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EDITORIAL

Santa Cruz de la Sierra - Bolivia, Viernes 19, Marzo de 2004  

>>    Hasta el jopo estamos de manifestaciones

En la sede del gobierno, en la ciudad de La Paz, acaba de registrarse una escaramuza que permite precisar el estado de ánimo de toda la población boliviana. Pues, allí al pie del majestuoso Illimani, la ciudadanía paceña reaccionó contra una manifestación, contra una de las tantas marchas ruidosas de los disconformes porque no o porque sí. Amagos de pugilatos, intercambios de trompadas, que afortunadamente no pasaron a mayores, se dieron durante una de las miles de manifestaciones que, en los últimos tiempos, les han venido quitando el sueño y la tranquilidad a los paceños, amén de haber acabado con su paciencia.
No pasaron a mayores, como decimos líneas arriba, las escaramuzas. Pero el solo hecho de haberse dado lo que se dio constituye una clara e imborrable advertencia. El pueblo, o más precisamente la ciudadanía consciente, ya está hasta el jopo con eso de las marchas de protesta, con aquello de las manifestaciones ruidosas.
Y si hoy no se llegó a mayores, no tiene porqué descartarse la posibilidad de que mañana el desagrado frente a los marchistas, el rechazo de las manifestaciones ruidosas desemboque en una batalla campal, en un duro y áspero enfrentamiento, tal vez con muertos y heridos y en todo caso con efusión de sangre inocente.
Cuando aseguramos que éste es el estado de ánimo imperante hoy en el país, no estamos haciendo falsos juicios de generalización, no estamos agrandando las cosas interesadamente, no nos hemos propuesto ni mucho menos, hacer un mar de un vaso de leche. Expresiones de rechazo a las marchas y a las manifestaciones ya se han dado en otras regiones de la república.
Sin necesidad de ir muy lejos, aquí en esta ciudad de Santa Cruz de la Sierra, donde por fortuna no son muchas, no son cotidianas las marchas ni las manifestaciones porque aún prevalece entre nosotros el espíritu de trabajo y la noción del orden y de la paz, también hubo una reacción de hecho contra marchistas que venían embalados desde una lejana localidad norteña. Estrujones nada cordiales, palabras altisonantes se dieron al paso de las huestes que ya estaban en plena tarea de alterar el orden y de quebrantar la paz sin miramiento alguno.
Las huelgas, las marchas, las manifestaciones bulliciosas, en cualquier país civilizado del mundo, son el último recurso de los sectores que están disconformes con algo, que quieren rechazar alguna cosa o conseguir otras. El último recurso, entiéndaselo bien, vale decir, cuando han fracasado las negociaciones, cuando ya no quedan vías para lograr el entendimiento. Entre nosotros es al revés. Primero generamos la violencia y después buscamos el diálogo. No nos sorprende que así sea pues en Bolivia, sensiblemente, todo lo tenemos patas arriba.

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