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| EDITORIAL |
Santa Cruz de la Sierra - Bolivia, Miércoles 17, Marzo de 2004
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Frenar a tiempo el desorden |
Si todas las cosas son previstas oportunamente siempre salen o se dan
conforme a los mejores deseos. En tratándose de cosas buenas, si se las encara
con la necesaria previsión, pues resultan doblemente buenas. Y si, por el
contrario, se trata de prever cosas malas, pues, generalmente, se evita daños
mayúsculos y hasta puede que se los elimine del todo.
El desorden en Bolivia, y particularmente en Santa Cruz de la Sierra, es
innegablemente grande. Y si ha logrado dimensiones realmente dantescas es porque
nadie se ha preocupado de preverlo. Es más que todo, porque preferimos hacer de
la vista gorda antes que asumir la responsabilidad de terminar con los excesos,
los abusos y los siempre lamentables descomedimientos.
Un germen reiterado y viejo del desorden lo constituye la instalación de
pequeños puestos de venta de cualquier tipo de objetos, alimentos, chucherías y
otros a lo largo de las vías públicas, llámense calles, avenidas e incluso
caminos, plazas y plazuelas. Seguramente, a la vista de estos pequeños negocios,
con indulgencia excesiva nos decimos que no afectan en nada al marco urbano, que
no deterioran nuestra imagen como ciudad, que no le hacen mal a nadie en
definitiva. Y así quedamos, si no conformes, lo mínimo, resignados y sin vueltas
que darles.
Pero de esta actitud tolerante en que todos caemos, se aprovechan Sancho, Pedro
y Martín. Al lado del pequeño negocio que implícitamente hemos aceptado como
parte de nuestro ordenamiento urbano, no tarda en aparecer otro similar o
diferente, pero con el mismo sello del abuso y del total descomedimiento.
En resumen que a la vuelta de pocos días ya tenemos una cadena larga,
interminable, gris y sucia, de pequeños negocios que se guarecen bajo toldos
precarios o casuchas de tablas y calaminas. Adiós a la vía pública, adiós a la
convivencia vecinal pacífica y aseada. La suciedad es izada como bandera, el
regateo ensordece literalmente y la generosa urbe que se transforma en un
miserable tolderío en que hasta las necesidades fisiológicas se satisfacen a la
vista y paciencia de los propios y de los extraños.
Por no haber previsto lo que desde hace tiempo se nos está viniendo encima, por
haber sido tolerantes o más bien condescendientes con el abuso, nuestras
ciudades en Bolivia, creemos que todas, pero especialmente la nuestra, Santa
Cruz de la Sierra, están avasalladas por el desorden, la promiscuidad y el
desaseo.
Aunque duela, hay que evitar o reprimir el desorden en sus primeras
manifestaciones. Después de consentido el desorden, quién se atreve a darle la
cara. Tras de él ya están las poderosas fuerzas gremiales a las que nadie se
atreve a enfrentar. Las ciudades que tenemos acusan nuestra tolerancia. |
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