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Santa Cruz de la Sierra - Bolivia, Sábado 20, Marzo de 2004

../images/blanco.gifEl calvario de un marchista



Paulovich ®®La noticia de perfil

Durante veinte años, o tal vez más, fui un entusiasta participante de todas las marchas y manifestaciones callejeras que se realizaron en la ciudad de La Paz sin importarme el motivo de las mismas, y apenas me enteraba de que habría alguna me adhería a los marchistas para gritar con ellos mis protestas contra el gobierno de turno.
Así sucedió el miércoles pasado cuando frotándome las manos y exaltado de felicidad le comuniqué a mi esposa: “Viditay, estoy contentísimo porque hoy se realizarán dos marchas por las calles de La Paz, una organizada por el magisterio paceño que será antes del mediodía y la segunda programada por la Central Obrera Boliviana para las cuatro de la tarde”.
Mi esposa sorprendida me preguntó si yo era profesor o si era trabajador afiliado a la COB, respondiéndole muy orondo: “El apostolado de los maestros siempre me causó admiración y también respeto mucho a la COB que fundé junto a Don Juan Lechín Oquendo; además tú sabes que siempre suspiré por la profesora Vilma Plata y admiré a Jaime Solares por corajudo”.
Mi esposa escuchó mal y me dijo: “No le digas cojudo a ese alto dirigente” y tuve que aclararle: “No le he dicho cojudo sino corajudo, que es distinto” y salí de mi casa pidiendo que no me esperasen a almorzar ni tampoco a cenar porque estaría ocupado marchando por las calles para gritar mis ideales revolucionarios y mis pocas ganas de trabajar.
Al llegar a la concentración de los maestros saludé a la dirigente Vilma con besos en sus mejillas y le pregunté por las consignas de la marcha y por los gritos que yo debería lanzar durante la marcha, diciéndome Vilmita: “Tú ya sabes lo que debes gritar porque hace muchos años que estás en nuestras manifestaciones y nada ha cambiado”.
Iniciada la marcha, actué con vehemencia y grité “¡muera el gobierno hambreador!” y recibí un puñetazo en el ojo que me propinó una ciudadana paceña cansada de tantas marchas callejeras, quien me dijo: “Estoy hasta el moño de tanta manifestación que no me deja vender mis mercaderías en El Prado, y eres un vago, revolucionario de pacotilla”.
Adolorido y tuerto llegué a la Asistencia Pública donde me curaron el ojo y me dirigí al mercado Camacho para almorzar en el comedor popular, y de allí me dirigí a la plaza San Francisco para vitorear a Jaime Solares y a la COB, y pedí que me explicaran el motivo de la marcha.
Allí me entregaron piedras y un garrote para repeler cualquier ataque y me entregaron además unos cachorros de dinamita para defender nuestra ‘marcha pacífica’.
Como soy macho y gozo con los disturbios, utilicé todas las armas que me entregaron, menos la dinamita porque no sabía cómo utilizarla, hasta que vino un minero experto en explosivos que la encendió, pero con tan mala suerte que tiró el explosivo a la retaguardia de una chola manifestante.
Quise salvar a la mujer, y la chola y yo volamos un metro, resultando ambos heridos en nuestras respectivas retaguardias. Estoy por creer que yo también estoy hasta el moño con las marchas.

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