CHANE. Al rescate de
la esperanza
El sitio de La Enconada, se encuentra en la zona en que Giust realizó algunos de sus descubrimientos. Yapacaní y la región del río Palacios fueron lugares de asentamientos chané
Pablo Ortiz
Un hallazgo realizado a finales del año pasado cercano al gasoducto de
Caranda, permitió identificar un gran asentamiento chané. La investigación de
éste podría permitir establecer una cronología muy completa de la etnia y sus
últimos años. Se necesitan recursos para investigarlos.
Hace más de seis siglos, cuando los chané fueron sometidos por los quechuas y
guaraníes, su mundo, cultura y legado comenzaron a desaparecer. Eran seres
pacíficos, con una cultura en la que la palabra y capacidad de convencimiento
era más importante que la habilidad bélica. Sus caciques eran grandes oradores
antes que grandes guerreros y habían logrado poblar gran parte de la llanura
oriental en base a prácticas culturales y organización social que lograron
mantener por 1.600 años. Pero alrededor de 1400, el mapa político comenzó a
cambiar. Huancame, el enviado de los Incas, se asentó en Samaipata y desde allí
dispuso la conquista de las tierras bajas. Luego de largas batallas en las que
los chané salieron derrotados, Huancame bajó hasta las tierras de Grigotá para
ofrecerle una rendición a cambio de hachas de plata, telas y la garantía de
convivencia pacífica. Los incas se establecieron por muy poco tiempo en la zona,
porque, desde el Sur, los guaraníes avanzaban en busca de la Tierra sin mal.
Según las crónicas del padre Alcaya, los guaraníes atacaron el asentamiento de
Grigotá, que tenía a Huancame como huésped. Dieron muerte al enviado del inca
(que en algunas crónicas aparece como una persona, y en otras como toda una
etnia que fue conquistada y anexada por los imperialistas quechuas), e hirieron
a Grigotá, que se refugió con un grupo de guerreros en las riberas del Río
Grande o Guapay.
Los chané fueron tomados como esclavos por los guaraníes y reubicados en las
zonas menos fértiles de Isoso. Desde ese momento, ambas culturas se entrelazaron
hasta el punto que la chané quedó mimetizada con lo que hoy se conoce como
guaraní. La falta de estudio de la etnia derrotada, ha imposibilitado construir
una frontera histórica y material que permita a los actuales habitantes de las
tierras bajas saber quiénes realmente fueron los primeros dueños de la llanura.
Ahora existe una oportunidad de comenzar a trazarla. En la zona de Caranda de la
provincia Ichilo, en noviembre del año pasado, un equipo de arqueólogos y
antropólogos encabezados por Richard Alcázar, acudió a realizar un rescate de
restos humanos y cerámicos descubiertos por trabajadores petroleros. Depositados
en la ladera de una zanja cavada para instalar un gasoducto, el hallazgo
sorprendió al equipo, del que formaban parte los arqueólogos Omar Claure y Ramón
Sanzetenea y el antropólogo Mario Alvarado.
La zona se presenta como una loma artificial cortada en dos por la excavación
realizada en la década del 70 para instalar el ducto. En ese momento, gran parte
del material cerámico y restos humanos debieron ser removidos por la maquinaria,
pero nadie dio parte a las autoridades. En esta ocasión, los trabajadores
paralizaron los trabajos y avisaron a la unidad de arqueología que hasta
diciembre pasado trabajaba en la Prefectura del Departamento. Ésta acudió a la
zona para realizar el rescate y luego para hacer una pequeña excavación. El
resultado de ésta es más que alentador. Según el informe científico técnico
presentado a la Prefectura, se trata de un asentamiento chané de grandes
dimensiones, que pudo haber permanecido en el lugar por siglos. Además de las
vasijas cerámicas, se encontraron hachas de piedra, artefactos para hilar e
instrumentos metálicos hechos en cobre que hacen del sitio una especie de arca a
ser abierta.
Leyes hay, falta aplicarlas
Según el arqueólogo y arquitecto Javier Escalante, el último gran estudio sobre
los chané emprendido por bolivianos se realizó en la década del 60 y no arrojó
muchos más datos de lo que se tenía hasta el momento. El problema radica en los
pocos recursos con los que cuenta la Dirección Nacional de Arqueología y
Antropología (Dinaar), que debe atender más de 3.500 sitios registrados en el
país con tan sólo una decena de profesionales a su disposición. Otro problema
que se evidencia, es que la mayoría de los profesionales está dedicados a
descifrar la cultura andina y existe poco interés por estudiar las etnias de las
tierras bajas.
Si la ley de Participación Popular se aplicara a cabalidad, deberían ser los
municipios y prefecturas los que se encarguen de velar e investigar su
patrimonio. Sin embargo, según comenta Escalante, la única prefectura que tenía
una repartición de Arqueología era la de Santa Cruz.
No obstante, como lo explicó Mariel Palma, directora de Cultura y Turismo de la
Prefectura cruceña, por razones administrativas se contrata a los profesionales
para consultorías. En este momento, Claure y Alvarado se encuentran tramitando
la paga de los trabajos realizados en 2003, a la espera de que se les renueve el
contrato.
El futuro parece aún menos promisorio. Escalante informó que, con la
descentralización de la Dinaar, el gobierno le ha delineado un nuevo perfil, que
le otorga más funciones administrativas que operativas. Esta es una forma de
obligar a las prefecturas y municipios a ejercer mayor control y protagonismo
frente a sus patrimonios materiales. El peligro de la medida estaría en la poca
cantidad de personas formadas que puedan apoyar a las nueve prefecturas y más de
300 municipios en esa labor, y la poca conciencia que se tiene sobre la
importancia de la cultura material que duerme bajo el suelo boliviano.
Pese a las limitaciones, ese equipo de profesionales contratados por la
Prefectura (Claure y Alvarado), apoyados por Alcázar, que estaba destinado a
Samaipata, realizó tres rescates y una excavación durante 2003. La más
fructífera fue la de Caranda.
“Es el sitio más representativo y con gran potencial arqueológico, ya que al ser
una loma artificial, tiene un gran número de contextos, material mucho más
diverso y variado en el acabado, formas y pasta. Desde nuestro punto de vista es
un sitio donde existe una mezcla cultural de filiación Chané, muy relacionado
con los sitios de San Carlos”, escribieron en el informe.
Advierten además que estos datos sólo podrán ser corroborados ampliando los
trabajos de investigación científica en el departamento y creando mapas de
dispersión sobre la base de características del material cultural encontrado en
la zona. Para reforzar la hipótesis y gracias a la colaboración de la
Universidad de Barcelona, restos extraídos de estos sitios serán fechados a
través de la prueba Carbono 14 y los resultados de los mismos serán entregados
en las próximas semanas.
Los sitios de San Carlos a los que hacen referencia fueron registrados por el
investigador aficionado de origen italiano, Moreno Giust. Es un voluntario que
trabaja en la Comunidad Encuentro y que ha dedicado casi una década a rescatar
restos de cultura chané. La relación que hacen con las más de 400 piezas que
Giust ha catalogado, se debe, en parte, a los instrumentos de cobre encontrados
y a la ornamentación excisa de la cerámica. El italiano encontró un pendiente y
una corona de cobre en una sola tumba chané, que además tenía la particularidad
de contar con una vasija funeraria con base elicoidal, poco común en otros
entierros relacionados a los chané.
Basado en su experiencia, Giust cree haber encontrado una posible prueba de los
intercambios entre los chané y los quechuas, pero sus conocimientos sobre
arqueología le impiden seguir investigando. Es por eso la emoción del equipo que
excavó Caranda. La presencia de los instrumentos de cobre, sumada a una especie
de jarrón antropomórfica, catalogado como huaco retrato por su parecido con las
piezas encontradas en el altiplano, alienta y hace urgente a esta investigación.
Por las crónicas de Garcilazo, basadas en los escritos del Padre Alcaya, se sabe
que los enviados de los Incas convivieron y se casaron con los Chané. Lo mismo
hicieron los guaraníes. La diferencia radica en que la etnia que ascendió a los
llanos orientales siguiendo el río Grande, convivió más tiempo y se mimetizó con
los súbditos de Grigotá, algo que hasta ahora no se ha constatado que haya
ocurrido con los quechuas. Como valor agregado, existen cerámicas consideradas
como únicamente chané, lo cual podría permitir establecer una especie de
cronología, siempre y cuando existan los elementos necesarios que permitan
ejecutar una investigación completa y vinculada a otros sitios que ya se tienen
registrados.
Estudios comparativos
Otro de los puntos que alienta a los arqueólogos a señalar a este sitio como el
más propicio para el inicio de las investigaciones, son las otras dos
excavaciones que realizaron el año pasado. En febrero de 2003 un grupo de
trabajadores campesinos dio con dos cuerpos y nueve vasijas en una hacienda
ubicada a cinco kilómetros de Okinawa I. El lugar denominado Las Alturas
prometía, por la concentración de cerámica, ser un gran yacimiento. Sin embargo,
cuando Alcázar, Sanzetenea, Claure y Alvarado acudieron a excavarlo, sólo
encontraron dos entierros más, uno directo y otro con urna. Allí se logró hacer
una estratigrafía completa que verificó la existencia de restos cerámicos entre
los 80 y 140 centímetros de profundidad. Esto los llevó a la conclusión de que
el sitio de Okinawa fue un asentamiento esporádico, de rasgos chané, pero con
influencia guaraní.
La otra excavación realizada por Alcázar y Claure, fue el rescate de un entierro
directo en la zona de San Julián. Allí encontraron un cuerpo casi intacto, de un
individuo que falleció a los 35 años y medía 1,62 metros, que fue enterrado sin
urna funeraria, pero con ajuar. Junto al cuerpo, cubriéndole la cabeza, se
encontró una vasija con pedestal plano y, entre sobre el pecho, otra de forma
globular y con base de trípode. Por la ornamentación también se considera que es
chané, pero con influencia de ornamentación guaraní.
Rolando Marulanda, arqueólogo colombiano que trabajó en Samaipata, aseguraba que
lo más difícil para él era hablar de cerámica guaraní, porque cuando lo hacía no
sabía si era realmente guaraní, o era chané o una simbiosis de ambas. El informe
presentado por los científicos hace siempre énfasis en las comparaciones con la
cultura guaraní, por lo que completamente chané se define como lo que no es
guaraní, como una especie de negación.
Pese a que el informe cita alguna de las investigaciones de Erland Nordenskiöld,
no sigue su ejemplo. El sueco logró, hace un siglo, identificar a los últimos
chané del Parapetí, pese a que sus aldeas se encontraban junto con las de los
guaraníes. Para conseguirlo, Nordenskiöld no sólo tomó como chané lo que no era
guaraní, sino que se dio el trabajo de analizar la lengua de los indígenas y
compararla con la que utilizan los arawak, que es la raíz étnicas de los chané.
Es por eso que el investigador sueco, que vino repetidas veces a Bolivia,
consideró más importante comparar a los chané con las culturas de moxos también
de origen lingüístico y rasgos culturales arawak, que con los guaraníes. Tal
vez, de esa forma, se consiga trazar una frontera cultural más cercana a la que
existían antes de que Grigotá fuera derrotado por quechuas y guaraníes. Tal vez
así, se podría encontrar el primer eslabón que forma la identidad cruceña.
|