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Santa Cruz de la Sierra - Bolivia, Jueves 22, Enero de 2004

../images/blanco.gifEl ego de Carlos Hugo Molina



Roberto Barbery Flores

Encendí el televisor, varios micrófonos se peleaban la boca del Prefecto, como para su estreno en el cargo. Chilló una reportera: “Me han dicho que dicen que es Ud. egoísta; se saturan las líneas con la pregunta sobre por qué le dicen ‘Ego’. La respuesta fue: “Sí, dicen”. Yo sentí tu impotencia, Carlos Hugo, y deseé darle un puntapié en el c... a la reportera”, y pensé: “No tiene sexo, es un micrófono”.
El ego es nuestro yo como sujeto que razona. Si razona sólo para sí es egoísta, y si razona también para afuera, para los otros, es generoso. Te recordé con tu hijo Sebastián montado en tu cuello, o cuando tu señora, Carolina, me dijo por teléfono: “Yo estoy bañando a la beba y Carlos Hugo dando leche a la bebita”. Cuanta causa, cuanto efecto, cuanto azar para formar un yo y no otro. La familia, sin ser un absoluto, es una síntesis de tu sangre y de tu ambiente.
Algo referencial tuyo, Carlos Hugo: Tu tía Alicia, que le endilgaba ‘dulces travesuras’ a tu tatarabuelo Andrés Ibáñez, nos decía: “Uds., los descendientes de ese señor, son mujeriegos por él, que es eso de lo que murió. Cuando los collas lo pillaron en San Diego, no quiso huir por no dejar a la camba que tenía en la hamaca, murió por plumo”. Ya aquí cerca, tu tío Hernán Molina se fue sin contarnos cómo se coordinaban en él la parsimonia de su buen hablar con su aguda y rápida inteligencia. Y el patrimonio de la familia, también tu tío, Placidito Molina, que a sus noventa y pico años sigue pensando en la cultura chiquitana, y que habiendo trabajado en los cargos más altos de una cooperativa, ahora sigue brillando en su dignidad.
Y el que fue tu padre, Carlos Hugo, Gilberto Molina, más señor que doctor. Yo tendría unos siete años cuando me internó en el hospital de niños. “Ya te vas a sanar peladingo”, me decía, y yo farseaba ante los otros niños llamándolo tío. Ya joven, me atendió en su casa. “Es un costipao fuerte” me dijo, y yo escuchaba en una habitación contigua la feliz algarabía de niños; eras tú y tus queridos hermanos. Medio se abrió una puerta y saludé a Yolandita, tu madre, que hasta ahora sigue creyendo que su libertad femenina termina con el amor y dedicación a sus hijos. “Vení a la tertulia”, continuó tu padre. “Y ya no me digas tío porque soy tu primo; lo que tienes que hacer es lo que yo hice hace una hora: dejé el pucho”. Y sonrió con la misma tranquilidad con la que hablaba. Me incentivó por mis estudios y mirando las tazas de café que nos habían traído me dijo: “No es hora de acompañar el café con horneao, pero este también es un gran compañero”... encendió un cigarrillo y me invitó a otro.
Por fin, algo de tu yo, Carlos Hugo, venció inclusive al significado de algunas palabras del lenguaje: revolución es con violencia, por ejemplo. La Ley de Participación Popular ha sido una revolución sin violencia. De la noche a la mañana aparecieron 316 municipios autónomos, dándoles vida con territorio y nación a la simple pintura de un mapa. Tiene un ‘defecto’, el de las grandes obras: no satisface al negocio de ningún grupo. Ahora, en tu lucha contra la corrupción tienes apoyo, y en el peor de los casos dejarás un testimonio de lo que quiso hacer la racionalidad de algunos hombres, antes de que las montoneras sean las que tengan que acabar con la corrupción institucionalizada.
Lo siento, Carlos Hugo, pero una especie de voluntad existencial de querer afirmar al ser me empuja a contarlo. Hace algo más de un año, desde mi escritorio escuché que alguien, sin detenerse, le preguntó a mi secretaria: “¿Está solo el hombre?”, cuando abriste la puerta y entraste. “Hola”, te dije, contento y sorprendido. “Sé que está mal de situación”, contestaste, y pusiste sobre mi escritorio un paquetito. “No, Carlos Hugo”; te quise hablar pero saliste, y antes de cerrar la puerta me dijiste: “Es poquito, pero a Ud. le va a servir más que a mí y está en buenas manos. Me voy el avión me va a dejar”, y vi tu bolsón de viaje colgado al hombro. Con la puerta ya cerrada me gritaste: “Mañana doy mis clases en la Universidad de Nicaragua”.
Entró la secretaria, le pasé el paquetito y le dije: “Pague con esto lo que pueda”. Me contestó: “Qué hombre raro es este su amigo”. Le moví afirmativamente la cabeza, saboreé en mis labios un dulce saladito y pensé: qué suerte tengo, y como si fuera poco, es amigo de sueños con mis hijos.

* Un ciudadano.

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