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EDITORIAL

Santa Cruz de la Sierra - Bolivia, Viernes 12, Marzo de 2004  

>>    Hospitalarios sí, pero no indolentes

Una especie de mandato o más bien de recordatorio puntual y permanente, nos legó nuestro inolvidable vate Rómulo Gómez con aquello de “es ley del cruceño la hospitalidad”. A conciencia sabemos que no se trata de una figura lírica, que no constituye un “slogan” propagandístico. Realmente, para el cruceño, la hospitalidad es una ley de vida, de la que es imposible apartarse.
No es por nada que este jirón oriental del territorio nacional, tantos años preterido y víctima de un injusto y ominoso olvido, hoy está transformado en el grande crisol en que se funde el nuevo hombre boliviano. Han convergido, en nuestra Santa Cruz de la Sierra, hombres y mujeres de todos los distritos del país y no pocos, asimismo, del exterior, del otro lado de nuestras fronteras.
Y seguros de que nunca podremos ser desmentidos y ni siquiera cuestionados, afirmamos que todos los que llegaron hasta aquí sintieron los benéficos efectos de la hospitalidad. Para nadie hubo un mal modo, un ánimo prevenido, un rechazo, una discriminación. La recepción siempre fue llena de calidez para todos los que se avecindaron con la determinación firme y permanente de compartir nuestra suerte y nuestros destinos.
Imposible negar, bajo argumento alguno, la hospitalidad cruceña. “Pasa, que un placer nos das, es ley del cruceño la hospitalidad,” remarcaba en sus tiempos el poeta Gómez. Y esa forma cristiana de sentir al prójimo no ha cambiado y estamos persuadidos de que no cambiará nunca.
Pero ser hospitalarios no conduce a deslizarse por la pendiente de la indolencia. La indolencia, en lugar de constituir una virtud, constituye una flaqueza censurable, algo de lo que hay que sacudirse a tiempo, antes de que termine sepultando a cada individuo. La indolencia es el raro defecto que lleva a no sentir dolor frente a lo malo o a los males que se dan en nuestro derredor.
Y tenemos que mezclar la hospitalidad con la indolencia porque a título de hospitalarios, no cabe duda alguna que aquí en nuestra propia casa, se nos hace víctimas de las más diversas y alevosas formas de avasallamiento. Que nuestra hospitalidad nos lleva a abrir los brazos a todos los que golpean nuestras puertas, es bueno sin duda. Pero pecamos de manera grave por indolencia cuando con los mismos brazos abiertos acogemos a los que llegan con el insano propósito de destruir, de faltarnos al respeto, de no guardar las consideraciones que se le deben a la ciudad y a su gente. De éstos, hay muchos, lamentablemente, y se renuevan y aumentan con preocupante regularidad.
Sigamos haciendo de la hospitalidad una ley de vida según nuestros mandatos viejos. Pero discriminemos y pongamos al margen de aquel sentimiento a los tantos que llegan regularmente con el ánimo de escarnecernos espiritual y hasta materialmente.

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