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Santa Cruz de la Sierra - Bolivia, Sábado 20, Marzo de 2004

../images/blanco.gifSeguimos sin decir la verdad



Gustavo Maldonado Medina

Peligroso es el adjetivo cuando deja de cumplir su función originaria de acompañar al sustantivo. El fuego cruzado de epítetos que motejan a unos de neoliberales y a los otros de estatistas es una pérdida de tiempo. Casi un juego de palabras que puede convertirse de trivial en peligroso.
Singulares estatistas los que practican, con muy poco éxito, desde hace más de 18 años, políticas económicas estrictamente liberales. Extraños neoliberales los que reclaman, desde la empresa privada, una acción más moderna y eficaz del Estado.
No es bueno callar lo que se piensa. No decir, por ejemplo, que es mejor tener un mal plan que no tener plan, y que los pequeños actos que se ejecutan son mejores que todos aquellos grandes que se planean. Callar, por otro lado, que la gestión de la economía en el actual gobierno es un desastre.
No es que la economía anda mal porque Mesa y la empresa privada se pelean, sino que el Presidente y los empresarios se pelean porque la economía anda mal. Si sólo eso dijéramos, unos y otros con sencillez y espontaneidad, las cosas irían mejor entre nosotros y la política perdería un cierto aire de irrealidad que aburre al ciudadano.
Es posible, claro, que este modo de ver las cosas sea considerado simplemente cándido. A lo mejor, también la candidez es un empeño insensato por subir río arriba, en contra de la corriente, tan aficionada a las discusiones accesorias o inútiles.
En fin, seguimos sin decir la verdad. Todos sabemos que para contar con buena salud, buena educación y buenas carreteras se requiere de un gasto público considerable alimentado por impuestos y regalías. Todos sabemos, también, que la calidad de esos servicios no depende sólo de los recursos, sino, principalmente, de la gestión.
Todos sabemos que para ejecutar políticas sociales y productivas se requiere de la participación del Estado y del sector privado, haciendo cada cual lo que le corresponde y lo que sabe hacer mejor. Lo sabemos, pero lo callamos. Resultan más fáciles los adjetivos y más comprometedores los sustantivos. Sería mejor que dejáramos de hablar del Estado como un accesorio incómodo, porque eso no es cierto. También que dejáramos de hablar del mercado como un mal necesario, porque eso no es verdad.
Quizás sea necesario también que la izquierda entienda que su preocupación genuina por los derechos ciudadanos no es compatible con la nostalgia melancólica de un Estado interventor. Quizás sea necesario también que la derecha olvide su viejo sueño de una economía abierta y moderna conviviendo con una sociedad hermética y tradicional. Tal vez sea necesario, o tal vez sea pedir demasiado.
La experiencia universal ha mostrado que la fórmula más sabia, la que ofrece el máximo de justicia social y libertad democrática, es aquélla en la cual el Estado y el mercado coexisten; es el antiguo axioma alemán: todo el mercado posible y todo el Estado que sea necesario. Los modelos de éxito han convertido al Estado, coexistiendo con el mercado, en el gran líder del desarrollo. Allí el Estado sabe qué se debe hacer. Y el mercado sólo sabe como hacerlo.

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