Naciones y gente:
sin espacio no hay nada
Agustín Saavedra Weise
Repito una perogrullada que he machacado ya muchas veces: los países no
pueden moverse. Están donde están. Lo único que cabe es que sepan dominar su
espacio geográfico y no meramente ocuparlo, como aún viene haciéndolo Bolivia,
pese a las terribles lecciones de su historia.
Sin ir muy lejos, recordemos la pérdida del espacio de nuestro Litoral marítimo,
en manos de Chile desde 1879, quien sí supo dominarlo y explotarlo, para dolor y
vergüenza nuestra. En todo caso, conviene recordar aquel adagio geopolítico que
dice que los que viven de bienes territoriales mal adquiridos casi siempre son
los más susceptibles y ‘sensibles’ a la hora de tocar el tema de su geofagia.
Basta observar las desmedidas reacciones de Chile cada vez que Bolivia menciona
el problema marítimo en foros internacionales, para comprobar cuán cierto es lo
expresado.
Bolivia no ha podido hasta ahora superar las limitaciones de su espacio ni
explotar sus ventajas, haciendo así que las dificultades territoriales se vean
más difíciles de lo que realmente son. Y esto –expresado y reiterado por este
columnista desde hace ya más de 30 años–, permanece válido hoy en 2004. La élite
gobernante sigue sin entender la contundente verdad de la relación con el
espacio, ciertamente fundamental incluso a nivel individual.
Si queremos dormir, necesitamos espacio, un pedazo de suelo para colocar nuestra
cama o colchón. Si se trata de trabajar, necesitamos un espacio para ejercer
nuestras actividades. Si queremos sembrar, precisamos tierra disponible para
plantar semillas y mover arados. Así sucesivamente, todo es espacio, tanto en la
vida de las personas como en la de los grandes conglomerados sociales. Sin
espacio no hay nada.
Por supuesto que el espacio puede modificarse; la moderna tecnología proporciona
herramientas para transformarlo, pero el espacio –de todas maneras– debe estar
“ahí”. Es imposible crecer y desarrollarse sin un espacio disponible para comer,
dormir, caminar, producir, etc.
Ya señalé (1995) que en el mundo de Internet existe también una sutil y nueva
modalidad geopolítica del ‘cyberespacio’ que valdría la pena explorarla con más
detenimiento. En esta oportunidad y resaltando el notable crecimiento del
‘espacio virtual’, me ciño al espacio físico y tangible, a sus componentes
esenciales: mares, lagos y ríos; tierras, desiertos, montañas, valles, subsuelo.
Todo el globo terráqueo es nuestro espacio primario, el sistema solar el
secundario y el universo infinito el terciario, si alguna vez llegamos allí.
Muchos tecnócratas e intelectuales desdeñan a la vieja geopolítica y a las
concepciones del espacio, aunque se las den de ‘integracionistas’. Al hacerlo
cometen un grave error y demuestran así su falta de visión integral. La
geopolítica sigue y seguirá presente en su simple –pero contundente e
irrefutable– correlato entre medio ambiente y decisiones políticas. El espacio
(y pronto hasta el espacio virtual) es el ámbito natural de la humanidad; quien
no lo estudie ni lo conecte con las decisiones de poder, pierde su tiempo y
pierde la perspectiva global.
En los grandes escenarios de la política mundial y en los más pequeños de la
política interna todas las variables entran en juego; los resultados pueden ser
múltiples e inesperados. Lo único constante es el espacio; él se encuentra
siempre ahí, listo para ser usado, ocupado, dominado, conquistado o perdido. Sin
espacio no hay vida personal, nacional ni internacional; no hay margen posible
de maniobra ni actividad de cualquier naturaleza. Sin espacio nada se puede
hacer.
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