Luis Alberto de Cuenca, poeta
Pedro Shimose
En 1983 desembarcaron, en la ciudad boliviana de Santa Cruz de la Sierra,
cuatro escritores españoles: Carlos García Gual, Jesús Munárriz, César Antonio
Molina y Luis Alberto de Cuenca. Leyeron sus prosas y sus versos, viajaron por
el trópico boliviano y retornaron prendados de Santa Cruz.
Veinte años después, me ocupo de uno de ellos porque a otro poeta español casi
boliviano — Diego Valverde Villena — se le ocurrió componer una selección de
poemas amorosos de Luis Alberto. La antología lleva por título De amor y de
amargura (Sevilla, Editorial Renacimiento, 2003; 169 págs.) y va precedida de
una introducción amena y esclarecedora — Amor corona a los suyos — digna de ser
leída.
La poesía de De Cuenca (Madrid, 1950) fue deudora, en sus inicios, de la
estética de los llamados ‘poetas novísimos’ (Gimferrer, Vázquez Montalbán,
Carnero, Álvarez, Leopoldo Panero y otros), pero con los años, el poeta maduró
en estilo hasta encontrar su propia retórica antirretórica con la publicación
del poemario La caja de plata (1985), libro capital en la poesía española de los
últimos quince años.
Desde entonces, De Cuenca combina su bagaje intelectual y artístico con su
experiencia vital, enriquecida por la cultura popular que nutrió su infancia y
adolescencia: el cómic, el rock, el cine, la copla, la publicidad, la pintura
pop y el fútbol.
Esta evidencia no debe inducirnos al error de creer que la obra de De Cuenca es
frívola y estereotipada. En este poeta, doctorado en Filología Clásica,
políglota y versado en literatura medieval, todo es auténtico. Ha sabido
enriquecer sus vastas lecturas inmerso en el ‘mundanal ruido’; su culto y
depurado lenguaje académico, con el lenguaje de la calle; su pasmosa erudición
literaria, con viajes de estudio, profesorados, inquietudes políticas, cargos
administrativos y lances amatorios.
En la alquimia verbal, De Cuenca elaboró su dicción poética hasta obtener el
elixir de la difícil sencillez, esa ‘línea clara’ de un estilo instalado en el
habla coloquial. Por eso, su verso camina con paso firme y seguro al borde del
prosaísmo, rechaza intencionadamente la fácil musicalidad de la métrica
tradicional que él, debo decirlo, maneja con destreza, como queda probado en sus
bellísimos sonetos ‘del amor atómico’ y ‘del amor oscuro’.
Esta antología hecha por Valverde Villena tiene la virtud de presentar a un
poeta desligado del culturalismo de sus comienzos. Nos lleva de la mano hasta un
poeta consolidado en su voz personal, que canta al amor con elegancia y
melancolía, a lo Petrarca y Ronsard, pero también con ese dejo irónico heredado
de su paisano, el poeta hispanolatino Marcial, y esa galantería cortesana de
Boscéri y Garcilaso.
En la estela de Cayo Valerio Marcial, De Cuenca se ha convertido en uno de los
jóvenes maestros de la poesía española actual, difícil de imitar y fácil de
admirar por su aporte a la renovación del epigrama en idioma español, esa
composición breve que Martínez de la Rosa definió como la abeja de festivo
ingenio, gracia y agudeza que “clava su fino aguijón y al punto muere”.
Respecto a Diego Valverde Villena, sólo diré que su amor a Bolivia le viene dado
por su ascendencia: su madre es potosina, de los Villena de Potosí. A Diego le
debemos la difusión, en España e Hispanoamérica, de la poesía joven de Bolivia.
“De amor y de amargura”. ¿Por qué de amargura? Quizás porque los amores reales,
cotidianos, los de verdad, acaban, ¡ay! como todo en este mundo, allí donde
empieza el desencanto. En el fondo, seguimos siendo barrocos. //Madrid, 19.03.
2004
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