Salvador Dalí fue un traidor integral, un eterno aprendiz de brujo que nació
500 años después de lo debido. Su vida fue una colección de excesos y
excentricidades que hubiesen sido catalogadas como normales en el Renacimiento,
pero en los albores del siglo XX, marcado por la decadencia del positivismo, la
presión del existencialismo y la barbarie de las dos guerras mundiales, Dalí fue
tomado como un loco increíblemente talentoso que no hacía más que confirmar la
hipótesis de sus juzgadores cada vez que salía a desmentir su locura.
Dos cosas lo marcaron al nacer (11 de mayo de 1904): Figueres, su pueblo
natal, y su nombre, Salvador. Por un lado, Salvador Felipe Jacinto Dalí era un
catalán hijo de un notario tan contradictorio como sólo lo puede ser un hombre
nacido en esa región mediterránea. El padre del genio era un notario
tradicionalista por fuera, pero por dentro era un librepensador ateo que
albergaba la esperanza de algún día ver a su Cataluña como un estado
independiente. Sin embargo, junto a Felipa Domenech, su esposa, se encargó de
marcar a fuego la salud mental de su hijo al ‘bautizarlo’ como Salvador, el
mismo nombre de su hermano, que había fallecido nueve meses y diez días antes de
su nacimiento. Esto causaría en el pintor una eterna sensación de que era un
sustituto de algo muy querido por sus padres. Sin embargo, esta sensación fue
aprovechada de múltiples formas por el pintor. La primera fue tomar control
completo de su casa, dominar y subyugar a sus padres a través de continuos
berrinches y torturas emocionales. A los seis años, podía y recorría toda la
casa a placer. A esa edad pintó su primer cuadro y consiguió que habilitasen el
cuarto de lavado de la residencia como atelier. Allí pasaba los veranos,
sumergido en una bañera pintando hasta el cansancio. El único lugar que le
estaba vedado era la cocina. Dalí se escurría entre las piernas de su abuela, su
madre, su tía, la niñera y las incontables mujeres que trabajaban en la
residencia, para esconderse detrás de una puerta y deleitarse con lo olores del
aceite hirviendo, el sudor salíneo de las cocineras y el rojo profundo de la
sangre que se escurría de la carne que cocinaban. Cuando era descubierto, Dalí
robaba algo de comer y volvía de inmediato a su atelier, a seguir pintando.
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Excéntrico.
Dalí gozaba al rodearse de mujeres pulposas desnudas. Ya fuese en París,
Londres o Nueva York, siempre encontraba voluntarias |
Figueres no sólo influenció en el artista a nivel estético, si no también
intelectual. Como buen catalán, Dalí era un materialista en todos los sentidos
de la palabra (los buenos y los no tanto). Hasta antes del fin de la Segunda
Guerra Mundial sólo creía en lo que podía constatar a través de sus sentidos y
era decididamente ateo e iconoclasta, además de nacionalista catalán.
El paisaje de este pueblo del Mediterráneo es, tal vez, la única constante en su
obra. No importaba si el cuadro hubiese sido creado en Madrid, París o Estados
Unidos, las rocas antropomorfas de Cadaqués y de la bahía de Port Lligat servían
como marco a sus creaciones.
A diferencia de Picasso, que tuvo como primer profesor de pintura a su padre
-y por lo tanto un camino más fácil para enfrentarlo y superarlo-, Dalí tuvo que
buscar diversos escenarios para enfrentarlo y vencerlo. El genio creía en la
máxima edípica freudiana que dice “El verdadero héroe es el que vence a su
padre”. Y eso funcionó como directriz eterna en su vida. Primero fueron los
ataques de tos interminables en la mesa familiar cuando intentaban obligarlo a
comer. Luego fue boicotear todo esfuerzo de mantenerlo en la Academia de San
Fernando al hacerse expulsar dos veces. Después se unió a Gala, robada
previamente a su admirado Paul Eluard y desafío la autoridad de su padre al
convivir con una mujer divorciada. Finalmente, una de sus posturas surrealistas,
confesar que soñaba escupiendo por gusto un retrato de su madre, lo que acabaron
con la relación. Su padre lo expulsó de su casa, asegurándole que no tardaría en
volver, pobre, hambriento y cubierto de piojos porque era incapaz de cuidar de
sí mismo.
Dalí era un hombre de 25 años que, efectivamente, hubiese cumplido la
premonición de su padre de no haber mediado Gala. La rusa, 10 años mayor que él
y que había sido rescatada de un sanatorio por Eluard, era conocida por sus
libertades sexuales y su profundo gusto y conocimiento del arte. Fue la
sustituta perfecta de su madre y la encargada de que todas las maquinarias
pictóricas producidas por Dalí se convirtieran en dinero.
Gala era algo así como un cable a tierra surrealista para un hombre que
afirmaba que era impotente y que nunca terminó de creer que tenía en su
dormitorio una mujer con senos y vagina reales y que además era suya. Dalí
aseguraba que poseía un instinto sexual ‘cerebralizado’ y sublimado por el arte,
algo que, con el tiempo, no fue suficiente para Gala que en la década de los 50
comenzó a pasar más y más tiempo con sus amantes jóvenes y esbeltos, descuidando
al pintor.
Pero el asalto y la venganza dalidiana, que no le perdonaba al mundo la
muerte de su madre, desaparecida en 1921, tendría como centro a París. Eliminada
la presión paterna, sólo le quedaba rebelarse ante la máxima autoridad
surrealista, André Bretón. La mejor forma que encontró fue la militancia de los
surrealistas hacia el comunismo. Pintaba imágenes ambiguas de Lenín que causaban
estupor entre el círculo. Además, con un snobismo coherente, frecuentaba a la
alta sociedad parisina y se comportaba como un verdadero dandy.
Propuso además, su método paranoicocrítico como forma de revolucionar el
surrealismo anclado en la técnica de la escritura automática. Dicho sistema no
era más que una forma complementaria a las recetas del surrealismo. Su objetivo
será "sistematizar la confusión y contribuir al descrédito total del mundo de la
realidad". Este método de conocimiento irracional "basado en la objetivación
crítica y sistemática de las asociaciones e interpretaciones delirantes", fue la
confirmación para Bretón de que Dalí venía por su trono. La oportunidad para
enfrentarlo y mantener su calidad de líder llegó en 1938, cuando el catalán
pintó Nodriza Hitleriana. Sus compañeros de pandilla, cansados de la supuesta
calidad apolítica de Dalí, exigieron una reunión extraordinaria para tratar el
tema. Dalí asistió con un termómetro en los labios y cubierto con incontables
chompas. Escuchó atento las acusaciones de Bretón y cuando comenzó a defenderse
fue quitándose uno a uno los abrigos, en una especie de streeptease maldito y
perturbador.
Si hubo un lugar perfecto, hecho a la medida de Dalí, ese fue Estados Unidos.
El pragmatismo capitalista yankee veía en el catalán una oportunidad abierta de
publicidad y Dalí veía en los desaforados coleccionistas y empresarios
norteamericanos a una fuente interminable de dinero con el cual tratar de saciar
a Avida Dollars (anagrama de Salvador Dalí hecho por Breton).
Dalí se exilió en Estados Unidos huyendo de la guerra. Pero allí desarrolló
buena parte de su creatividad sin fronteras y sin atavismos. No es por nada que
Dalí cree que su período de exilio o Avida Dollars tiene mucha más calidad
estética que el surrealista, que se apoyaba en el psicoanálisis freudiano.
Las bombas atómicas lanzadas sobre Japón, que acabaron con la guerra, cambiaron
radicalmente a Dalí. Por un lado, no podía asimilar tal barbarie. Por otro,
estaba maravillado por la capacidad creadora del hombre. Como siempre, el genio
encontró una válvula de escape en el arte. Completó su método paranoicocrítico
con el misticismo nuclear. Se convirtió al catolicismo y comenzó a pintar con
técnica renacentista, tan cercana al hiperrealismo que parecía un pronóstico de
lo que vendría. Para completar el cuadro, dejó de creer en el nacionalismo
catalán y apoyó la unidad española y por ende al franquismo. Incluso recibió una
condecoración del dictador. Estos hechos de postguerra terminaron por configurar
su tercera gran rebelión, esta vez instaurada contra su formación inicial, atea
y nacionalista catalana.
En 1958 se casó con Gala, que había quedado viuda de Eluard en 1952. Este fue el
único acto íntimo de una pareja acostumbrada a convivir en medio de cámaras y
periodistas. Dalí hacía cosas cada vez más excéntricas. Se paseaba por Figueres
con mujeres desnudas amarradas por el cuello cual mascotas surrealistas. Gala,
mientras tanto, se divertía con sus amantes jóvenes y se encargaba de las
finanzas del imperio Dalí. “Sigo siendo un campesino catalán, ingenuo y astuto,
en cuyo cuerpo habita un rey”, se describía, mientras ironizaba con Picasso, tal
vez el único contemporáneo al que consideraba digno de su admiración. “Picasso
es español, yo también. Picasso es pintor, yo también. Picasso es comunista, yo
tampoco”, decía.
Ya para ese tiempo, se consideraba un ex surrealista y declaraba que la única
diferencia entre un loco y él es que él no estaba loco. Y tenía razón. Cada uno
de los actos de Dalí eran elaborados en extremo, con precisión de relojero suizo
y una inversión millonaria. A diferencia de Picasso, que amasó una fortuna
incalculable y la mantuvo con una pasión avara, sólo comparable con el amor por
el dinero de Andy Warhol, Dalí era un despilfarrador, que sólo invertía en
mantener su fama. Debastó su fortuna construyendo el museo de Figueres. Su deseo
era ser inmortal, pero no contaba con que Gala lo traicionaría. En 1982 Gala se
separa de él y luego muere, olvidando su promesa de no dejarlo nunca. Un año más
tarde, tras interminables depresiones, Dalí pintó su último cuadro y puso en
marcha su última sublevación. En la década del 30, cuando los surrealistas le
preguntaron si creía en el suicidio como un camino, respondió que no, pero lo
intentó. Inventó un suicidio surrealista: trató de matarse por deshidratación.
Lo que consiguió fue deteriorar tanto su cuerpo que pasó los últimos seis años
de su vida conectado a una sonda que lo alimentaba. Finalmente, Dalí falleció el
23 de enero de 1989, con un mundo rendido a sus pies y venerándolo como uno de
los gurú del siglo XX. Sin embargo, para los seguidores de los surrealistas
integrales (“esos destinados a iniciar una revolución heroica solo para salir
derrotado y suicidarse en el último momento”), Dalí fue un infame traidor. Y tal
vez sea cierto, pero también es cierto que fue muy consecuente con sigo mismo y
nunca traicionó su fin supremo: convertirse en el canon de todos los artistas
del siglo XX.