|







|
 |
|
| EDITORIAL |
Santa Cruz de la Sierra - Bolivia, Miércoles 03, Marzo de 2004
|
| >>
El capital humano |
Para ser un país extenso, que en realidad lo es el nuestro pese a las
canallescas desmembraciones de que ha sido objeto durante su accidentada vida
republicana, nuestro capital humano es pequeño, realmente pequeño.
Inflando algo las cifras, tal vez llegamos a los diez millones de habitantes.
Quizás las estadísticas correspondientes a las clases sociales en Bolivia no han
cambiado gran cosa en los últimos años. Siendo así, tenemos que dar por hecho
que la mayoría de nuestra población está constituida por indígenas.
Pero en el propósito de abordar el tema del capital humano, para nada cuenta el
hecho de que seamos más o seamos menos ni de que los indígenas sean mayoría y el
saldo mestizos. De dilucidaciones al respecto nos ocuparemos en cualquiera otra
ocasión.
Lo que nos preocupa en las presentes circunstancias es, efectivamente, nuestro
capital humano, pero de manera específica, como factor de aprovechamiento. Somos
del criterio, basado en apreciaciones realmente objetivas, de que nuestro
capital humano cualificado, idóneo, honrado, responsable y con cabal sentido del
patriotismo, no es muy grande que se diga. Y no siendo tan grande, es crucial la
falta de estímulo, de oportunidades, la subalternización de que se lo hace
objeto, la manera irresponsable con que se lo desaprovecha una y otra vez.
En todo tiempo en Bolivia, incluyendo el actual, más que un título de idoneidad,
un diploma de profesional, un certificado de antecedentes intachables, vale un
documento que acredite militancia política afín con la de aquellos que detentan
los más altos mandos de la república. El hombre de la barricada, el que de las
orejas arrastra a sectores o a grupos en manifestaciones con ajazos y cebollazos
o en audaces aventuras desestabilizadoras, es mucho más importante que el médico
mejor formado, que el ingeniero, que el arquitecto, que aquel, en fin, que se
quemó las cejas estudiando, ganando experiencia, preparándose adecuadamente en
las duras pero buenas escuelas de la vida. Sabemos, con frecuencia, de médicos
por ejemplo, con títulos legítimos, que están trabajando de taxistas, o bien de
administradores de primer nivel que desempeñan funciones subalternas,
dependientes de caciques y caciquillos sin sesos, pero que al toque de un
silbato pueden movilizar a un gremio completo para corear un ‘viva’ o un
‘muera’.
Si viven en el exterior varios millones de bolivianos, muchos de ellos
profesionales de muy elevada cualificación, es simple y llanamente porque no han
tenido su oportunidad en el seno de la patria. Es porque se los ha querido
subordinar al hombre de la barricada callejera, al que no tiene escrúpulos a la
hora de hacer estallar un petardo o provocar un derramamiento de sangre. Desaprovechamos
pues lo mejor que tenemos y es así como nos va.
|
|
|