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Santa Cruz de la Sierra - Bolivia, Sábado 20, Marzo de 2004

../images/blanco.gifEspíritus libres



Emilio Rojas Hervas

Una comunidad se preserva mejor, se fortalece, si la unen las mismas creencias, la misma tradición. Su fuerza está en sus buenas costumbres, su aceptación de las normas; esa firmeza de convicciones que se hereda desde el nacimiento y se vuelve piel y carne. El peligro en esta comunidad de individuos similares en fuerza de carácter y costumbres es que, al ir olvidando a través de sucesivas generaciones, el sentido real de sus tradiciones y principios degenera, se corrompe.
Aquí entran en escena los espíritus libres. Individuos diferentes, que viven sin restricciones, moralmente más abiertos, solitarios, sensibles. Con su visión vitalizan una comunidad estancada, al animarse a intentar nuevos caminos.
Muchos de ellos, sin embargo, perecen antes de haber logrado convencer a la comunidad homogénea del valor del cambio. Aún así, pueden trascender por comportamientos dejados como herencia a sus siguientes generaciones o a través de un legado intelectual documentado y puesto a disposición de su comunidad y la humanidad toda.
Ellos, o sus descendientes, pueden causar, de vez en cuando, disturbios en la tranquilidad de la comunidad homogénea, inoculando su virus desestabilizador, que, si la comunidad es suficientemente fuerte, en vez de hacerle daño, la enriquece.
Seres de naturaleza original, sui géneris, son causa del florecimiento de nuevas ideas y soluciones en nuestra civilización. Similares a una vacuna inoculada en un cuerpo saludable, a pesar del contraste con el resto, fortalecen en vez de destruir, y por lo tanto, se han ganado el derecho a la supervivencia.
El librepensador es diferente de lo que se espera de él por su origen, entorno, prejuicios, la pirámide de clases o las ideas de moda. No se deja encasillar en un estereotipo. Su amor por la soledad y su afán de saber le permiten llegar a verdades más profundas. Es tan libre que no teme la verdad desnuda, está más allá de las hipocresías, lo cual causa malestar en la mayoría, acostumbrada a la doble moral. Es cuestión de modas y épocas: antes, la doble moral era sólo privilegio de las elites. Ahora también es patrimonio de la masa. Claro, en una forma más vulgar, sin arte, sin clase.
Esta masa encadenada suele criticar a las mentes libres, denunciando su exhibicionismo y amoralidad. A veces, en un acto de malicia, las tilda de perversas. No lo cree, lo dice por miedo, como estrategia para deshacerse de quienes intentan desenmascarar su hipocresía.
A los espíritus libres se les nota el brillo de grandeza y sabiduría en la mirada; las mentes homogéneas sienten su presencia desde lejos.
La naturaleza es sabia: donde sea que reine la homogeneidad, aparece, de vez en cuando, uno que otro individuo, que asfixiado por la moralidad circundante, busca, con todas sus fuerzas, un camino diferente. Soledad y tenacidad son sus mejores consejeras. Pero un día tiene que salir, como Zaratustra, de su cueva en el acantilado, y cantar su verdad a los cuatro vientos.

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