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Santa Cruz de la Sierra - Bolivia, Sábado 06, Marzo de 2004

Contrastes. El arete de Rancho Nuevo sólo contó con tres máscaras. No hubo el rito del toro y del jaguar. Los jóvenes prefieren otras culturas a la suya. La televisión y la escuela están acabando con la tradición

 

Una tradición que cede al tiempo
Arete Guasu


Rancho Nuevo es el pueblo más grande de la Capitanía de Alto y Bajo Isoso. Allí, el arete guasu marcaba la vida de los guaraníes. Ahora, otras culturas y costumbres se han impuesto, opacando la tradición originaria. Se ha perdido la tradición de los violines y se han modificado los instrumentos nativos


Liliana Colanzi

J osé Esteban Comiro fue uno de los últimos grandes mburuvichas (capitanes) del Alto y Bajo Isoso, región de Santa Cruz que acogió a parte de los indomables guaraníes provenientes de Brasil. “Cuando nosotros nos muramos, todo se va a acabar. Los jóvenes van a querer ser estudiantes, choferes, mecánicos... acuérdense”, solía decir proféticamente José Esteban, guiado por la sabiduría de sus antepasados. Doce años después de su muerte, ocurrida el 28 de febrero de 1992, su profecía se ha cumplido.

Rancho Nuevo (Yarumbairu), la comunidad que fundó en 1963 “huyendo de un hacendado abusivo”, está olvidando progresivamente sus tradiciones. Rancho Nuevo forma parte de Isoso, territorio organizado como una capitanía en la que viven alrededor de 10.000 guaraníes en 27 comunidades. El 26 y 27 de febrero se celebró en este lugar el arete guasu, literalmente la fiesta grande de los guaraníes, acontecimiento que con el paso de los años se ha hecho coincidir aproximadamente con el carnaval occidental. Esta celebración, que no tiene un límite de días y que se realiza cuando la cosecha es generosa, ha sido durante siglos un verdadero despliegue de chicha y alegría, en el que la comunidad se reúne y se reencuentra con los espíritus de sus antepasados. Al contrario del carnaval occidental, el arete no representa una época determinada, sino un sentimiento que permanece durante todo el año. Es parte del ñade reco (forma de ser) del guaraní, que se fundamenta en la alegría, la generosidad, el equilibrio con la naturaleza. Desde tiempos inmemoriales, las fiestas han servido a los guaraníes para referencias históricas. El investigador Erland Nordenskiöld, que visitó la zona hace un siglo, anota en su libro La vida de los indios, que los habitantes del Isoso siempre comienzan sus relatos con la frase “Hace mucho tiempo hubo una gran fiesta”. Así de importante son las celebraciones para la vida de los indígenas, ya que no sólo estaban relacionadas a su simbiosis con el ambiente, sino también a su calidad de vida.

Sin embargo, la presencia de religiones foráneas ha influido en forma decisiva en las costumbres de los isoseños. La chicha, una de las principales formas de socialización de los guaraníes, no es vista con agrado por parte de los predicadores evangélicos. “Ellos han cambiado todo. Aquí más de la mitad de la gente es evangelista. Hay jóvenes que no quieren probar ni un traguito de chicha. Las chicas no saben cómo se baila, las que saben son las vejanconas”, cuenta don Luis García, una figura muy importante de la comunidad. Nordenskiöld ya había notado este cambio hace un siglo. Los indígenas que vivían en las reducciones franciscanas habían cambiado la chicha por el aguardiente, escapando de sus costumbres y convirtiéndose en personas violentas y más expuestas al servilismo hacia los patrones de la zona.

La fiesta del arete congrega a toda la comunidad. Sin embargo, son pocos los que participan activamente de ella

Don Luis es un ñe iya (dueño de la palabra), es decir el encargado de transmitir la historia y la tradición oral de su pueblo. Imposibilitado para ser mburuvicha por su origen mestizo -su padre era de Paurito y su madre, guaraní-, ha sido la mano derecha de todos los dirigentes de Rancho Nuevo y uno de los más férreos defensores de las viejas costumbres. Todos los miembros de la comunidad le llaman ‘tío’ o ‘hermano’.
A sus 71 años, convertido en una de las personas más sabias, respetadas y ancianas de su comunidad -en la que la gente alcanza a duras penas los 60 años-, don Luis se enorgullece de no dejarse convencer ni por católicos ni por evangelistas. “Si me invitan un trago, lo bebo con todo gusto”, afirma.

Don Luis ha visto debilitarse a varias de las figuras del arete guasu. Por ejemplo, la del arete iya (dueño de la fiesta), el personaje que dirige el arete y que tiene potestad para nombrar a los bailarines y comandar las danzas. Este año no se designó a aquel personaje en Rancho Nuevo.
Pero éste fue sólo el inicio de las ausencias. La dramatización del toro y el abuelo tampoco se llevó a cabo. Según relata Ángel Yandura, presidente de la Academia de Historia y Lengua Guaraní, el toro representa a los invasores españoles, mientras que el abuelo encarna la esencia del guaraní y lleva puesta una máscara sencilla, hecha de madera de toco-toco. Ambas figuras son representadas por miembros de la comunidad. El toro llega acompañado por los ñagua nao, los afroamericanos que arribaron con los españoles. El toro y el abuelo comienzan a luchar, pero el duelo termina sin vencedores ni vencidos en señal de tolerancia.
El yagua (jaguar) es otra de las figuras que caracteriza a los guaraníes, y es sinónimo de fuerza, inocencia, pureza de alma e ingenuidad. Porque el guaraní, a pesar de su espíritu aguerrido, siempre fue engañado por la astucia del carai (el extranjero, el que no habla guaraní).

Durante el arete también aparecen los cuchi o chanchos, personas totalmente cubiertas de barro que persiguen a los presentes, especialmente a las mujeres, y los ensucian.
El aña (espíritu y también diablo), lleva una máscara fabricada con plumas de garza y sucha, y pintada con vivos colores. El aña es el que rodea a los bailarines del arete y representa el contacto con los espíritus. Para otras comunidades guaraníes, el aña es el diablo que sale a divertirse.

Caja, bombo y pinguyo son los instrumentos de la fiesta.

En Rancho Nuevo, el fabricante de máscaras es Miguel Segundo, de 49 años. Su oficio es requerido en la localidad de Charagua y en Santa Cruz de la Sierra, donde vende vistosas máscaras de aña a Bs 25. Al contrario, este año nadie le encargó una máscara en Rancho Nuevo, pese a que él no cobra a sus coterráneos. “El que quiere, me trae una cosita, pero es a su voluntad”, indica con una sonrisa tímida.
De todos los personajes del arete, se pudo constatar que en Rancho Nuevo sólo conservan a los aña. Tres de ellos aparecieron entrada la noche con unas espectaculares máscaras, y comenzaron a introducirse en medio de los bailarines, que danzaban en pareja, abrazados. Corría la chicha y los músicos estaban casi en estado de trance: dos de ellos tocaban cajitas o angua rai, un tercero la tambora o angua guasu, y el último interpretaba el mimbi pucu, un instrumento que originalmente está compuesto por tacuara y un cuerno de vaca, pero que esta vez habían construido con una manguera y una botella plástica en el extremo. Al día siguiente también se incorporó un intérprete de pinguyo, una especie de flauta con seis perforaciones y una lengüeta.

El violín que calló
Una de las pérdidas más significativas que ha sufrido la cultura de los guaraníes de Isoso es la desaparición del violín en la fiesta de Pascua, que era muy corriente. En Rancho Nuevo existía un reconocido fabricante, Mbaruaye, que murió sin que nadie tomase su lugar. Hoy en día ya casi no se encuentran violinistas en Isoso para acompañar el canto del Jandiruyay (Aleluya), que decía así: “Santísima Tinidad, así ma Pacua, Areruya (Santísima Trinidad, así es la Pascua, Aleluya)”. Otro fabricante de violines de Capeatindi también falleció hace poco sin tener seguidores en su labor.
Yolanda Cabrera, investigadora, lamenta la información. Ella ya había evidenciado esta situación. Hace cinco años visitó una comunidad de Alto Isoso y descubrió con beneplácito que las tradiciones se habían mantenido. Sin embargo, retornó a la misma comundidad hace dos años y vio cómo se había destruido. “Ya no había la capa que utilizaban para bailar el arete. La cantidad de bailarines se había reducido considerablemente y utilizaban zapatos deportivos”, explicó.
En Rancho Nuevo, pese a que la escolarización es bilingüe (y sólo llega a octavo de primaria), se pudo comprobar que se enseña poco de las tradiciones isoseñas. Por ejemplo, en el acto cívico que precedió al arete, los alumnos danzaron tinkus, coplas y todo tipo de ritmos extranjeros, excepto los de su propia cultura. A este respecto, Yandura expresa que la introducción de la escuela ha contribuido a la alienación y a prolongar la dependencia de los guaraníes. “Antes comíamos el cupesí (algarrobo), la pitajaya; ahora el joven no quiere comer esto, sólo arroz. Antes, los chicos de siete años ya podían ir a trabajar al chaco, a cazar pajaritos, a traer leña. Ahora le pides a un niño que traiga agua y te dice que no, porque tiene que hacer tarea. Estamos ampliando la dependencia de este niño hasta los 18 ó 19 años. Si no se mejora esto, vamos a tener una generación muy despistada, sin futuro ni visión”, lamenta, al tiempo que reconoce que la única manera de fortalecer la cultura es a través de una currícula escolar más adecuada.
Álvaro Puente, experto en Reforma Educativa, lamenta que parte de la ley se haya quedado sólo en la teoría. Considera que el problema se solucionaría formando profesores de la zona, bilingües y conocedores de su cultura, algo que aún no se ha logrado. Sin embargo alerta que la escuela no es el único medio de aculturación, sino que los medios de comunicación contribuyen a este fenómeno. “Tristemente no se ha preparado a gente, la reforma se ha quedado en el mundo de los sueños. Por otra parte, ni la educación, ni los medios de comunicación, ni nadie puede conservar escondidas del mundo a estas culturas. Los seres humanos se interrelacionan y se enriquecen con otras culturas. La escuela debe fortalecer y educar sobre la cultura de la zona, pero no encerrarse sólo en ella, porque también se la estaría dañando”, señaló Puente.
El poder de los chamanes
Don Luis también acusó la pérdida de las costumbres al permanente desplazamiento de los lugareños, que trabajan durante seis meses en la zafra en Montero, Minero o La Bélgica. “Mucho les agrada ese trabajo de la zafra, que es tan feo”, comentó. No obstante, no quedan muchas opciones para los isoseños, cuya agricultura es de autoconsumo debido, en parte, al mal estado de los caminos. Pero no hay que olvidar que la acumulación de riquezas no es parte de la cultura del guaraní; trabajan para vivir, no viven para trabajar. Sólo toman de la naturaleza lo que necesitan, el resto lo dejan al cuidado del iya (dueño).
Es más, los guaraníes están seguros que los iyas los castigarán si actúan con ambición y arrancan a la naturaleza más de lo debido. “Me acuerdo de un hombre que se llamaba Juan Boira, que cazó más de 100 taitetuses. A los pocos días se perdió con sus perros en el monte, y nunca lo volvimos a encontrar”, relata don Luis. Asimismo, los iyas exigen ofrendas: no se puede cazar, pescar o ingresar a una región desconocida sin dedicarle un rezo al iya y ofrecerle cigarrillos, alcohol o coca. De lo contrario, el iya se aparece en los sueños y atormenta al desconsiderado.
Los personajes que controlan los poderes sobrenaturales dentro de la comunidad son el mbaecuá y el ipaye. El primero es el hechicero malvado, que provoca las enfermedades, y el segundo es el brujo o chamán encargado de curar los males. En Rancho Viejo el ipaye es Pedro Carrillo, un anciano guaraní de Argentina al que la comunidad le profesa una fe absoluta. Incluso el mburuvicha de Rancho Nuevo, Gabriel Ayala, que paradójicamente es también pastor evangelista, cree en sus poderes.
“El ipaye sabe quién es brujo con sólo mirarlo”, asegura don Luis. “A mi hijo me lo embrujaron una vez, hace unos 15 años, cuando trabajábamos en el proyecto Abapó-Isoso. El ipaye le sacó un gusano del cuerpo y dijo: ‘Con ésta ya van dos curas que hago de ese brujo. Ya está bueno, me tiene acobardado’. Así que prendió fuego y echó al bicho y a una cebolla. A medianoche escuchamos que se había muerto un viejito que vivía cerca de mi casa. El ipaye me dijo que ése era el brujo. Él lo mató. Yo le pedí: ¿Por qué no hacés esto con todos los brujos? Pero él me dijo que Dios lo iba a castigar”.
Según don Luis García, los poderes curativos del ipaye de Rancho Nuevo han sido solicitados también por militares carai, que han querido pagar con grandes sumas sus servicios, cosa que el ipaye se ha negado a recibir. “El 50 por ciento de la gente de este lugar es bruja”, dice don Luis, mirando con desconfianza a los jóvenes que pasan.

Su ñande reco
Una característica que se ha mantenido inalterable a través del tiempo y a pesar de todas las influencias externas es la extraordinaria generosidad del guaraní. El invitado es agasajado constantemente por el anfitrión, no obstante su pobreza. “La carne es para el amigo”, dicen ellos, y la comida y la bebida abundan.
Las madres isoseñas no son muy estrictas con sus hijos; rara vez les gritan o los castigan, y menos aún llegan a pegarles. Es común que el marido vaya a vivir con su mujer a la casa de sus suegros. De igual forma, es usual que los mburuvichas tengan más de una mujer.
Los isoseños son muy cuidadosos con su higiene: aunque carecen de duchas, se bañan varias veces al día y mantienen sus sencillas casas de piso de tierra en orden y limpieza. Cuando el calor agobia -en esta época puede alcanzar los 40 grados- sacan sus hamacas y duermen a la intemperie, aprovechando la ausencia de insectos de la temporada.
El guaraní tiene derecho a usar un terreno para construir su casa e instalar su chaco, pero si decide irse a vivir a otra región pierde automáticamente el derecho sobre aquel terreno. Este sistema es denominado Tierra Comunitaria de Origen (TCO), y el de Isoso constituye el más grande de Bolivia.
Para el guaraní, el mundo no tiene principio ni fin, por lo que su concepto sobre el tiempo es bastante amplio: no existe un interés especial en definir fechas o marcar horarios. Dios (Tumpa) le ha regalado al guaraní el tesoro del Tecove, la vida. Cuando muere, su äa (alma) se va al Candire, la famosa Tierra sin Mal, donde no existe la enfermedad, el hambre o la guerra. El äa puede visitar a los vivos durante el arete, conversar con ellos e incluso darles la mano. En cambio, el aña es una especie de espíritu difuso que no se ve, que se manifiesta a través de ráfagas de viento, ruidos o la sensación de presencia. Por ejemplo, si una mujer fallecida fue tejedora durante toda su vida, puede que otras tejedoras ‘sientan’ su presencia mientras están trabajando.

Un proyecto cuestionado
Una contradicción preocupa e irrita a muchos isoseños: mientras que el proyecto Transierra, que construyó un gasoducto hacia Brasil, ha reportado miles de dólares para los guaraníes, la mayoría de ellos continúa viviendo en la pobreza. El administrador de estos recursos es el mburuvicha guasu (capitán grande) Bonifacio Barrientos. “Maneja la gran plata, y la plata es traicionera. El gasoducto no ha sido un beneficio para nosotros, sino para los mburuvichas. Ellos tienen sus lindas camionetas, vagonetas y cuentas corrientes en Santa Cruz, pero no se apiadan de nosotros, no nos dan un centavo”, reclama don Luis.
A este respecto, Ángel Yandura admite que la demanda es justa, pero que muchos isoseños no conocen el proyecto de Boni Chico. “Él no ha querido repartir plata, sino crear condiciones para alcanzar la productividad.Su plan ha sido asegurar primero nuestro espacio. Por ejemplo, la ley boliviana reclama que éste es mucho territorio para tan poca gente. Boni tuvo que hacer convenios con biólogos y ecologistas internacionales para estudiar a los sapos, a las petas, a los tigres, y así justificar la tenencia del territorio. La gente no entiende y se pregunta por qué están gastando en estudiar a las petas, en vez de invertir en pequeños programas productivos familiares. Pero es cierto, hay urgencia de implementar estos programas”, dice.
Asimismo, indicó que Isoso tiene la mejor infraestructura escolar de Bolivia y ha introducido la educación bilingüe, gracias a la cual se consiguió la Reforma Educativa en Bolivia.
Mientras Boni Chico emprende un ambicioso proyecto ganadero que pretende surtir de leche a la infancia isoseña, las nuevas generaciones abrazan cada vez más la cultura occidental. No obstante, aún queda en la mayoría de la gente la esperanza de construir un mundo sin pobreza, enfermedad ni guerras, una Tierra sin Mal.

 

 

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