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| EDITORIAL |
Santa Cruz de la Sierra - Bolivia, Jueves 26, Febrero de 2004
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Una permanente sospecha |
Suspicaces en grado extremo, aunque no sin muchas razones, vivimos en estado
de permanente sospecha. Estamos hechos para desconfiar, para recelar de los
buenos propósitos, de las buenas intenciones, de las personas, tanto en el orden
privado, y mucho más, naturalmente, en el público, al que sin remedio tenemos
descalificado.
Se adjudica, en el orden público, la ejecución de una obra por un monto
significativo de dinero. Y antes de ponernos a pensar en si la obra es de real
utilidad, a investigar sobre los buenos frutos que puede producir en beneficio
de las comunidades, nos adelantamos a pensar en que tras la adjudicación existe
un negociado turbio.
Cuánto habrá pagado por bajo cuerda la empresa, la institución o el feliz mortal
que asume el rol jugoso de adjudicatario. Quiénes, desde los gobernantes,
pasando por los directores y jefes, se beneficiarán con la mordida. Y sobre el
particular empiezan a barajarse cifras de dinero a veces fabulosas que,
supuestamente, cada cual de los participantes de la adjudicación se embolsa.
Tenemos tantos que se han enriquecido de la noche a la mañana, (es una de
nuestras habituales formas de pensar), como adjudicaciones de obras se han hecho
con los recursos del Estado. Y con seguridad que más todavía, (seguimos
elucubrando con malevolencia incorregible), puesto que en el acto de
adjudicación no se complica normalmente una sola persona del entorno del poder,
sino dos y hasta más, según la tajada en juego.
El mismo recelo, las mismas sospechas nos atrapan tratándose de adjudicación de
servicios. Cuánto pagó o piensa pagar bajo cuerda el adjudicatario y a cuántos.
Y en este campo de la adjudicación de servicios la situación es más compleja
todavía porque nuestra mentalidad se orienta hacia el establecimiento de
afinidades familiares, políticas o sociales o de cualesquiera otra índole, entre
el que adjudica y el que se adjudica el servicio. Y por si esto fuese poco,
implícitamente asignamos una complicidad entre la autoridad que contrata
servicios y el contratado. Capaces somos de jurar por todos los símbolos de
nuestras devociones, que entre el uno y el otro se establece la complicidad para
seguir medrando, para guardarse las espaldas y hasta para salir de francachelas
con mujeres, buenos tragos y bebidas.
Pero claro, no siempre nos equivocamos, no siempre nuestras dudas son injustas,
carecen de sentido, están inspiradas en la innata maldad o en los intereses
creados. No sería exagerado afirmar que muchas veces nuestras sospechas se
confirman de manera absoluta. De ahí por qué nuestro hábito de pensar siempre
mal en torno de los negocios que le cuestan mucho dinero al tesoro público.
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