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Santa Cruz de la Sierra - Bolivia, Sábado 17, Enero de 2004

../20040117/images/es2.jpgCorín Tellado, letras de pasión Corazón prolífico


Sin saber lo que era un beso, Corín Tellado llenó la ávida imaginación romántica de millones de lectoras de América Latina y España


Liliana Colanzi

Antes de que la mujer latinoamericana se liberase de sus tabúes, Corín Tellado ya escribía sobre el divorcio, la infidelidad, el aborto... Admirada por grandes escritores y condenada por quienes consideran la novela rosa un género subalterno, esta española se negó al amor, pero escribió toda una biblioteca sobre el tema

El género vapuleado Novela Rosa

La vida de Corín Tellado ha sido una paradoja de principio a fin: ella, la reina indiscutida de la novela rosa iberoamericana, jamás supo lo que era el amor. Ha vendido más de 400 millones de ejemplares de sus novelas, lo que la convierte en la escritora viva más leída en lengua castellana, pese a lo cual nunca ha ganado un premio literario. Adelantada para su tiempo, atrevida en sus relatos, independiente desde antes de cumplir 20 años y precursora, sin saberlo entonces, de un feminismo prematuro, se ciñó sin embargo a un estilo de vida reservado y conservador del que acabaría por arrepentirse demasiado tarde. Fabricante de más de 4.000 novelas sobre intensos sentimientos, ni siquiera se considera romántica y es conocida por su carácter enérgico y tenaz. Hubiera deseado ser "una periodista intrépida, de las que van a Bosnia", pero las limitaciones de la época la obligaron a elegir una vida apacible y convencional en muchos sentidos, excepto por el hecho de que sus páginas han hecho soñar a varias generaciones con historias de amores imposibles.

SIN QUERERLO NI BUSCARLO,
CASI UNA FEMINISTA

María del Socorro Tellado López, esa española que nació el 25 de abril de 1926 en Vilavélez (Asturias), en una familia de marinos, escribió su primera novela a los 18 años, ignorando que inauguraba un fenómeno literario de proporciones colosales. Lo que inició como un experimento para poner a prueba sus capacidades, se transformó muy pronto en la solución a los problemas económicos de toda la familia, luego de la muerte de su padre. Este primer texto, al que tituló Atrevida apuesta y del que se han hecho casi 40 ediciones, fue comprado en 1947 por la editorial Bruguera por 3.000 pesetas. Con un sueldo mensual de 1.500 pesetas (lo mismo o más de lo que ganaba un ingeniero) y con la obligación de entregar una novela por semana, Corín se dedicaría por entero a la tarea de inventar para los otros un mundo que no conocía ni remotamente, en el que abundaban los besos apasionados, las intensas miradas, las intrigas, los celos y las dudas. Trece años después, su sueldo había ascendido a 33.000 pesetas.
El filón apareció en 1951 con el contrato de la revista cubana Vanidades, de la que no se ha separado hasta hoy ("Aunque pueden quitarme, ahora ya lo dudo...", reflexiona). El resultado fue impresionante: la tirada de la revista pasó de 16.000 a 68.000 ejemplares. La serie quincenal de fotonovelas, que fue lanzada en 1966, tuvo también un éxito espectacular: en una semana se vendieron 750.000 ejemplares de la primera entrega.
Y es que esta escritora asturiana tuvo el acierto y la sutil inteligencia de trasladar los cuentos de hadas a las situaciones cotidianas de la vida. Sus protagonistas no son inalcanzables princesas al estilo lady Di o damas de la alta sociedad, sino enfermeras, ejecutivas, abogadas, médicas o estudiantes universitarias. En ese sentido, Corín Tellado fue siempre una revolucionaria; en una época en que las mujeres se limitaban a hacer de amas de casa, las heroínas de sus novelas trabajaban, eran profesionales, hablaban idiomas... "Mis mujeres ya vestían de hombre, ya fumaban, ya viajaban... ¡en el año 46! Ellas quedaban embarazadas, abortaban y se divorciaban", dice.
Desafió y estiró cuanto pudo las limitaciones del género, pero eso sí, no consiguió escaparse de las exigencias de finales felices y bodas en el último capítulo. "Recuerdo una novela en que dejé al protagonista ciego. El editor me la devolvió con una carta en la que pedía '¡opéralo!' Y lo operé, claro", confiesa.
La escasa o inexistente experiencia amorosa de una jovencísima Corín Tellado no le impidió -o más bien quizás fue la razón- de que crease el prototipo del hombre soñado: sensible, galante, apuesto, adinerado, con una predisposición natural a la fidelidad eterna a partir del último capítulo de la novela.
No es exagerar decir que el nombre de Corín Tellado resulta en Latinoamérica más familiar que muchos premios Nobel, y que sus libros han sido las primeras lecturas 'prohibidas' de millones de adolescentes. Corín Tellado era la maestra de la insinuación, aprendió a sugerir de mil modos las escenas de sexo, sin tener que hacerlas explícitas, para evitar la censura de los editores.
Ahora que el sexo no necesita velos y que las industrias cinematográfica, literaria y artística lo han explotado hasta el cansancio, resulta un poco anticuada la cautela que Corín mantiene aún en sus novelas. "Mis mujeres saben quitarse la ropa con gusto", asegura ella. Pero en la pacata sociedad ibérica de los años 50, 60 y 70, los libros de esta española fueron de una audacia inusual.
- ¿El erotismo consiste más en sugerir que en exhibir?
- Entre sugerir y exhibir, hay muchas diferencias. Yo sugiero, con el fin de que se exhiba en la realidad. Amor sin erotismo, yo diría que más bien parece un plato de sopa sin sal. La gracia del amor no debe de tener tabúes. Por otra parte, yo escribo historias amables, y no pretendo más que entretener. Me parece que lo he conseguido.
- ¿Qué opina de las cada vez más frecuentes relaciones libres, en las que hay vida de pareja pero no matrimonio?
- Pues opino lo que opinará usted misma. El mundo no se detiene y el progresismo es eso. Lo esencial es el sentimiento. Los papeles ya sabe usted, como yo, que se rompen.

LA ESCRITORA QUE
NO CONOCIÓ EL AMOR

Su propia historia de amor no puede ser más distante de una novela de Corín Tellado. No se casó en el albor de la juventud, como muchos de sus personajes, sino a los 33 años, vestida de negro y por despecho, con Domingo Egusquizaga. Cuentan que su verdadero amor fue un marino que se casó con otra. Ella decidió que se iría al altar con el primero que apareciera, y ese fue Domingo Egusquizaga. Según le confesó a una biógrafa, vistió de oscuro para demostrar que las apariencias le tenían sin cuidado. Fue una muestra de dolor y una especie de revancha ante su madre y sus cuatro hermanos, acostumbrados a depender de ella.
El matrimonio duró cuatro años y le dio dos hijos. "No era ni mujeriego ni borracho ni un mal amante. ¿Qué pasó?, que no le soportaba. No le quise ni antes ni durante ni después. Siempre fui muy libertaria y siempre hice lo que me dio la gana. No encajaba con alguien tan estirado y tan tradicional".
Tellado optó por separarse, pero nunca llegó al divorcio. Para qué, pensó, si de todos modos había decidido no volver a casarse. En el fondo, temía que la sociedad creyera que la fama se le había subido a la cabeza y que ahora se le daba por cambiar maridos. Y así, se dedicó por completo a sus hijos y a sus novelas, alejada del amor pasional. El marido no volvió a presentarse, pero conservó los libros, los artículos que Corín publicaba en los periódicos y las cartas que ésta le devolvía sin abrir.
Ahora, ya viuda, lamenta no haberse dado otra oportunidad para el amor: "Yo me separé en el año 62, pero si llego a hacerlo en esta época, desde luego que no me habría quedado sola. Me quedé en el banco de la estación, por idiota, pero era una época en la que tampoco podías... Todo era muy diferente. Nos engañaron muchísimo".
- Usted mencionó alguna vez que el amor acarrea sufrimiento. ¿El dolor es una condición indispensable de los grandes romances?
- Un literato dijo que es mejor morir de amor que no haberlo conocido. No sé si tendrá razón, aunque supongo que el amor en sí mismo no acarrea sufrimiento; en cambio, sí lo acarrea el desamor.
Sin embargo, el amor no fue hecho para ella. Jugó a describirlo, no a experimentarlo. Enorme contrasentido para alguien que, además de privarse de la pasión, debió echarse a la carga la fama de frívola, de la que se defiende entre la exasperación y la resignación.

ENTRE LA ADMIRACIÓN
Y LA CONDENA

Se la tilda de cursi, de ser cultora de un género menor, de encasillar a las mujeres, de inventarse personajes ideales y situaciones perfectas que no corresponden a la realidad. Ella responde: "Es que a mí me acusan -y me da la risa- los que se consideran intelectuales, y yo que todavía no sé qué es la intelectualidad. Parece que llevar 50 años escribiendo no es nada. Para ellos, digo yo. Ellos hacen un libro y son milagrosos; venden 3.000 ejemplares y la de Dios. No es así. Como lo decía un catedrático: lo que se vende es lo que vale".
Los periodistas traen a colación continuamente la admiración que le profesan escritores de la talla de Mario Vargas Llosa (que viajó hasta Gijón para entrevistarla), Guillermo Cabrera Infante (que era corrector de Vanidades y considera a Corín su maestra), Gustavo Bueno y Francisco Umbral. Pero ella quiere que la reconozcan por sus méritos propios, no por ser "la amiga de". A pesar de no haberse amilanado nunca, exige por lo menos el debido respeto hacia una persona que ha luchado toda la vida. Alguien que se adelantó incluso a Stephen King en la publicación de una novela a través de Internet.
Esta inocente pornógrafa, como la llamó Cabrera Infante, se atrevió también a incursionar en la literatura erótica. Escribió 26 novelas con el pseudónimo de Ada Miller (un homenaje al escritor Henry Miller), pero la experiencia no la satisfizo y abandonó. "Los sentimientos no aparecían por ningún lado", dijo.
- Habiendo escrito tantas novelas, ¿no le sucedió en alguna ocasión encontrar dos con tramas muy parecidas?
- Me precio de tener buena memoria, y sólo en una ocasión repetí un esquema. Afortunadamente me advirtió la editorial.
- ¿Qué edad tiene el público que más la sigue?
- Lo ignoro. Ahora mismo tengo una tienda virtual en internet, www.corintellado.com, en la cual pueden adquirirse mis novelas en formato electrónico, y veo que tanto las compra una mujer como un hombre. Y si me refiero a las cartas que recibo, digamos de admiradores, abunda el género masculino.
Millonaria, declara que el dinero no le interesa y ha cedido sus bienes a sus hijos. En los años 70 perdió un juicio con Bruguera por culpa de un contrato y fue condenada a pagar 365 millones de pesetas, aunque finalmente llegó a un acuerdo con la editorial. De todos modos, Bruguera quebró en 1986 y la escritora quedó libre del contrato en exclusiva.
Después de aquello, sus historias han sido llevadas al cine y la televisión. Ha continuado con su infatigable ritmo de escritura (solía escribir 25 cuartillas diarias) aun durante las vacaciones, a pesar de que ya no está obligada por ningún contrato y sobreponiéndose a los efectos de la diálisis a la que se somete tres veces por semana, a causa de una enfermedad renal que la aqueja.
- ¿Qué transformaciones ha experimentado su narrativa a lo largo de casi seis décadas, en las que las preferencias también cambian?
- El mundo es evolutivo, y un escritor no puede, de ningún modo, estacionarse en situaciones que ya no son de actualidad. Claro que cambian las preferencias, pero también cambia el autor al describirlas.
Por cierto que Corín ha cambiado. Es perfectamente consciente de lo grave de su enfermedad y por eso mismo, ha conseguido librarse de muchas restricciones que la ataron durante su juventud y su madurez. No tiene reparos en afirmar que disfruta leyendo sus propias novelas, que sale más que cuando conservaba la salud y que se da el lujo de decir lo que se le viene en gana. Y sigue siendo capaz de hilar un argumento en cinco minutos.
- ¿Sólo existe un gran amor en la vida?
- Claro que no. El último es el verdadero. Para eso es el último, y no hay otros posteriores.

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