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Santa Cruz de la Sierra - Bolivia, Viernes 19, Marzo de 2004

../images/blanco.gifLuis Alberto de Cuenca, poeta



Pedro Shimose

En 1983 desembarcaron, en la ciudad boliviana de Santa Cruz de la Sierra, cuatro escritores españoles: Carlos García Gual, Jesús Munárriz, César Antonio Molina y Luis Alberto de Cuenca. Leyeron sus prosas y sus versos, viajaron por el trópico boliviano y retornaron prendados de Santa Cruz.
Veinte años después, me ocupo de uno de ellos porque a otro poeta español casi boliviano — Diego Valverde Villena — se le ocurrió componer una selección de poemas amorosos de Luis Alberto. La antología lleva por título De amor y de amargura (Sevilla, Editorial Renacimiento, 2003; 169 págs.) y va precedida de una introducción amena y esclarecedora — Amor corona a los suyos — digna de ser leída.
La poesía de De Cuenca (Madrid, 1950) fue deudora, en sus inicios, de la estética de los llamados ‘poetas novísimos’ (Gimferrer, Vázquez Montalbán, Carnero, Álvarez, Leopoldo Panero y otros), pero con los años, el poeta maduró en estilo hasta encontrar su propia retórica antirretórica con la publicación del poemario La caja de plata (1985), libro capital en la poesía española de los últimos quince años.
Desde entonces, De Cuenca combina su bagaje intelectual y artístico con su experiencia vital, enriquecida por la cultura popular que nutrió su infancia y adolescencia: el cómic, el rock, el cine, la copla, la publicidad, la pintura pop y el fútbol.
Esta evidencia no debe inducirnos al error de creer que la obra de De Cuenca es frívola y estereotipada. En este poeta, doctorado en Filología Clásica, políglota y versado en literatura medieval, todo es auténtico. Ha sabido enriquecer sus vastas lecturas inmerso en el ‘mundanal ruido’; su culto y depurado lenguaje académico, con el lenguaje de la calle; su pasmosa erudición literaria, con viajes de estudio, profesorados, inquietudes políticas, cargos administrativos y lances amatorios.
En la alquimia verbal, De Cuenca elaboró su dicción poética hasta obtener el elixir de la difícil sencillez, esa ‘línea clara’ de un estilo instalado en el habla coloquial. Por eso, su verso camina con paso firme y seguro al borde del prosaísmo, rechaza intencionadamente la fácil musicalidad de la métrica tradicional que él, debo decirlo, maneja con destreza, como queda probado en sus bellísimos sonetos ‘del amor atómico’ y ‘del amor oscuro’.
Esta antología hecha por Valverde Villena tiene la virtud de presentar a un poeta desligado del culturalismo de sus comienzos. Nos lleva de la mano hasta un poeta consolidado en su voz personal, que canta al amor con elegancia y melancolía, a lo Petrarca y Ronsard, pero también con ese dejo irónico heredado de su paisano, el poeta hispanolatino Marcial, y esa galantería cortesana de Boscéri y Garcilaso.
En la estela de Cayo Valerio Marcial, De Cuenca se ha convertido en uno de los jóvenes maestros de la poesía española actual, difícil de imitar y fácil de admirar por su aporte a la renovación del epigrama en idioma español, esa composición breve que Martínez de la Rosa definió como la abeja de festivo ingenio, gracia y agudeza que “clava su fino aguijón y al punto muere”.
Respecto a Diego Valverde Villena, sólo diré que su amor a Bolivia le viene dado por su ascendencia: su madre es potosina, de los Villena de Potosí. A Diego le debemos la difusión, en España e Hispanoamérica, de la poesía joven de Bolivia.
“De amor y de amargura”. ¿Por qué de amargura? Quizás porque los amores reales, cotidianos, los de verdad, acaban, ¡ay! como todo en este mundo, allí donde empieza el desencanto. En el fondo, seguimos siendo barrocos. //Madrid, 19.03. 2004

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