El calvario de un marchista
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Durante veinte años, o tal vez más, fui un entusiasta participante de todas
las marchas y manifestaciones callejeras que se realizaron en la ciudad de La
Paz sin importarme el motivo de las mismas, y apenas me enteraba de que habría
alguna me adhería a los marchistas para gritar con ellos mis protestas contra el
gobierno de turno.
Así sucedió el miércoles pasado cuando frotándome las manos y exaltado de
felicidad le comuniqué a mi esposa: “Viditay, estoy contentísimo porque hoy se
realizarán dos marchas por las calles de La Paz, una organizada por el
magisterio paceño que será antes del mediodía y la segunda programada por la
Central Obrera Boliviana para las cuatro de la tarde”.
Mi esposa sorprendida me preguntó si yo era profesor o si era trabajador
afiliado a la COB, respondiéndole muy orondo: “El apostolado de los maestros
siempre me causó admiración y también respeto mucho a la COB que fundé junto a
Don Juan Lechín Oquendo; además tú sabes que siempre suspiré por la profesora
Vilma Plata y admiré a Jaime Solares por corajudo”.
Mi esposa escuchó mal y me dijo: “No le digas cojudo a ese alto dirigente” y
tuve que aclararle: “No le he dicho cojudo sino corajudo, que es distinto” y
salí de mi casa pidiendo que no me esperasen a almorzar ni tampoco a cenar
porque estaría ocupado marchando por las calles para gritar mis ideales
revolucionarios y mis pocas ganas de trabajar.
Al llegar a la concentración de los maestros saludé a la dirigente Vilma con
besos en sus mejillas y le pregunté por las consignas de la marcha y por los
gritos que yo debería lanzar durante la marcha, diciéndome Vilmita: “Tú ya sabes
lo que debes gritar porque hace muchos años que estás en nuestras
manifestaciones y nada ha cambiado”.
Iniciada la marcha, actué con vehemencia y grité “¡muera el gobierno hambreador!”
y recibí un puñetazo en el ojo que me propinó una ciudadana paceña cansada de
tantas marchas callejeras, quien me dijo: “Estoy hasta el moño de tanta
manifestación que no me deja vender mis mercaderías en El Prado, y eres un vago,
revolucionario de pacotilla”.
Adolorido y tuerto llegué a la Asistencia Pública donde me curaron el ojo y me
dirigí al mercado Camacho para almorzar en el comedor popular, y de allí me
dirigí a la plaza San Francisco para vitorear a Jaime Solares y a la COB, y pedí
que me explicaran el motivo de la marcha.
Allí me entregaron piedras y un garrote para repeler cualquier ataque y me
entregaron además unos cachorros de dinamita para defender nuestra ‘marcha
pacífica’.
Como soy macho y gozo con los disturbios, utilicé todas las armas que me
entregaron, menos la dinamita porque no sabía cómo utilizarla, hasta que vino un
minero experto en explosivos que la encendió, pero con tan mala suerte que tiró
el explosivo a la retaguardia de una chola manifestante.
Quise salvar a la mujer, y la chola y yo volamos un metro, resultando ambos
heridos en nuestras respectivas retaguardias. Estoy por creer que yo también
estoy hasta el moño con las marchas.
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