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Santa Cruz de la Sierra - Bolivia, Miércoles 11, Febrero de 2004

../images/blanco.gifPrograma con ‘toque rectal’



Gustavo Maldonado Medina

Son economistas y proctólogos, pues ‘nos meten el dedo al culo’. Parece que la economía, que es la ciencia social más avanzada matemáticamente, es la ciencia social y humana más atrasada. Ello tiene que ver con que frecuentemente se abstrae de las condiciones históricas, sociales, políticas, que son inseparables de las actividades económicas. Obediente al cálculo, ella ignora lo que no es ni calculable ni medible, como la vida, el hambre, el sufrimiento, el bien y el mal. Su sola medida de satisfacción es el crecimiento (de la producción, de la productividad, de los ingresos monetarios). Cuando esta economía toma el comando de la política, la hegemonía de lo cuantitativo ignora las cualidades de la existencia, de la solidaridad, de la equidad, de las riquezas humanas que no son calculables ni monetarizables.
Nuestros economistas dedicados a la política egresaron de universidades nacionales o extranjeras con buenas notas y luego absorbieron más conocimientos en importantes posgrados. Sin embargo, en cuanto tuvieron una sartén ministerial por el mango y debieron hacer frente a problemas de insuficiencia fiscal, aplicaron los recursos más chapuceros para salir del paso: recortaron haberes de la clase trabajadora, a sabiendas de que es la más indefensa; cercenaron los presupuestos que enaltecen la condición humana, los de educación y salud; usurparon con la desdolarización el ahorro, una propiedad privada; auspiciaron, en fin, la privatización y capitalización de las empresas estatales, y así promovieron la vorágine del desempleo.
La errática fauna de economistas políticos tiene razones de sobra para justificar su versatilidad: por un lado, la ciencia económica es un atolladero de teorías contrapuestas; por otro, rara vez sus conspicuos profesantes han mirado a los ojos a un chico pobre y hambriento. Estos economistas tienden a aferrarse a sus propuestas para identificarse políticamente; no invitan al examen crítico de sus intervenciones en la economía y evitan si es posible el ensayo y el error que descubre la verdad independientemente de nuestras expectativas. No es de extrañar, entonces, que en las discusiones entre ellos, la irracionalidad ocupe el espacio que abandona la racionalidad.
Los economistas dedicados a la política dominan el arte de sembrar confusión y siempre encuentran excusas para virar del blanco al negro, de la desdolarización a la capitalización, y para despachar paquetes de ajustes como el Programa Económico de Carlos Mesa, bajo la promesa blasfema de que imponen a la ciudadanía un último sacrificio. La experiencia advierte de que los sacrificios son recurrentes desde 1982 y se suceden a cada relevo de un Presidente de la República. Se diría que estos licenciados y doctores hacen todo lo posible por demostrar que la ciencia económica es la más imperfecta de las ciencias. Pero la economía política es una técnica social que busca resultados que beneficien a la sociedad conjugando el saber y la tecnología de las ciencias económicas y sociales con la realidad y la política.

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