Ante la locura
Gonzalo Valenzuela Monroy
Los ataques terroristas contra España excitaron el repudio de la mayoría de
los países del mundo. Pocas veces, como en esa negra jornada del 11 de marzo,
pudo apreciarse en cada población hasta dónde llega el sentimiento de rechazo
ante tan demencial acción. Ahora que los españoles inician el camino de la
reconstrucción, tratando de aliviar las consecuencias del efecto del acto de
terrorismo, también los líderes del mundo vuelven a verse sometidos al desafío
de una situación que tranquilamente puede afectar a otras naciones, después de
comprobar, una vez más, la vulnerabilidad, incluso de naciones tan poderosas
como EEUU, en este tipo de guerra.
España es hoy, para el resto del mundo, sinónimo de catástrofe por culpa del
terrorismo, algo de lo que hay que ocuparse de inmediato. Porque como España
hoy, y Estados Unidos ayer, cualquier otro país asoma al círculo sombrío de los
actos demenciales y sanguinarios, y se presenta un futuro abierto a otras
catástrofes parecidas, a menos que, quienes pueden hacerlo, se pongan a trabajar
para evitarlas.
Querríamos no pensar en ellas, pero este tipo de atentados están a la vista,
porque son una forma de defensa de quienes odian el poder actual o sienten ese
enfermizo odio separatista y no pueden enfrentarlo con armas convencionales. Si
nos ponemos a pensar de esta manera, y eso no es estar equivocados, la tarea de
los líderes del mundo se duplica. Ya no es necesario atender solamente a los
efectos de los atentados; hay que pensar, además, en el próximo. En tanto la
catástrofe que pasó es inexorable, mucho podría hacerse analizando detenidamente
lo que está sucediendo en el mundo actual.
Lo más probable es que las principales potencias militares del mundo ayuden a
los españoles para averiguar quiénes fueron los causantes del bárbaro y cobarde
ataque y si lo logran, tomen terribles represalias. Sin embargo, y más allá del
justo enojo del pueblo español en estos momentos de dolor, debería importar a
toda la humanidad lo que vendrá en materia de terrorismo, que es una guerra mil
veces más cruel y cobarde que cualquier acción militar anunciada. Es la única
manera de, al menos, aminorarlo.
Se trata de un problema que tiene que ser comprendido en toda su magnitud, y
encontrar soluciones para que tanto odio se disipe. La actitud moderna es
comprender a quienes en este momento son considerados enemigos. Deberíamos
adueñarnos de nuestro destino colectivo. La manera de hacerlo es empezar a
pensar diferente, para no volver a lamentarnos con otros hechos como los de
Madrid. No es cuestión de seguir lamentándonos cuando han ocurrido. Lo
aconsejable, más allá de no dar tregua a los terroristas, también es reducir,
por ejemplo, el papel de país imperio y ser más analíticos en materia de
relaciones humanas.
Ésta es otra dura lección para las potencias occidentales, que seguramente les
permitirá a sus gobernantes otear el horizonte en busca de las dificultades del
futuro de tal manera que, cuando lleguen, la gente, que es lo principal, no
quede a merced de los terroristas.
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