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| EDITORIAL |
Santa Cruz de la Sierra - Bolivia, Lunes 16, Febrero de 2004
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La larga lucha contra la pobreza |
Cada cierto tiempo tienen lugar en el país foros, simposios, diálogos y otras
reuniones -a veces con rótulos más solemnes que ajustados a la realidad-, con el
propósito de buscar las fórmulas de disminuir la pobreza que se abate sobre el
pueblo boliviano. Como en aquella oportunidad, allá por el año 2000, cuando
empezó la condonación de la deuda externa por un importe superior a los 1.300
millones de dólares, aunque los billetes verdes no los colocarían de inmediato
uno sobre otro en una mesa, sino que se verían en quince años (unos 86 millones
anuales) y provendrían del mismo Tesoro General de la Nación que, en lugar de
girarlos a los acreedores de allende las fronteras, los pondría a disposición de
organismos con el fin ya mencionado de combatir la pobreza.
Desde luego que ni los 1.300 millones de dólares serían suficientes para
resolver tan grave asunto y un solo dato lo confirma: según el Instituto
Nacional de Estadísticas el 71 por ciento de la población boliviana vive con una
suma inferior a dos dólares al día (en promedio, porque la realidad indica que
millares de personas no disponen ni de un peso en 24 horas). Menos entonces lo
serían los 86 millones anuales, pero se convertirían en el punto de partida para
trabajar en procura del gran objetivo de que nuestros connacionales vivan sin
hambre y con dignidad.
Obviamente del resto tiene que hacerse cargo el Estado y la misma ciudadanía,
buscando los mecanismos que conduzcan a explotar los recursos que posee Bolivia,
varios de ellos en abundancia, como el gas, la minería, la riqueza forestal, las
posibilidades que ofrece la actividad agropecuaria, el turismo, incluso la
electricidad y la petroquímica. Sin duda que haciendo las cosas racionalmente,
con honradez y sacrificio, con creatividad y constancia, surgirá el trabajo que
es sinónimo de prosperidad, tal cual lo tienen demostrado los países del llamado
primer mundo y que muchas veces no poseen ni la décima parte de nuestro
territorio y menos los dones que nos prodigó la diosa naturaleza.
Es entonces en el empeño por salir del atraso y la miseria, por recuperar el
tiempo tan dolorosamente perdido en luchas fratricidas y estériles, que no
podemos seguir dándonos el lujo de dilapidar más oportunidades. Bolivia, en
efecto, no supo aprovechar en su momento la riqueza de Mutún, uno de los
yacimientos de hierro más grandes del mundo, y la minería, las piedras preciosas
y un largo etcétera se fueron por caminos a cual más errados: para contribuir a
la “democracia occidental” (miles de millones de dólares regalados en el estaño
estratégico), para llenar los bolsillos de plata con la explotación y
contrabando de oro -el dorado metal que se lo encontraba casi a flor de tierra y
hasta en las orillas de los ríos-, procediéndose de esta misma manera con otra
riqueza incalculable, la forestal.
Ahora, como está dicho, disponemos del gas, de lo que es capaz de rendir la
agropecuaria, de lo que puede dejar el turismo, rubros que generarían ingentes
recursos tan pronto se ponga sobre ellos los cinco sentidos para un
aprovechamiento equitativo y racional. Todo ello, lo reiteramos, sin sumar otras
perspectivas ciertas en materia forestal, en electricidad y petroquímica, para
no extendernos en el recuento.
Estamos pues en condiciones de luchar contra la pobreza, el estigma con el cual
Bolivia nació a la vida independiente y que casi dos siglos después nos continúa
marcando. Se nos ha condonado una suma importante de la deuda externa y se nos
coopera en otros campos, el saldo debe correr por nuestra cuenta: ya es tiempo
de que nos despojemos de las rémoras que nos detienen y de que pongamos lo que
tenemos para encarar tal desafío. Podemos vencer y sin duda que todos saldremos
beneficiados, fundamentalmente esta patria tan digna de mejor destino. |
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