciones -¡las encuestas lo decían!- y ahora yo no
arriesgaría un peso apostando por su triunfo.
Pero aquí, más cerquita: a las seis de la tarde del 30 de junio 2002, la red ATB,
¡con las encuestas de boca de urna!, le concedía seis puntos de ventaja a
Manfred Reyes Villa y a las siete de la noche -soy testigo porque estaba a su
lado- Eduardo Pérez Iribarne, en PAT, estaba informando al país que Manfred era
el próximo presidente. Y, lógicamente, cuando las cosas no son así, la única
explicación para perdedores y para encuestadores es la sencilla explicación del
fraude. En abono de los mencionados, habrá que recordar que en la última
elección presidencial en Estados Unidos la cadena CNN dio por ganador a Gore…
¡en todas partes se cuecen habas!
La gente del MNR le dice a quien quiera escucharle -que cada vez son menos- que
sus encuestas siempre han sido exactas, que jamás se equivocaron, ¿para qué?:
fue una famosa encuesta la que le impidió al gobierno rematar su batalla de
enero 2002 que la tenía ganada. Y aunque suene muy áspero, Goni, tragador de
encuestas, hizo el peor gobierno de la democracia y, lo peor de todo, ¡se cayó
leyendo e interpretando encuestas!
Y es que en política, la encuesta es al talento lo que en televisión es el
rating a la calidad: ¡enemigos radicales e irreconciliables! Y se hace política
con talento, no examinando los numeritos para ver por dónde van las cosas para
obtener más o menos popularidad. Cuando el MNR se quejó a Paz Estenssoro del
resultado de unas elecciones municipales en las que como consecuencia de la
promulgación del 21060 su partido no llegó al 11%, repuso -¡con el talento que
lo caracterizaba!-, “yo he venido a gobernar, no a ser popular”.
Yo creo que, cavernario y todo, con todas las explicaciones que se han molestado
en darme lo modernos sabios de la política y de la televisión, voy a seguir
siendo un partidario del talento y de la calidad, sobre cualquier criterio de
popularidad.
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