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| EDITORIAL |
Santa Cruz de la Sierra - Bolivia, Jueves 11, Marzo de 2004
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Las calles copadas |
Contamos con una población que seguramente ha superado el millón y medio de
almas. Y salta a la vista, a causa del intenso movimiento humano, que el
crecimiento demográfico está muy lejos aún de tocar a su término. Difícil, si no
imposible, predecir hasta cuándo crecerá la mancha urbana, el índice poblacional
en esta capital del oriente boliviano en la que tantos tienen clavados noche y
día sus ojos plenos de esperanzas.
Siendo ya tan densa nuestra población y todavía en proceso imparable de
crecimiento, no sorprende que nuestras calles estén copadas por la gente. No
sorprende, asimismo que esta abrumadora saturación se dé en avenidas, parques y
plazas, en fin, dentro y fuera de nuestro casco viejo urbano y más allá de los
que, a estas alturas, ya son los incontables anillos de circunvalación de la
ciudad.
Por supuesto que es imposible impedir que la gente se desplace porque a todos
los estantes y habitantes, cualesquiera sea su origen o su procedencia les
asiste el derecho a salir a buscarle a la vida. En este orden de cosas no
tenemos y, naturalmente, no cabe objeción alguna.
Sin embargo, complica más el problema de la congestión urbana ese régimen
caótico de asentamientos callejeros que han adoptado y ejercitan a su libre
albedrío los vendedores ambulantes. Es por ahí por donde empieza a generarse el
quebradero de cabeza insoportable que todos sentimos cuando nos vemos atrapados
en medio del tráfico peatonal o del vehicular.
Comerciantes callejeros, vendedores de toda clase de objetos, desde comestibles
hasta electrodomésticos. Vendedores que se instalan donde mejor les acomoda y a
los que les importa un bledo las elementales y nunca ejercitadas normas de aseo,
higiene y ornato. Desde luego que con la implícita complicidad de las
autoridades competentes, ciegas, sordas, mudas, insensibles.
Contra ese comercio callejero tan incontrolable, tan reacio frente a normas
elementales, sí que se puede emplazar operativos en procura del orden y del
respeto que la ciudad y su gente nos merecemos. Contra ese comercio que se
instala bajo un árbol o en el banco o en las graderías de los edificios públicos
y privados, caben sin lugar a dudas, medidas enérgicas. Reviste crueldad
inaceptable tener copadas nuestras vías públicas, condenados todos a vivir
propiamente como en medio de un mercado persa o de una feria de gitanos.
La forma como cunde el caos es sistemática. Basta que alguien se asiente en la
esquina con una venta de fritangas, para que a su lado empiece a instalarse otra
de bebidas refrescantes y tras ésta, diez, cien o veinte más. La cadena se hace
larga, interminable y en parte todos somos responsables porque hemos perdido
nuestra capacidad de reacción o de protesta. Nos preocupa, hasta dónde podemos
llegar. |
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