J osé Esteban Comiro fue uno de los últimos
grandes mburuvichas (capitanes) del Alto y Bajo Isoso, región de Santa Cruz
que acogió a parte de los indomables guaraníes provenientes de Brasil.
“Cuando nosotros nos muramos, todo se va a acabar. Los jóvenes van a querer
ser estudiantes, choferes, mecánicos... acuérdense”, solía decir
proféticamente José Esteban, guiado por la sabiduría de sus antepasados.
Doce años después de su muerte, ocurrida el 28 de febrero de 1992, su
profecía se ha cumplido.
Rancho Nuevo (Yarumbairu), la comunidad que fundó en 1963 “huyendo de un
hacendado abusivo”, está olvidando progresivamente sus tradiciones. Rancho
Nuevo forma parte de Isoso, territorio organizado como una capitanía en la
que viven alrededor de 10.000 guaraníes en 27 comunidades. El 26 y 27 de
febrero se celebró en este lugar el arete guasu, literalmente la fiesta
grande de los guaraníes, acontecimiento que con el paso de los años se ha
hecho coincidir aproximadamente con el carnaval occidental. Esta
celebración, que no tiene un límite de días y que se realiza cuando la
cosecha es generosa, ha sido durante siglos un verdadero despliegue de
chicha y alegría, en el que la comunidad se reúne y se reencuentra con los
espíritus de sus antepasados. Al contrario del carnaval occidental, el arete
no representa una época determinada, sino un sentimiento que permanece
durante todo el año. Es parte del ñade reco (forma de ser) del guaraní, que
se fundamenta en la alegría, la generosidad, el equilibrio con la
naturaleza. Desde tiempos inmemoriales, las fiestas han servido a los
guaraníes para referencias históricas. El investigador Erland Nordenskiöld,
que visitó la zona hace un siglo, anota en su libro La vida de los indios,
que los habitantes del Isoso siempre comienzan sus relatos con la frase
“Hace mucho tiempo hubo una gran fiesta”. Así de importante son las
celebraciones para la vida de los indígenas, ya que no sólo estaban
relacionadas a su simbiosis con el ambiente, sino también a su calidad de
vida.
Sin embargo, la presencia de religiones foráneas ha influido en forma
decisiva en las costumbres de los isoseños. La chicha, una de las
principales formas de socialización de los guaraníes, no es vista con agrado
por parte de los predicadores evangélicos. “Ellos han cambiado todo. Aquí
más de la mitad de la gente es evangelista. Hay jóvenes que no quieren
probar ni un traguito de chicha. Las chicas no saben cómo se baila, las que
saben son las vejanconas”, cuenta don Luis García, una figura muy importante
de la comunidad. Nordenskiöld ya había notado este cambio hace un siglo. Los
indígenas que vivían en las reducciones franciscanas habían cambiado la
chicha por el aguardiente, escapando de sus costumbres y convirtiéndose en
personas violentas y más expuestas al servilismo hacia los patrones de la
zona.
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| La fiesta del arete congrega a toda la
comunidad. Sin embargo, son pocos los que participan activamente de ella |
Don Luis es un ñe iya (dueño de la palabra), es decir el encargado de
transmitir la historia y la tradición oral de su pueblo. Imposibilitado para
ser mburuvicha por su origen mestizo -su padre era de Paurito y su madre,
guaraní-, ha sido la mano derecha de todos los dirigentes de Rancho Nuevo y
uno de los más férreos defensores de las viejas costumbres. Todos los
miembros de la comunidad le llaman ‘tío’ o ‘hermano’.
A sus 71 años, convertido en una de las personas más sabias, respetadas y
ancianas de su comunidad -en la que la gente alcanza a duras penas los 60
años-, don Luis se enorgullece de no dejarse convencer ni por católicos ni
por evangelistas. “Si me invitan un trago, lo bebo con todo gusto”, afirma.
Don Luis ha visto debilitarse a varias de las figuras del arete guasu.
Por ejemplo, la del arete iya (dueño de la fiesta), el personaje que dirige
el arete y que tiene potestad para nombrar a los bailarines y comandar las
danzas. Este año no se designó a aquel personaje en Rancho Nuevo.
Pero éste fue sólo el inicio de las ausencias. La dramatización del toro y
el abuelo tampoco se llevó a cabo. Según relata Ángel Yandura, presidente de
la Academia de Historia y Lengua Guaraní, el toro representa a los invasores
españoles, mientras que el abuelo encarna la esencia del guaraní y lleva
puesta una máscara sencilla, hecha de madera de toco-toco. Ambas figuras son
representadas por miembros de la comunidad. El toro llega acompañado por los
ñagua nao, los afroamericanos que arribaron con los españoles. El toro y el
abuelo comienzan a luchar, pero el duelo termina sin vencedores ni vencidos
en señal de tolerancia.
El yagua (jaguar) es otra de las figuras que caracteriza a los guaraníes, y
es sinónimo de fuerza, inocencia, pureza de alma e ingenuidad. Porque el
guaraní, a pesar de su espíritu aguerrido, siempre fue engañado por la
astucia del carai (el extranjero, el que no habla guaraní).
Durante el arete también aparecen los cuchi o chanchos, personas
totalmente cubiertas de barro que persiguen a los presentes, especialmente a
las mujeres, y los ensucian.
El aña (espíritu y también diablo), lleva una máscara fabricada con plumas
de garza y sucha, y pintada con vivos colores. El aña es el que rodea a los
bailarines del arete y representa el contacto con los espíritus. Para otras
comunidades guaraníes, el aña es el diablo que sale a divertirse.
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| Caja, bombo y pinguyo son los
instrumentos de la fiesta. |
En Rancho Nuevo, el fabricante de máscaras es Miguel Segundo, de 49 años.
Su oficio es requerido en la localidad de Charagua y en Santa Cruz de la
Sierra, donde vende vistosas máscaras de aña a Bs 25. Al contrario, este año
nadie le encargó una máscara en Rancho Nuevo, pese a que él no cobra a sus
coterráneos. “El que quiere, me trae una cosita, pero es a su voluntad”,
indica con una sonrisa tímida.
De todos los personajes del arete, se pudo constatar que en Rancho Nuevo
sólo conservan a los aña. Tres de ellos aparecieron entrada la noche con
unas espectaculares máscaras, y comenzaron a introducirse en medio de los
bailarines, que danzaban en pareja, abrazados. Corría la chicha y los
músicos estaban casi en estado de trance: dos de ellos tocaban cajitas o
angua rai, un tercero la tambora o angua guasu, y el último interpretaba el
mimbi pucu, un instrumento que originalmente está compuesto por tacuara y un
cuerno de vaca, pero que esta vez habían construido con una manguera y una
botella plástica en el extremo. Al día siguiente también se incorporó un
intérprete de pinguyo, una especie de flauta con seis perforaciones y una
lengüeta.
El violín que calló
Una de las pérdidas más significativas que ha sufrido la cultura de los
guaraníes de Isoso es la desaparición del violín en la fiesta de Pascua, que
era muy corriente. En Rancho Nuevo existía un reconocido fabricante,
Mbaruaye, que murió sin que nadie tomase su lugar. Hoy en día ya casi no se
encuentran violinistas en Isoso para acompañar el canto del Jandiruyay
(Aleluya), que decía así: “Santísima Tinidad, así ma Pacua, Areruya
(Santísima Trinidad, así es la Pascua, Aleluya)”. Otro fabricante de
violines de Capeatindi también falleció hace poco sin tener seguidores en su
labor.
Yolanda Cabrera, investigadora, lamenta la información. Ella ya había
evidenciado esta situación. Hace cinco años visitó una comunidad de Alto
Isoso y descubrió con beneplácito que las tradiciones se habían mantenido.
Sin embargo, retornó a la misma comundidad hace dos años y vio cómo se había
destruido. “Ya no había la capa que utilizaban para bailar el arete. La
cantidad de bailarines se había reducido considerablemente y utilizaban
zapatos deportivos”, explicó.
En Rancho Nuevo, pese a que la escolarización es bilingüe (y sólo llega a
octavo de primaria), se pudo comprobar que se enseña poco de las tradiciones
isoseñas. Por ejemplo, en el acto cívico que precedió al arete, los alumnos
danzaron tinkus, coplas y todo tipo de ritmos extranjeros, excepto los de su
propia cultura. A este respecto, Yandura expresa que la introducción de la
escuela ha contribuido a la alienación y a prolongar la dependencia de los
guaraníes. “Antes comíamos el cupesí (algarrobo), la pitajaya; ahora el
joven no quiere comer esto, sólo arroz. Antes, los chicos de siete años ya
podían ir a trabajar al chaco, a cazar pajaritos, a traer leña. Ahora le
pides a un niño que traiga agua y te dice que no, porque tiene que hacer
tarea. Estamos ampliando la dependencia de este niño hasta los 18 ó 19 años.
Si no se mejora esto, vamos a tener una generación muy despistada, sin
futuro ni visión”, lamenta, al tiempo que reconoce que la única manera de
fortalecer la cultura es a través de una currícula escolar más adecuada.
Álvaro Puente, experto en Reforma Educativa, lamenta que parte de la ley se
haya quedado sólo en la teoría. Considera que el problema se solucionaría
formando profesores de la zona, bilingües y conocedores de su cultura, algo
que aún no se ha logrado. Sin embargo alerta que la escuela no es el único
medio de aculturación, sino que los medios de comunicación contribuyen a
este fenómeno. “Tristemente no se ha preparado a gente, la reforma se ha
quedado en el mundo de los sueños. Por otra parte, ni la educación, ni los
medios de comunicación, ni nadie puede conservar escondidas del mundo a
estas culturas. Los seres humanos se interrelacionan y se enriquecen con
otras culturas. La escuela debe fortalecer y educar sobre la cultura de la
zona, pero no encerrarse sólo en ella, porque también se la estaría
dañando”, señaló Puente.
El poder de los chamanes
Don Luis también acusó la pérdida de las costumbres al permanente
desplazamiento de los lugareños, que trabajan durante seis meses en la zafra
en Montero, Minero o La Bélgica. “Mucho les agrada ese trabajo de la zafra,
que es tan feo”, comentó. No obstante, no quedan muchas opciones para los
isoseños, cuya agricultura es de autoconsumo debido, en parte, al mal estado
de los caminos. Pero no hay que olvidar que la acumulación de riquezas no es
parte de la cultura del guaraní; trabajan para vivir, no viven para
trabajar. Sólo toman de la naturaleza lo que necesitan, el resto lo dejan al
cuidado del iya (dueño).
Es más, los guaraníes están seguros que los iyas los castigarán si actúan
con ambición y arrancan a la naturaleza más de lo debido. “Me acuerdo de un
hombre que se llamaba Juan Boira, que cazó más de 100 taitetuses. A los
pocos días se perdió con sus perros en el monte, y nunca lo volvimos a
encontrar”, relata don Luis. Asimismo, los iyas exigen ofrendas: no se puede
cazar, pescar o ingresar a una región desconocida sin dedicarle un rezo al
iya y ofrecerle cigarrillos, alcohol o coca. De lo contrario, el iya se
aparece en los sueños y atormenta al desconsiderado.
Los personajes que controlan los poderes sobrenaturales dentro de la
comunidad son el mbaecuá y el ipaye. El primero es el hechicero malvado, que
provoca las enfermedades, y el segundo es el brujo o chamán encargado de
curar los males. En Rancho Viejo el ipaye es Pedro Carrillo, un anciano
guaraní de Argentina al que la comunidad le profesa una fe absoluta. Incluso
el mburuvicha de Rancho Nuevo, Gabriel Ayala, que paradójicamente es también
pastor evangelista, cree en sus poderes.
“El ipaye sabe quién es brujo con sólo mirarlo”, asegura don Luis. “A mi
hijo me lo embrujaron una vez, hace unos 15 años, cuando trabajábamos en el
proyecto Abapó-Isoso. El ipaye le sacó un gusano del cuerpo y dijo: ‘Con
ésta ya van dos curas que hago de ese brujo. Ya está bueno, me tiene
acobardado’. Así que prendió fuego y echó al bicho y a una cebolla. A
medianoche escuchamos que se había muerto un viejito que vivía cerca de mi
casa. El ipaye me dijo que ése era el brujo. Él lo mató. Yo le pedí: ¿Por
qué no hacés esto con todos los brujos? Pero él me dijo que Dios lo iba a
castigar”.
Según don Luis García, los poderes curativos del ipaye de Rancho Nuevo han
sido solicitados también por militares carai, que han querido pagar con
grandes sumas sus servicios, cosa que el ipaye se ha negado a recibir. “El
50 por ciento de la gente de este lugar es bruja”, dice don Luis, mirando
con desconfianza a los jóvenes que pasan.
Su ñande reco
Una característica que se ha mantenido inalterable a través del tiempo y a
pesar de todas las influencias externas es la extraordinaria generosidad del
guaraní. El invitado es agasajado constantemente por el anfitrión, no
obstante su pobreza. “La carne es para el amigo”, dicen ellos, y la comida y
la bebida abundan.
Las madres isoseñas no son muy estrictas con sus hijos; rara vez les gritan
o los castigan, y menos aún llegan a pegarles. Es común que el marido vaya a
vivir con su mujer a la casa de sus suegros. De igual forma, es usual que
los mburuvichas tengan más de una mujer.
Los isoseños son muy cuidadosos con su higiene: aunque carecen de duchas, se
bañan varias veces al día y mantienen sus sencillas casas de piso de tierra
en orden y limpieza. Cuando el calor agobia -en esta época puede alcanzar
los 40 grados- sacan sus hamacas y duermen a la intemperie, aprovechando la
ausencia de insectos de la temporada.
El guaraní tiene derecho a usar un terreno para construir su casa e instalar
su chaco, pero si decide irse a vivir a otra región pierde automáticamente
el derecho sobre aquel terreno. Este sistema es denominado Tierra
Comunitaria de Origen (TCO), y el de Isoso constituye el más grande de
Bolivia.
Para el guaraní, el mundo no tiene principio ni fin, por lo que su concepto
sobre el tiempo es bastante amplio: no existe un interés especial en definir
fechas o marcar horarios. Dios (Tumpa) le ha regalado al guaraní el tesoro
del Tecove, la vida. Cuando muere, su äa (alma) se va al Candire, la famosa
Tierra sin Mal, donde no existe la enfermedad, el hambre o la guerra. El äa
puede visitar a los vivos durante el arete, conversar con ellos e incluso
darles la mano. En cambio, el aña es una especie de espíritu difuso que no
se ve, que se manifiesta a través de ráfagas de viento, ruidos o la
sensación de presencia. Por ejemplo, si una mujer fallecida fue tejedora
durante toda su vida, puede que otras tejedoras ‘sientan’ su presencia
mientras están trabajando.
Un proyecto cuestionado
Una contradicción preocupa e irrita a muchos isoseños: mientras que el
proyecto Transierra, que construyó un gasoducto hacia Brasil, ha reportado
miles de dólares para los guaraníes, la mayoría de ellos continúa viviendo
en la pobreza. El administrador de estos recursos es el mburuvicha guasu
(capitán grande) Bonifacio Barrientos. “Maneja la gran plata, y la plata es
traicionera. El gasoducto no ha sido un beneficio para nosotros, sino para
los mburuvichas. Ellos tienen sus lindas camionetas, vagonetas y cuentas
corrientes en Santa Cruz, pero no se apiadan de nosotros, no nos dan un
centavo”, reclama don Luis.
A este respecto, Ángel Yandura admite que la demanda es justa, pero que
muchos isoseños no conocen el proyecto de Boni Chico. “Él no ha querido
repartir plata, sino crear condiciones para alcanzar la productividad.Su
plan ha sido asegurar primero nuestro espacio. Por ejemplo, la ley boliviana
reclama que éste es mucho territorio para tan poca gente. Boni tuvo que
hacer convenios con biólogos y ecologistas internacionales para estudiar a
los sapos, a las petas, a los tigres, y así justificar la tenencia del
territorio. La gente no entiende y se pregunta por qué están gastando en
estudiar a las petas, en vez de invertir en pequeños programas productivos
familiares. Pero es cierto, hay urgencia de implementar estos programas”,
dice.
Asimismo, indicó que Isoso tiene la mejor infraestructura escolar de Bolivia
y ha introducido la educación bilingüe, gracias a la cual se consiguió la
Reforma Educativa en Bolivia.
Mientras Boni Chico emprende un ambicioso proyecto ganadero que pretende
surtir de leche a la infancia isoseña, las nuevas generaciones abrazan cada
vez más la cultura occidental. No obstante, aún queda en la mayoría de la
gente la esperanza de construir un mundo sin pobreza, enfermedad ni guerras,
una Tierra sin Mal.