Silencios
Marcos Grisi Reyes Ortiz
Extraño el silencio. Extraño el dulce encuentro con mi alma y extraño el
sosiego de mis pensamientos. Y es que hay mucho ruido, que me pierde, me evade,
me confunde...
En estas cavilaciones voy pensando en los diferentes tipos de silencios que
existen. Y sorprendido encuentro que hay tantas formas de silencio como formas
de ruido.
Existe, por ejemplo, el silencio enamorado, cuando dos corazones afines se
encuentran, y sus dueños se miran intensamente y se abrazan, sin hablar. No hay
necesidad de conversación, ni de hacer reír, ni de caer simpático. Simplemente,
en silencio, se abrazan, y se llenan de amor.
También están los silencios acompañados de sufrimiento del alma, como cuando el
hijo no vuelve a casa, o el padre no se recupera de su enfermedad en la cama del
hospital, o el ser amado no vuelve a la cama.
Hay silencios impresionantes de descubrimiento propio, como cuando nos damos
cuenta de que un pequeño deseo hecho realidad se convierte en una pequeña
pesadilla. Y no queda otra que quedarnos callados, porque fue nuestro deseo.
También están los silencios de grito cuando es tanto el shock de lo que
presenciamos que quedamos boquiabiertos. Es la única vez que abrimos la boca
para quedarnos callados
¿Y qué de los silencios complicados? Son de esos que surgen porque sabes algo y
si rompes el silencio puedes lastimar a alguien. No puede decirse que este
silencio sea de complicidad, porque no estás rompiendo el silencio por encubrir
sino por no lastimar. Es un silencio... complicado.
Los feos son los silencios cómplices. No me miren a mí, yo no fui y no sé nada.
Tampoco vi nada. Y si estaba ahí era por casualidad, tampoco tengo por qué
meterme en la vida de los demás, ése es su problema.
¿Existen los silencios imposibles? Claro que sí, y son la consecuencia de los
silencios enamorados. Es el silencio que debería producirse entre dos jóvenes
que se entregan uno al otro, en una explosión pura e intensa, para fundirse en
un solo cuerpo y perderse como una sola alma. Ese instante debería ser el más
sutil y hermoso de los silencios... Pero no lo es, porque como todos sabemos, el
sexo es todo menos silencioso. Mucho menos, el sexo intenso.
Pero de todos los silencios el más hermoso es el del bebé recién nacido
durmiendo, en el cuarto de la clínica, cuando ya todas las visitas se fueron, y
queda la madre sola con esa hermosa criatura regalo de Dios. Es un silencio de
gratitud, de amor, en el que el brillo de los ojos de madre posados sobre la
carita del bebé, con lágrimas de felicidad, le dice en voz muy baja, casi
imperceptible para no romper el silencio: “Te amo”. Éstas son las únicas
palabras que no rompen el hechizo y permiten que el silencio siga existiendo.
marcosgrisi@hotmail.com
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