El ego de Carlos Hugo Molina
Roberto Barbery Flores
Encendí el televisor, varios micrófonos se peleaban la boca del Prefecto,
como para su estreno en el cargo. Chilló una reportera: “Me han dicho que dicen
que es Ud. egoísta; se saturan las líneas con la pregunta sobre por qué le dicen
‘Ego’. La respuesta fue: “Sí, dicen”. Yo sentí tu impotencia, Carlos Hugo, y
deseé darle un puntapié en el c... a la reportera”, y pensé: “No tiene sexo, es
un micrófono”.
El ego es nuestro yo como sujeto que razona. Si razona sólo para sí es egoísta,
y si razona también para afuera, para los otros, es generoso. Te recordé con tu
hijo Sebastián montado en tu cuello, o cuando tu señora, Carolina, me dijo por
teléfono: “Yo estoy bañando a la beba y Carlos Hugo dando leche a la bebita”.
Cuanta causa, cuanto efecto, cuanto azar para formar un yo y no otro. La
familia, sin ser un absoluto, es una síntesis de tu sangre y de tu ambiente.
Algo referencial tuyo, Carlos Hugo: Tu tía Alicia, que le endilgaba ‘dulces
travesuras’ a tu tatarabuelo Andrés Ibáñez, nos decía: “Uds., los descendientes
de ese señor, son mujeriegos por él, que es eso de lo que murió. Cuando los
collas lo pillaron en San Diego, no quiso huir por no dejar a la camba que tenía
en la hamaca, murió por plumo”. Ya aquí cerca, tu tío Hernán Molina se fue sin
contarnos cómo se coordinaban en él la parsimonia de su buen hablar con su aguda
y rápida inteligencia. Y el patrimonio de la familia, también tu tío, Placidito
Molina, que a sus noventa y pico años sigue pensando en la cultura chiquitana, y
que habiendo trabajado en los cargos más altos de una cooperativa, ahora sigue
brillando en su dignidad.
Y el que fue tu padre, Carlos Hugo, Gilberto Molina, más señor que doctor. Yo
tendría unos siete años cuando me internó en el hospital de niños. “Ya te vas a
sanar peladingo”, me decía, y yo farseaba ante los otros niños llamándolo tío.
Ya joven, me atendió en su casa. “Es un costipao fuerte” me dijo, y yo escuchaba
en una habitación contigua la feliz algarabía de niños; eras tú y tus queridos
hermanos. Medio se abrió una puerta y saludé a Yolandita, tu madre, que hasta
ahora sigue creyendo que su libertad femenina termina con el amor y dedicación a
sus hijos. “Vení a la tertulia”, continuó tu padre. “Y ya no me digas tío porque
soy tu primo; lo que tienes que hacer es lo que yo hice hace una hora: dejé el
pucho”. Y sonrió con la misma tranquilidad con la que hablaba. Me incentivó por
mis estudios y mirando las tazas de café que nos habían traído me dijo: “No es
hora de acompañar el café con horneao, pero este también es un gran
compañero”... encendió un cigarrillo y me invitó a otro.
Por fin, algo de tu yo, Carlos Hugo, venció inclusive al significado de algunas
palabras del lenguaje: revolución es con violencia, por ejemplo. La Ley de
Participación Popular ha sido una revolución sin violencia. De la noche a la
mañana aparecieron 316 municipios autónomos, dándoles vida con territorio y
nación a la simple pintura de un mapa. Tiene un ‘defecto’, el de las grandes
obras: no satisface al negocio de ningún grupo. Ahora, en tu lucha contra la
corrupción tienes apoyo, y en el peor de los casos dejarás un testimonio de lo
que quiso hacer la racionalidad de algunos hombres, antes de que las montoneras
sean las que tengan que acabar con la corrupción institucionalizada.
Lo siento, Carlos Hugo, pero una especie de voluntad existencial de querer
afirmar al ser me empuja a contarlo. Hace algo más de un año, desde mi
escritorio escuché que alguien, sin detenerse, le preguntó a mi secretaria:
“¿Está solo el hombre?”, cuando abriste la puerta y entraste. “Hola”, te dije,
contento y sorprendido. “Sé que está mal de situación”, contestaste, y pusiste
sobre mi escritorio un paquetito. “No, Carlos Hugo”; te quise hablar pero
saliste, y antes de cerrar la puerta me dijiste: “Es poquito, pero a Ud. le va a
servir más que a mí y está en buenas manos. Me voy el avión me va a dejar”, y vi
tu bolsón de viaje colgado al hombro. Con la puerta ya cerrada me gritaste:
“Mañana doy mis clases en la Universidad de Nicaragua”.
Entró la secretaria, le pasé el paquetito y le dije: “Pague con esto lo que
pueda”. Me contestó: “Qué hombre raro es este su amigo”. Le moví afirmativamente
la cabeza, saboreé en mis labios un dulce saladito y pensé: qué suerte tengo, y
como si fuera poco, es amigo de sueños con mis hijos.
* Un ciudadano.
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