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| EDITORIAL |
Santa Cruz de la Sierra - Bolivia, Viernes 13, Febrero de 2004
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El peligroso ejercicio de las presiones |
A duras penas hemos salido, más o menos indemnes, de dos días de presiones,
esta vez ejercitadas por sectores del autotransporte en casi todas las ciudades
del país, y bajo argumentos que no convencen del todo a los gruesos sectores de
la población.
Pero al margen de si justa o injusta la medida del autotransporte nacional, es
necesario abrir juicio sobre los efectos de las presiones que, por regla
general, se vuelcan contra el gobierno de turno.
Gran cosa no significa el hecho de que un gremio, un sindicato, un comité, una
agrupación cualesquiera sea, opten por activar las presiones a través de las
huelgas, las marchas, las crucifixiones o algunas de las tantas formas que los
bolivianos tenemos patentadas con esa nuestra calenturienta y tan fecunda
mentalidad. Puede, incluso, que tales medidas de presión sean muy justas, que
respondan a demandas legítimas y que no tengan otro propósito que el de sacudir
la indiferencia, la insensibilidad, la negligencia de los poderes del Estado.
Mas es imposible, desde todo punto de vista, impedir que en las tales medidas de
presión se mezclen activistas de filiaciones extremas, aventureros, agitadores
profesionales e incluso terroristas que sí persiguen finalidades verdaderamente
inconfesables.
Las páginas de nuestra poco edificante historia nacional están llenas de hechos
muy ilustrativos en cuanto a los alcances de este breve comentario editorial.
Huelgas y manifestaciones en apariencia intrascendentes han culminado, no
precisamente con la atención y la satisfacción de las demandas, sino con
terribles convulsiones sociales o políticas, muchas de las cuales desembocaron
incluso en cambios de gobiernos, no sin antes cobrarse una espantosa cuota de
sangre, dolor y luto.
Los agentes siniestros de la violencia, de la confrontación, de la destrucción
fratricida pululan a lo largo y a lo ancho de nuestro territorio. Están a la
expectativa para aprovechar de cualquier forma de presión y desencadenar, si no
radicales cambios políticos, por lo menos hechos vandálicos como asaltos a la
propiedad privada, a la integridad de las personas o destrozos de los bienes
públicos. Imposible prever la presencia de los agentes de la violencia, de los
interesados en subvertir y destrozar el orden público. Y cuando se los detecta,
ya es demasiado tarde. El país todo, amén de las agrupaciones que alientan las
presiones, han sufrido un daño tan grande que les resultará costoso y penoso
reponerse. Arma de manejar con extremo cuidado es ésta de las presiones,
sensiblemente tan frecuentes en Bolivia. |
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