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| EDITORIAL |
Santa Cruz de la Sierra - Bolivia, Domingo 07, Marzo de 2004
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Derroche y lucro |
Muchas veces hemos roto lanzas contra los derrochadores, especialmente contra
aquellos que se dan gusto a costa del tesoro público que sustenta de manera
directa o indirecta, todo el pueblo de Bolivia. Así no estuviésemos tan
severamente amenazados por la crisis, así fuésemos un país en situación de
bonanza, el derroche nunca será conveniente. Pero es innegable que estamos a
merced de la pobreza y en tales circunstancias, el derroche no sólo que no es
conveniente, sino que constituye un delito, así no esté contemplado en nuestro
ordenamiento jurídico o en la gran cantidad de normas que por ahí tenemos
sueltas y caóticamente desperdigadas.
Con frecuencia somos sorprendidos por noticias oficiales en sentido de que se
practicarán, en razón de la crisis económica, recortes en el gasto público. Y la
tijera podadora de los que se lanzan al recorte arremete contra los presupuestos
de por sí exiguos, de algunos servicios básicos. El trabajo de poda continúa con
gente que es echada a la calle sin misericordia, con ventanillas de atención al
público que se cierran, con supresión de pequeños beneficios, incluyendo hasta
los refrigerios de media o de fin de jornada.
Entre tanto el derroche, el puro derroche que se manifiesta en fiestas, en
agasajos, en celebraciones, en viajes de burócratas para asistir a certámenes de
los que nunca se obtiene beneficio alguno, al menos a corto plazo, no se
controla y, peor aún, no se interrumpe. Por poner término al derroche tendría
que empezar la reducción del gasto público. Esto es innegable. Innegable es,
asimismo, y hay que remarcarlo, que es el pueblo, que somos todos los ciudadanos
los que pagamos el pato del derroche, de manera directa o bien indirectamente.
El afán de lucro afecta de igual manera a la economía popular. En el afán de
lucro está implicada mucha gente nuestra y también que viene de fuera y que
monta empresas, organizaciones, certámenes, concursos, fiestas con el sólo afán
de ganar plata, sin dejar nada a cambio, sin contribuir para crear una
conciencia sana, para educar, para mejorar nuestra siempre deficitaria calidad
de vida, para sembrar nociones sobre deberes y responsabilidades.
Estamos arrastrados por una poderosa y fastuosa corriente de frivolidades. Los
espectáculos, los certámenes, los concursos copan todas las agendas de
compromisos y ya son parte de una estridente vida social, de la cual, el que no
participa, es considerado lisa y llanamente como un resentido o peor todavía,
como un inadaptado. Las frivolidades son, y ya empieza a sentírsela, una cuña
incluso en la vida familiar. La tranquilidad hogareña pierde terreno entre
nuestras preferencias. La corriente de la frivolidad nos tiene punto menos que
atrapados.
Nos queda apenas tiempo para sacudirnos de las banalidades. No lo
desaprovechemos. |
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