Las escurridizas aguas del Silala
Rubén Darío Cuéllar Suárez
La compleja agenda bilateral boliviano-chilena, está cargada de temas cuya
definición se dilata y se complica de forma por demás preocupante. Asuntos tales
como nuestra reivindicación marítima, el mejoramiento de las condiciones del
llamado ‘libre tránsito’, el establecimiento de controles efectivos bolivianos
para evitar el contrabando generado desde Iquique y Arica, el mejoramiento
ostensible de los términos del intercambio comercial bilateral, así como el tema
del aprovechamiento ilegal de los manantiales del Silala, se han llegado a
constituir por su falta de solución, cada uno de ellos, en verdaderos obstáculos
que nos impiden avanzar hacia una relación más fluida y menos traumática con
nuestro vecino.
Desde el año 1996, cuando a raíz de una denuncia publicada en un matutino
paceño, los bolivianos pudimos constatar que Chile, inconsulta y arbitrariamente
había venido realizando una serie de obras destinadas a captar la totalidad de
las aguas de dichos manantiales y desviarlas hacia su territorio, el tema se ha
mantenido en la agenda bilateral sin que hasta la fecha se conozca una solución
al mismo.
La génesis de este asunto, se encuentra en la concesión que en 1908, a título
gratuito, hizo la Prefectura de Potosí a favor de la empresa “The Antofagasta
(Chili) & Bolivian Railway Co.- FCAB”, para alimentar con agua a sus locomotoras
a vapor que periódicamente hacían el recorrido Antofagasta-Oruro. Aquella
concesión fue otorgada sin plazo de vencimiento. Unicamente se estableció que la
compañía ferrocarrilera se comprometía a ceder hasta un tercio del caudal
aprovechado a favor de alguna empresa o particular boliviano cuando así se
solicitara.
A finales de la década de los 60, el ferrocarril cambió sus locomotoras de vapor
por las actuales movidas a combustible diesel y por lo tanto, dejó de requerir
las aguas. Sin embargo, lejos de devolver la concesión, al parecer profundizó
los trabajos de canalización, esta vez para proporcionar agua potable a
poblaciones y empresas mineras chilenas asentadas en dicha región. Obviamente,
sin solicitar permiso alguno a las autoridades bolivianas, menos aún pagar
alguna retribución por aquel uso.
Desde 1996, nuestros gobiernos han hecho infructuosos esfuerzos por poner las
cosas en su justa dimensión. Se han sucedido innumerables reuniones bilaterales
con Chile de las que no hemos logrado nada en concreto, salvo escuchar una y
otra vez los argumentos chilenos de que los manantiales del Silala, constituyen
un río internacional. Recién en 1999, el Gobierno boliviano notificó al FCAB su
decisión de revocar la concesión, actuación que tampoco produjo efecto alguno,
pues las aguas siguen fluyendo a territorio chileno. Por último, hace pocos días
fuimos informados que nuevamente se reunirán los viceministros de Relaciones
Exteriores de ambos países con el objeto de buscar una solución a dicho
problema.
El tema y su solución no pueden ser dilatados por más tiempo. Considero que
nuestro país debe realizar una acción de plena soberanía y cortar el flujo del
agua hacia Chile, en tanto no se logre la voluntad chilena de reconocer la
naturaleza de los manantiales del Silala. Sólo así los obligaremos a buscar la
solución definitiva que puede pasar por recurrir a un arbitraje internacional
que confirme los plenos derechos bolivianos sobre dichos manantiales y sus
aguas.
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