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Santa Cruz de la Sierra - Bolivia, Martes 16, Marzo de 2004

../images/blanco.gifMensaje para España



Paulovich ®®La noticia de perfil

El estallido de las bombas retumbó en este mundo sin esquinas y se escuchó en mi casa a la hora exacta de las deflagraciones que hicieron temblar las paredes mientras mi familia, tan boliviana y tan española, se abrazaba conmovida ante la tragedia. Y es que en ese tren que llegaba a la Estación de Atocha viajábamos todos, todos los hombres del mundo cristiano y occidental.
Sólo mi esposa presintió la tragedia y me dijo antes de dormir “tengo un nudo en el corazón como si algo malo me tuviera que pasar” y traté de alejar sus malos presentimientos diciéndole con simpleza que nada malo le pasaría mientras yo estuviera a su lado. Sancta simplícitas.
Al conocer del atentado en Madrid y esta nueva matanza de los inocentes recordé a mis parientes más cercanos que Madrid fue la ciudad en la que más años viví aparte de La Paz, pues ni siquiera en Cochabamba llegué a vivir tanto tiempo. Y el primer sitio que conocí en Madrid fue, precisamente, la Estación de Atocha.
¡Pobre Madrid verbenero, la paloma voló en mil pedazos!
Mi esposa vestida de negro me llevó al templo de Obrajes para rezar por las víctimas de la masacre y para que yo pudiera hablar con Dios a través de la oración, pero yo seguía aturdido por la explosión de las bombas en Atocha y no atinaba a decir palabras coherentes para que Dios las atendiera y me consolara.
Quise decirle que la humanidad está enloquecida y al ver al crucificado me di cuenta de que ya lo estaba cuando él vino a pedir que nos amásemos, y lo crucificamos con crueldad increíble por lanzar su mensaje de amor.
Ahogué entre mis incoherencias una condena para los autores del atentado en Atocha, pero mi mente se hallaba tan bloqueada que ni siquiera pude pedirle a Dios castigo para los culpables porque no sabía quiénes pudieran ser los criminales ni a qué raza podrían pertenecer. Sólo sé que son hombres como nosotros, asesinos masivos a quienes da lo mismo asesinar a doscientos pasajeros de un tren, o a millares de niños que mueren de hambre y abandonados en las narices de los gobernantes del mundo.
Como me resultaba difícil hablar claramente con Dios, dejé esa tarea a mi corazón y dije a mi esposa que yo también lloraba por Madrid y por España toda, y que el dolor de los españoles era igual al de todos los hombres que detestamos a las guerras, a las bombas, a toda forma de terrorismo, aunque a veces seamos sólo unos pocos bichos fuera del contexto universal de la infamia.
Hoy estoy muy triste y es que hay días cuando el humor se esconde y asoma la desesperanza en el hombre inteligente y bondadoso.
Mañana estaremos mejor y hasta elegiremos a los nuevos gobernantes de España, de esta España tan nuestra y tan lejana.

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