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Santa Cruz de la Sierra - Bolivia, Viernes 12, Marzo de 2004

../images/blanco.gifNaciones y gente: sin espacio no hay nada



Agustín Saavedra Weise

Repito una perogrullada que he machacado ya muchas veces: los países no pueden moverse. Están donde están. Lo único que cabe es que sepan dominar su espacio geográfico y no meramente ocuparlo, como aún viene haciéndolo Bolivia, pese a las terribles lecciones de su historia.
Sin ir muy lejos, recordemos la pérdida del espacio de nuestro Litoral marítimo, en manos de Chile desde 1879, quien sí supo dominarlo y explotarlo, para dolor y vergüenza nuestra. En todo caso, conviene recordar aquel adagio geopolítico que dice que los que viven de bienes territoriales mal adquiridos casi siempre son los más susceptibles y ‘sensibles’ a la hora de tocar el tema de su geofagia. Basta observar las desmedidas reacciones de Chile cada vez que Bolivia menciona el problema marítimo en foros internacionales, para comprobar cuán cierto es lo expresado.
Bolivia no ha podido hasta ahora superar las limitaciones de su espacio ni explotar sus ventajas, haciendo así que las dificultades territoriales se vean más difíciles de lo que realmente son. Y esto –expresado y reiterado por este columnista desde hace ya más de 30 años–, permanece válido hoy en 2004. La élite gobernante sigue sin entender la contundente verdad de la relación con el espacio, ciertamente fundamental incluso a nivel individual.
Si queremos dormir, necesitamos espacio, un pedazo de suelo para colocar nuestra cama o colchón. Si se trata de trabajar, necesitamos un espacio para ejercer nuestras actividades. Si queremos sembrar, precisamos tierra disponible para plantar semillas y mover arados. Así sucesivamente, todo es espacio, tanto en la vida de las personas como en la de los grandes conglomerados sociales. Sin espacio no hay nada.
Por supuesto que el espacio puede modificarse; la moderna tecnología proporciona herramientas para transformarlo, pero el espacio –de todas maneras– debe estar “ahí”. Es imposible crecer y desarrollarse sin un espacio disponible para comer, dormir, caminar, producir, etc.
Ya señalé (1995) que en el mundo de Internet existe también una sutil y nueva modalidad geopolítica del ‘cyberespacio’ que valdría la pena explorarla con más detenimiento. En esta oportunidad y resaltando el notable crecimiento del ‘espacio virtual’, me ciño al espacio físico y tangible, a sus componentes esenciales: mares, lagos y ríos; tierras, desiertos, montañas, valles, subsuelo. Todo el globo terráqueo es nuestro espacio primario, el sistema solar el secundario y el universo infinito el terciario, si alguna vez llegamos allí.
Muchos tecnócratas e intelectuales desdeñan a la vieja geopolítica y a las concepciones del espacio, aunque se las den de ‘integracionistas’. Al hacerlo cometen un grave error y demuestran así su falta de visión integral. La geopolítica sigue y seguirá presente en su simple –pero contundente e irrefutable– correlato entre medio ambiente y decisiones políticas. El espacio (y pronto hasta el espacio virtual) es el ámbito natural de la humanidad; quien no lo estudie ni lo conecte con las decisiones de poder, pierde su tiempo y pierde la perspectiva global.
En los grandes escenarios de la política mundial y en los más pequeños de la política interna todas las variables entran en juego; los resultados pueden ser múltiples e inesperados. Lo único constante es el espacio; él se encuentra siempre ahí, listo para ser usado, ocupado, dominado, conquistado o perdido. Sin espacio no hay vida personal, nacional ni internacional; no hay margen posible de maniobra ni actividad de cualquier naturaleza. Sin espacio nada se puede hacer.

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