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| EDITORIAL |
Santa Cruz de la Sierra - Bolivia, Domingo 21, Marzo de 2004
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Los informales |
En nuestro singular país tenemos una clase social que tal vez la haya en
muchos otros de este ancho y ajeno mundo, pero que, en el medio nuestro, goza de
un curioso trato incuestionablemente privilegiado.
Esa clase social, a la que se reconocen tantas prerrogativas e inmunidades, es
la de los informales, y está conformada por hombres, mujeres e incluso niños que
no tienen un oficio definido, que no poseen título profesional alguno, que no
cuentan con un lugar fijo de trabajo, y que, a la sazón, constituyen multitud.
Tal vez en esta clase social de los informales un elevado porcentaje de los
individuos allí incorporados acusan extrema pobreza y se ganan heroicamente la
vida. Así debe ser tomando en consideración que hoy por hoy la pobreza es el
mayor fenómeno, entre los varios que nos afectan de manera directa e inevitable.
Pero no cabe duda de que, en la clase de los informales hay incrustados,
asimismo, sujetos que cuentan con recursos económicos suficientes como para
pasarlas muy bien. Son propietarios de bienes inmuebles, cuentan con unidades
vehiculares motorizadas modernas y poderosas, y en depósitos enormes y muy
seguros, tienen almacenadas mercaderías diversas en volúmenes que son
francamente insospechados.
En contradicción manifiesta con sus cuantiosos haberes, muchos de los llamados
informales disimulan su bonanza económica en miserables puestos de expendio
callejeros o bien dedicándose a la venta de chucherías y de objetos de cierto
valor en las vías públicas. Obviamente, los acaudalados informales, que no son
pocos –lo recalcamos- no gastan en alquileres para montar sus negocios, no pagan
personal dependiente y, desde luego, están eximidos del régimen de las
tributaciones fiscales.
En pocas palabras, bajo el rótulo de informales, muchos que son lisa y
llanamente comerciantes y no pocos de ellos con fuertes capitales en giro,
evaden el pago de impuestos impunemente, están exentos de las cargas sociales,
no construyen ni alquilan nada, puesto que se atrincheran promiscuamente en sus
tenderetes miserables y, en fin, disfrutan por nada de una gran vida. De una
gran vida en que todo es “saque” y nada de “ponga”.
Está mucho más que pasada la hora de poner en claro la situación de los
informales. Se hace menester determinar quiénes y cuántos son los informales de
verdad y a quiénes, en justicia, alcanza el régimen de exención impositiva y de
evasión de las cargas sociales. Estamos seguros de que una catalogación rigurosa
terminará deparando enormes sorpresas y poniendo de manifiesto a un gran número
de defraudadores, a los que habrá que hacer sentir sin contemplaciones el peso
de la ley. Que no tiemble el pulso a la hora de poner a todo el mundo en orden. |
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