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Santa Cruz de la Sierra - Bolivia, Sábado 24, Enero de 2004

Técnica. La tentación de San Antonio (1946), fue una de sus primeras obras de la etapa Mística nuclear. Comenzó a realizar temas religiosos

La conquista de lo irracional
Surreality show


Ayer se cumplieron 15 años de la muerte de Salvador Dalí, el surrealista que dominó el siglo XX. Dueño de una personalidad única, se rebeló contra toda autoridad que trató de atarlo y sólo se mantuvo fiel a sí mismo. 2004 es el año de su centenario


Pablo Ortiz

Salvador Dalí fue un traidor integral, un eterno aprendiz de brujo que nació 500 años después de lo debido. Su vida fue una colección de excesos y excentricidades que hubiesen sido catalogadas como normales en el Renacimiento, pero en los albores del siglo XX, marcado por la decadencia del positivismo, la presión del existencialismo y la barbarie de las dos guerras mundiales, Dalí fue tomado como un loco increíblemente talentoso que no hacía más que confirmar la hipótesis de sus juzgadores cada vez que salía a desmentir su locura.

Dos cosas lo marcaron al nacer (11 de mayo de 1904): Figueres, su pueblo natal, y su nombre, Salvador. Por un lado, Salvador Felipe Jacinto Dalí era un catalán hijo de un notario tan contradictorio como sólo lo puede ser un hombre nacido en esa región mediterránea. El padre del genio era un notario tradicionalista por fuera, pero por dentro era un librepensador ateo que albergaba la esperanza de algún día ver a su Cataluña como un estado independiente. Sin embargo, junto a Felipa Domenech, su esposa, se encargó de marcar a fuego la salud mental de su hijo al ‘bautizarlo’ como Salvador, el mismo nombre de su hermano, que había fallecido nueve meses y diez días antes de su nacimiento. Esto causaría en el pintor una eterna sensación de que era un sustituto de algo muy querido por sus padres. Sin embargo, esta sensación fue aprovechada de múltiples formas por el pintor. La primera fue tomar control completo de su casa, dominar y subyugar a sus padres a través de continuos berrinches y torturas emocionales. A los seis años, podía y recorría toda la casa a placer. A esa edad pintó su primer cuadro y consiguió que habilitasen el cuarto de lavado de la residencia como atelier. Allí pasaba los veranos, sumergido en una bañera pintando hasta el cansancio. El único lugar que le estaba vedado era la cocina. Dalí se escurría entre las piernas de su abuela, su madre, su tía, la niñera y las incontables mujeres que trabajaban en la residencia, para esconderse detrás de una puerta y deleitarse con lo olores del aceite hirviendo, el sudor salíneo de las cocineras y el rojo profundo de la sangre que se escurría de la carne que cocinaban. Cuando era descubierto, Dalí robaba algo de comer y volvía de inmediato a su atelier, a seguir pintando.

Excéntrico. Dalí gozaba al rodearse de mujeres pulposas desnudas. Ya fuese en París, Londres o Nueva York, siempre encontraba voluntarias

Figueres no sólo influenció en el artista a nivel estético, si no también intelectual. Como buen catalán, Dalí era un materialista en todos los sentidos de la palabra (los buenos y los no tanto). Hasta antes del fin de la Segunda Guerra Mundial sólo creía en lo que podía constatar a través de sus sentidos y era decididamente ateo e iconoclasta, además de nacionalista catalán.
El paisaje de este pueblo del Mediterráneo es, tal vez, la única constante en su obra. No importaba si el cuadro hubiese sido creado en Madrid, París o Estados Unidos, las rocas antropomorfas de Cadaqués y de la bahía de Port Lligat servían como marco a sus creaciones.

A diferencia de Picasso, que tuvo como primer profesor de pintura a su padre -y por lo tanto un camino más fácil para enfrentarlo y superarlo-, Dalí tuvo que buscar diversos escenarios para enfrentarlo y vencerlo. El genio creía en la máxima edípica freudiana que dice “El verdadero héroe es el que vence a su padre”. Y eso funcionó como directriz eterna en su vida. Primero fueron los ataques de tos interminables en la mesa familiar cuando intentaban obligarlo a comer. Luego fue boicotear todo esfuerzo de mantenerlo en la Academia de San Fernando al hacerse expulsar dos veces. Después se unió a Gala, robada previamente a su admirado Paul Eluard y desafío la autoridad de su padre al convivir con una mujer divorciada. Finalmente, una de sus posturas surrealistas, confesar que soñaba escupiendo por gusto un retrato de su madre, lo que acabaron con la relación. Su padre lo expulsó de su casa, asegurándole que no tardaría en volver, pobre, hambriento y cubierto de piojos porque era incapaz de cuidar de sí mismo.

Dalí era un hombre de 25 años que, efectivamente, hubiese cumplido la premonición de su padre de no haber mediado Gala. La rusa, 10 años mayor que él y que había sido rescatada de un sanatorio por Eluard, era conocida por sus libertades sexuales y su profundo gusto y conocimiento del arte. Fue la sustituta perfecta de su madre y la encargada de que todas las maquinarias pictóricas producidas por Dalí se convirtieran en dinero.

Gala era algo así como un cable a tierra surrealista para un hombre que afirmaba que era impotente y que nunca terminó de creer que tenía en su dormitorio una mujer con senos y vagina reales y que además era suya. Dalí aseguraba que poseía un instinto sexual ‘cerebralizado’ y sublimado por el arte, algo que, con el tiempo, no fue suficiente para Gala que en la década de los 50 comenzó a pasar más y más tiempo con sus amantes jóvenes y esbeltos, descuidando al pintor.

Pero el asalto y la venganza dalidiana, que no le perdonaba al mundo la muerte de su madre, desaparecida en 1921, tendría como centro a París. Eliminada la presión paterna, sólo le quedaba rebelarse ante la máxima autoridad surrealista, André Bretón. La mejor forma que encontró fue la militancia de los surrealistas hacia el comunismo. Pintaba imágenes ambiguas de Lenín que causaban estupor entre el círculo. Además, con un snobismo coherente, frecuentaba a la alta sociedad parisina y se comportaba como un verdadero dandy.

Propuso además, su método paranoicocrítico como forma de revolucionar el surrealismo anclado en la técnica de la escritura automática. Dicho sistema no era más que una forma complementaria a las recetas del surrealismo. Su objetivo será "sistematizar la confusión y contribuir al descrédito total del mundo de la realidad". Este método de conocimiento irracional "basado en la objetivación crítica y sistemática de las asociaciones e interpretaciones delirantes", fue la confirmación para Bretón de que Dalí venía por su trono. La oportunidad para enfrentarlo y mantener su calidad de líder llegó en 1938, cuando el catalán pintó Nodriza Hitleriana. Sus compañeros de pandilla, cansados de la supuesta calidad apolítica de Dalí, exigieron una reunión extraordinaria para tratar el tema. Dalí asistió con un termómetro en los labios y cubierto con incontables chompas. Escuchó atento las acusaciones de Bretón y cuando comenzó a defenderse fue quitándose uno a uno los abrigos, en una especie de streeptease maldito y perturbador.

Si hubo un lugar perfecto, hecho a la medida de Dalí, ese fue Estados Unidos. El pragmatismo capitalista yankee veía en el catalán una oportunidad abierta de publicidad y Dalí veía en los desaforados coleccionistas y empresarios norteamericanos a una fuente interminable de dinero con el cual tratar de saciar a Avida Dollars (anagrama de Salvador Dalí hecho por Breton).

Dalí se exilió en Estados Unidos huyendo de la guerra. Pero allí desarrolló buena parte de su creatividad sin fronteras y sin atavismos. No es por nada que Dalí cree que su período de exilio o Avida Dollars tiene mucha más calidad estética que el surrealista, que se apoyaba en el psicoanálisis freudiano.
Las bombas atómicas lanzadas sobre Japón, que acabaron con la guerra, cambiaron radicalmente a Dalí. Por un lado, no podía asimilar tal barbarie. Por otro, estaba maravillado por la capacidad creadora del hombre. Como siempre, el genio encontró una válvula de escape en el arte. Completó su método paranoicocrítico con el misticismo nuclear. Se convirtió al catolicismo y comenzó a pintar con técnica renacentista, tan cercana al hiperrealismo que parecía un pronóstico de lo que vendría. Para completar el cuadro, dejó de creer en el nacionalismo catalán y apoyó la unidad española y por ende al franquismo. Incluso recibió una condecoración del dictador. Estos hechos de postguerra terminaron por configurar su tercera gran rebelión, esta vez instaurada contra su formación inicial, atea y nacionalista catalana.


En 1958 se casó con Gala, que había quedado viuda de Eluard en 1952. Este fue el único acto íntimo de una pareja acostumbrada a convivir en medio de cámaras y periodistas. Dalí hacía cosas cada vez más excéntricas. Se paseaba por Figueres con mujeres desnudas amarradas por el cuello cual mascotas surrealistas. Gala, mientras tanto, se divertía con sus amantes jóvenes y se encargaba de las finanzas del imperio Dalí. “Sigo siendo un campesino catalán, ingenuo y astuto, en cuyo cuerpo habita un rey”, se describía, mientras ironizaba con Picasso, tal vez el único contemporáneo al que consideraba digno de su admiración. “Picasso es español, yo también. Picasso es pintor, yo también. Picasso es comunista, yo tampoco”, decía.
Ya para ese tiempo, se consideraba un ex surrealista y declaraba que la única diferencia entre un loco y él es que él no estaba loco. Y tenía razón. Cada uno de los actos de Dalí eran elaborados en extremo, con precisión de relojero suizo y una inversión millonaria. A diferencia de Picasso, que amasó una fortuna incalculable y la mantuvo con una pasión avara, sólo comparable con el amor por el dinero de Andy Warhol, Dalí era un despilfarrador, que sólo invertía en mantener su fama. Debastó su fortuna construyendo el museo de Figueres. Su deseo era ser inmortal, pero no contaba con que Gala lo traicionaría. En 1982 Gala se separa de él y luego muere, olvidando su promesa de no dejarlo nunca. Un año más tarde, tras interminables depresiones, Dalí pintó su último cuadro y puso en marcha su última sublevación. En la década del 30, cuando los surrealistas le preguntaron si creía en el suicidio como un camino, respondió que no, pero lo intentó. Inventó un suicidio surrealista: trató de matarse por deshidratación. Lo que consiguió fue deteriorar tanto su cuerpo que pasó los últimos seis años de su vida conectado a una sonda que lo alimentaba. Finalmente, Dalí falleció el 23 de enero de 1989, con un mundo rendido a sus pies y venerándolo como uno de los gurú del siglo XX. Sin embargo, para los seguidores de los surrealistas integrales (“esos destinados a iniciar una revolución heroica solo para salir derrotado y suicidarse en el último momento”), Dalí fue un infame traidor. Y tal vez sea cierto, pero también es cierto que fue muy consecuente con sigo mismo y nunca traicionó su fin supremo: convertirse en el canon de todos los artistas del siglo XX.

 

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