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EDITORIAL

Santa Cruz de la Sierra - Bolivia, Martes 02, Marzo de 2004  

>>    El buen aspecto de la ciudad

Aunque las pasadas fiestas carnavaleras no dejaron, como otros años, convertida nuestra ciudad en un muladar y las paredes pintarrajeadas con leyendas de toda clase, muchas a cual más groseras, hubo que lamentar demostraciones de barbarie sobre todo en algunos edificios públicos. No se ha podido encontrar la fórmula para impedir el salvajismo, puesto que las advertencias de las autoridades respectivas y las sanciones establecidas en las disposiciones referidas a la “fiesta grande de los cruceños”, una vez más quedaron en el papel y no pasaron de las buenas intenciones.
Abundan pues esas expresiones de incultura -para ser más benignos en el calificativo-, que se suman a otras iguales o peores que, en lugar de ser borradas definitivamente, permanecen en el tiempo dándole un mal aspecto a esta capital del oriente boliviano y una pobre impresión a nuestros visitantes. Pero no es todo, el asunto se agrava porque a los muros, horcones, puertas y ventanas llenos de torpes escrituras y trazos, de dibujos tan obscenos como grotescos, hay que añadir la incurable manía que tenemos de tirar a la vía pública envolturas de cigarrillos, de golosinas y de otros artículos comestibles, envases desechables que contenían lo que acabamos de ingerir, cáscaras y residuos de frutas y desperdicios en general.
Con ser mucho, hay más: asimismo los corredores, las calzadas, los parques y plazas, y principalmente los mercados y sus alrededores, están copados por vendedores ambulantes de infinidad de objetos y por personas de pésimos hábitos, que no tienen el mínimo reparo en arrojar basuras al piso, en improvisar una cantina para beber, en convertir en su vivienda los espacios de uso público -con todo lo que esto conlleva-, en obstaculizar el paso de peatones y de vehículos motorizados, sin pensar ni remotamente en respetar a la ciudad y a la gente que vive en ella y que espera contar con los elementos que le permitan desarrollar sus actividades normalmente.
Llevamos a tal punto lo que viene a ser insensibilidad, que ni siquiera nos interesa saber que esos espacios públicos los estamos convirtiendo en potenciales focos de infección de enfermedades que el rato menos pensado nos pueden afectar fatalmente. Súmese el caprichoso y caótico tráfico de motorizados -en el cual el transporte público es francamente insoportable-, el trabajo ineficiente de la recolección de la basura, el poco o ningún mantenimiento que hace la alcaldía a los canales de desagüe -repletos de inmundicias y malezas-, a las calzadas -llenas de baches y desniveles-, al ornato -donde las áreas verdes que es lo principal están como dejadas de la mano de Dios-, y completaremos un cuadro punto menos que dantesco de Santa Cruz de la Sierra.
No podemos continuar viviendo en estas condiciones porque no corresponden a las costumbres de nuestros antepasados y porque no son propias de un pueblo que se precia de civilizado. Debemos, de una buena vez, sacudirnos de nuestra indiferencia -que tampoco condice con los antecedentes del cruceño de hasta unos decenios atrás-, y las autoridades respectivas, principalmente de la municipalidad, tienen que poner manos a la obra en el importantísimo tema del ornato, del orden y del aseo de la ciudad. Por una cuestión de respeto a nosotros mismos, para que esa hospitalidad del cruceño no se contradiga con hábitos cavernarios, para que nuestros visitantes vean, además de pujanza, capacidad de trabajo y espíritu de superación, buenas costumbres, medio ambiente y naturaleza acogedores y mejor ornamentación. Finalmente, para preservar nuestra salud tan a merced de cualquier epidemia originada por tantas porquerías que están tiradas en los espacios públicos.

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