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Santa Cruz de la Sierra - Bolivia, Jueves 18, Marzo de 2004

../images/blanco.gifAnte la locura



Gonzalo Valenzuela Monroy

Los ataques terroristas contra España excitaron el repudio de la mayoría de los países del mundo. Pocas veces, como en esa negra jornada del 11 de marzo, pudo apreciarse en cada población hasta dónde llega el sentimiento de rechazo ante tan demencial acción. Ahora que los españoles inician el camino de la reconstrucción, tratando de aliviar las consecuencias del efecto del acto de terrorismo, también los líderes del mundo vuelven a verse sometidos al desafío de una situación que tranquilamente puede afectar a otras naciones, después de comprobar, una vez más, la vulnerabilidad, incluso de naciones tan poderosas como EEUU, en este tipo de guerra.
España es hoy, para el resto del mundo, sinónimo de catástrofe por culpa del terrorismo, algo de lo que hay que ocuparse de inmediato. Porque como España hoy, y Estados Unidos ayer, cualquier otro país asoma al círculo sombrío de los actos demenciales y sanguinarios, y se presenta un futuro abierto a otras catástrofes parecidas, a menos que, quienes pueden hacerlo, se pongan a trabajar para evitarlas.
Querríamos no pensar en ellas, pero este tipo de atentados están a la vista, porque son una forma de defensa de quienes odian el poder actual o sienten ese enfermizo odio separatista y no pueden enfrentarlo con armas convencionales. Si nos ponemos a pensar de esta manera, y eso no es estar equivocados, la tarea de los líderes del mundo se duplica. Ya no es necesario atender solamente a los efectos de los atentados; hay que pensar, además, en el próximo. En tanto la catástrofe que pasó es inexorable, mucho podría hacerse analizando detenidamente lo que está sucediendo en el mundo actual.
Lo más probable es que las principales potencias militares del mundo ayuden a los españoles para averiguar quiénes fueron los causantes del bárbaro y cobarde ataque y si lo logran, tomen terribles represalias. Sin embargo, y más allá del justo enojo del pueblo español en estos momentos de dolor, debería importar a toda la humanidad lo que vendrá en materia de terrorismo, que es una guerra mil veces más cruel y cobarde que cualquier acción militar anunciada. Es la única manera de, al menos, aminorarlo.
Se trata de un problema que tiene que ser comprendido en toda su magnitud, y encontrar soluciones para que tanto odio se disipe. La actitud moderna es comprender a quienes en este momento son considerados enemigos. Deberíamos adueñarnos de nuestro destino colectivo. La manera de hacerlo es empezar a pensar diferente, para no volver a lamentarnos con otros hechos como los de Madrid. No es cuestión de seguir lamentándonos cuando han ocurrido. Lo aconsejable, más allá de no dar tregua a los terroristas, también es reducir, por ejemplo, el papel de país imperio y ser más analíticos en materia de relaciones humanas.
Ésta es otra dura lección para las potencias occidentales, que seguramente les permitirá a sus gobernantes otear el horizonte en busca de las dificultades del futuro de tal manera que, cuando lleguen, la gente, que es lo principal, no quede a merced de los terroristas.

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