Defensor
del LectorLuis Ramiro Beltrán
defensorgrupolider@eldeber.com.bo
¿Información o
publicidad?
En la correspondencia con el Grupo de Prensa
Líder, atrasada por las vacaciones de fin de año, hay una carta dirigida a
mí por la señora Iracema Tórrez Souza, de Santa Cruz. Como, por principio,
considero que toda carta reclamatoria debe ser publicada y, preferentemente,
comentada, doy paso aquí a esa rezagada misiva que se refiere a un asunto
importante. Dicha lectora dice sobre una reciente publicación del diario
cruceño EL DEBER lo que sigue:
“En la edición del sábado 8 de noviembre de 2003, en la Sección
Internacional/Economía, el periódico publica tres páginas bajo el título
VERANO (ediciones especiales) en las cuales hay artículos de interés general
con respecto a qué hacer con los niños y jóvenes en las vacaciones. Hasta
aquí todo bien; lo que desde mi punto de vista me parece estar reñido con la
ética profesional es que el periódico aproveche este tipo de noticias para
vender publicidad relacionada a las notas. Creo que, cuando un medio de
prensa, con el interés de generar mayores ingresos económicos, cae en lo que
comúnmente se llama “publinota” es mal visto por la sociedad. ¿Cómo puedo yo
separar en esas noticias lo comercial de lo periodístico? Creo que debe
haber una línea que separe lo que es la misión y el lucro porque, en el
fondo, el verdadero patrón del medio es el público ... ¿No le parece?”
Hallo que la señora Torrez Souza tiene razón, en general, cuando estima que
no es ético que los periódicos mezclen indebidamente lo que es información
(gratuita) con lo que es publicidad (pagada), así como cuando – en
consecuencia – espera de ellos que distingan claramente lo uno de lo otro
para no confundir a sus lectores. En particular, sin embargo, luego de haber
analizado el caso en cuestión con personeros de EL DEBER, no hallo que este
diario haya incurrido en aquella mezcla indebida, pero sí pienso que puede
no haber logrado aún evitar plenamente el riesgo de confusión
EL DEBER entiende por “edición especial” un suplemento monotemático sobre
algún asunto de actualidad que justifique un tratamiento más amplio que el
que resulta posible en el régimen noticioso corriente. Como esto representa
un costo adicional de producción, prepara una “pauta informativa” o plan de
edición y la pone en conocimiento de anunciantes que, si hallan el tema a
tratarse relacionado con su actividad, pueden poner avisos en dicho
suplemento pagando la tarifa correspondiente. Y, por otra parte, pueden
proporcionar al diario datos sobre esa actividad que pudieran ser brevemente
incluidos sin costo en el suplemento como un servicio de orientación al
público. Pero ello no les da la posibilidad de influir en la conducta de
dicho periódico. Debido a ciertas consideraciones técnicas, corresponde
anotar, los suplementos de “edición especial” van insertos en las secciones
corrientes de EL DEBER, no van como “separata”, o sea, pliego aparte o
cuerpo desglosado, que es lo habitual.
El reciente suplemento especial sobre el tema de recreaciones veraniegas
para niños y jóvenes a que se refiere la señora Torrez Souza contiene tres
tipos de material: crónicas, avisos y notículas. La conjunción de crónicas y
avisos es normal y legítima en EL DEBER como en cualquier otro órgano de
prensa. En cambio, es poco usual el tercer componente de dicha edición: las
notículas, textos muy breves que, agrupados en secciones por tipo de
recreación, consignan en esencia los datos entregados al diario por los
anunciantes como información. EL DEBER no hace cobro alguno a los
anunciantes por esas notículas; lo hace exclusivamente en cuanto a sus
avisos claramente comerciales. Pero ocurre que las notículas consignan datos
de ofertas recreativas especificando precio, lo que pudiera hacerlas algo
parecidas a los llamados “avisos económicos”. Por otra parte, sucede que la
tipografía en que esas notículas se presentan no es muy distinta a la de las
crónicas, por lo menos para el lector común que no sabe de diseños ni de
tamaños de tipos de imprenta. Esto parece ser lo que causó confusión a la
señora Torrez y la llevó a pensar que tales notículas eran “publinotas”,
avisos disfrazados de noticias. Pero, tal como me lo recalcaron sus
personeros, EL DEBER no incurre en semejante engaño al público, no acepta
publicidad camuflada de información, no da paso a ninguna clase de “publinotas”.
Y, por tanto, no es de los que anteponen el afán de lucro a la ética
periodística y a la responsabilidad social. En efecto, su conducta en este
sentido está normada por su Declaración de Principios mediante este
enunciado:
“El lector tiene prioridad sobre cualquier otro interés, incluido el de los
anunciantes. La publicidad, al ser parte del conjunto de informaciones que
los diarios brindan a sus lectores, debe recibir tratamiento análogo al
noticioso, especialmente en lo referente a la veracidad. El material
publicitario no debe asemejarse al noticioso de manera que pueda confundir
al lector. Los Departamentos de Redacción y de Publicidad son autónomos y no
tienen entre sí ninguna relación de subordinación”.
Confío en que doña Iracema Tórrez Souza – que hizo su crítica en uso de su
derecho a la información - dará fe a la sinceridad del compromiso de EL
DEBER para con sus lectores y para consigo mismo y admitirá la validez de
las explicaciones aquí consignadas respecto de sus observaciones.
Y confío en que, a su vez, EL DEBER habrá de esmerarse aún más por
asegurarse de que todos sus lectores cuenten con indicaciones muy claras
para distinguir sin dificultad o vacilación lo que él presenta como
información de lo que acepta como publicidad. Ya ha procurado EL DEBER
lograr dicha distinción por medio de recursos gráficos que caractericen a
sus “ediciones especiales” como diferentes de las ediciones corrientes que
las contienen. En éstas no usa fondos o cintillos ni de color ni en blanco y
negro, en tanto que en las especiales sí emplea “tramas” de colores fuertes,
no poco notorios como los pasteles son. También se vale del “folio”
(indicación en el borde superior de cada página de la edición especial) en
color fuerte y sin fondo de “trama” leve. Y, por último, los tipos que usa
para su ediciones corrientes no los usa para las especiales. Este esfuerzo
es plausible, pero no pareciera ser suficiente para lograr la nítida y plena
diferenciación por los lectores. Por tanto, algunas medidas adicionales
lucen deseables y posibles. Que las ediciones especiales se publiquen
necesariamente como “separatas”, no como inserciones en la edición
corriente. Que, además de mantener los distintivos ya establecidos, se
agregue a cada edición especial, en sitio destacado y en letras grandes, la
advertencia expresa e inequívoca que el lector necesita para no caer en
confusión. Y que se considere la posibilidad de que, en vez de que las
notículas aparezcan como unidades independientes de las crónicas, sean
tomadas en cuenta en algunas de ellas para dar sucintamente información
general sobre la oferta de servicios, como en este caso, pero adoptando la
precaución de excluir datos tarifarios que pueden acercarlas a lo
publicitario.
Conocedor como soy de la rectitud de mis colegas de EL DEBER, no dudo de que
sabrán precautelar y acrecentar con procedimientos como esos el prestigio y
la credibilidad del mismo.
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