Espíritus libres
Emilio Rojas Hervas
Una comunidad se preserva mejor, se fortalece, si la unen las mismas
creencias, la misma tradición. Su fuerza está en sus buenas costumbres, su
aceptación de las normas; esa firmeza de convicciones que se hereda desde el
nacimiento y se vuelve piel y carne. El peligro en esta comunidad de individuos
similares en fuerza de carácter y costumbres es que, al ir olvidando a través de
sucesivas generaciones, el sentido real de sus tradiciones y principios
degenera, se corrompe.
Aquí entran en escena los espíritus libres. Individuos diferentes, que viven sin
restricciones, moralmente más abiertos, solitarios, sensibles. Con su visión
vitalizan una comunidad estancada, al animarse a intentar nuevos caminos.
Muchos de ellos, sin embargo, perecen antes de haber logrado convencer a la
comunidad homogénea del valor del cambio. Aún así, pueden trascender por
comportamientos dejados como herencia a sus siguientes generaciones o a través
de un legado intelectual documentado y puesto a disposición de su comunidad y la
humanidad toda.
Ellos, o sus descendientes, pueden causar, de vez en cuando, disturbios en la
tranquilidad de la comunidad homogénea, inoculando su virus desestabilizador,
que, si la comunidad es suficientemente fuerte, en vez de hacerle daño, la
enriquece.
Seres de naturaleza original, sui géneris, son causa del florecimiento de nuevas
ideas y soluciones en nuestra civilización. Similares a una vacuna inoculada en
un cuerpo saludable, a pesar del contraste con el resto, fortalecen en vez de
destruir, y por lo tanto, se han ganado el derecho a la supervivencia.
El librepensador es diferente de lo que se espera de él por su origen, entorno,
prejuicios, la pirámide de clases o las ideas de moda. No se deja encasillar en
un estereotipo. Su amor por la soledad y su afán de saber le permiten llegar a
verdades más profundas. Es tan libre que no teme la verdad desnuda, está más
allá de las hipocresías, lo cual causa malestar en la mayoría, acostumbrada a la
doble moral. Es cuestión de modas y épocas: antes, la doble moral era sólo
privilegio de las elites. Ahora también es patrimonio de la masa. Claro, en una
forma más vulgar, sin arte, sin clase.
Esta masa encadenada suele criticar a las mentes libres, denunciando su
exhibicionismo y amoralidad. A veces, en un acto de malicia, las tilda de
perversas. No lo cree, lo dice por miedo, como estrategia para deshacerse de
quienes intentan desenmascarar su hipocresía.
A los espíritus libres se les nota el brillo de grandeza y sabiduría en la
mirada; las mentes homogéneas sienten su presencia desde lejos.
La naturaleza es sabia: donde sea que reine la homogeneidad, aparece, de vez en
cuando, uno que otro individuo, que asfixiado por la moralidad circundante,
busca, con todas sus fuerzas, un camino diferente. Soledad y tenacidad son sus
mejores consejeras. Pero un día tiene que salir, como Zaratustra, de su cueva en
el acantilado, y cantar su verdad a los cuatro vientos.
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