Seguimos sin decir la verdad
Gustavo Maldonado Medina
Peligroso es el adjetivo cuando deja de cumplir su función originaria de
acompañar al sustantivo. El fuego cruzado de epítetos que motejan a unos de
neoliberales y a los otros de estatistas es una pérdida de tiempo. Casi un juego
de palabras que puede convertirse de trivial en peligroso.
Singulares estatistas los que practican, con muy poco éxito, desde hace más de
18 años, políticas económicas estrictamente liberales. Extraños neoliberales los
que reclaman, desde la empresa privada, una acción más moderna y eficaz del
Estado.
No es bueno callar lo que se piensa. No decir, por ejemplo, que es mejor tener
un mal plan que no tener plan, y que los pequeños actos que se ejecutan son
mejores que todos aquellos grandes que se planean. Callar, por otro lado, que la
gestión de la economía en el actual gobierno es un desastre.
No es que la economía anda mal porque Mesa y la empresa privada se pelean, sino
que el Presidente y los empresarios se pelean porque la economía anda mal. Si
sólo eso dijéramos, unos y otros con sencillez y espontaneidad, las cosas irían
mejor entre nosotros y la política perdería un cierto aire de irrealidad que
aburre al ciudadano.
Es posible, claro, que este modo de ver las cosas sea considerado simplemente
cándido. A lo mejor, también la candidez es un empeño insensato por subir río
arriba, en contra de la corriente, tan aficionada a las discusiones accesorias o
inútiles.
En fin, seguimos sin decir la verdad. Todos sabemos que para contar con buena
salud, buena educación y buenas carreteras se requiere de un gasto público
considerable alimentado por impuestos y regalías. Todos sabemos, también, que la
calidad de esos servicios no depende sólo de los recursos, sino, principalmente,
de la gestión.
Todos sabemos que para ejecutar políticas sociales y productivas se requiere de
la participación del Estado y del sector privado, haciendo cada cual lo que le
corresponde y lo que sabe hacer mejor. Lo sabemos, pero lo callamos. Resultan
más fáciles los adjetivos y más comprometedores los sustantivos. Sería mejor que
dejáramos de hablar del Estado como un accesorio incómodo, porque eso no es
cierto. También que dejáramos de hablar del mercado como un mal necesario,
porque eso no es verdad.
Quizás sea necesario también que la izquierda entienda que su preocupación
genuina por los derechos ciudadanos no es compatible con la nostalgia
melancólica de un Estado interventor. Quizás sea necesario también que la
derecha olvide su viejo sueño de una economía abierta y moderna conviviendo con
una sociedad hermética y tradicional. Tal vez sea necesario, o tal vez sea pedir
demasiado.
La experiencia universal ha mostrado que la fórmula más sabia, la que ofrece el
máximo de justicia social y libertad democrática, es aquélla en la cual el
Estado y el mercado coexisten; es el antiguo axioma alemán: todo el mercado
posible y todo el Estado que sea necesario. Los modelos de éxito han convertido
al Estado, coexistiendo con el mercado, en el gran líder del desarrollo. Allí el
Estado sabe qué se debe hacer. Y el mercado sólo sabe como hacerlo.
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