img_logo.gif (2140 bytes)

img_arribadeber.gif (4941 bytes)

  • STAFF   COMENTARIOS   CONTACTARSE   

Noticias

Portada                 

Santa Cruz            

Seguridad             

Nacional               

Internacional          

Economía             

Deportes               

Sociales               

Escenas               

btn_secciones.gif (615 bytes)

Editorial                

Opinión                 
Lectores               
Clima              

btn_suplementos.gif (615 bytes)

 

 

 

 


logo_brujula.gif (1087 bytes)

Santa Cruz de la Sierra - Bolivia, Sábado 17, Enero de 2004

../20040117/images/es8.jpgModerna Penélope. En sueños


Este cuento resultó ganador del Premio Nacional del Nuevo Cuento Breve, auspiciado por EL DEBER. El autor tiene 18 años y nació en Oruro


Pablo Enrique Osorio Abud

La ventana está abierta, una suave brisa inunda la habitación, los papeles alborotados en el escritorio son testigos de horas de trabajo. El sol se pierde en el horizonte y los colores del cielo anuncian la llegada de una noche tranquila. Una mano sostiene un lápiz, tratando de dar los últimos toques para su presentación de arquitectura, y en la otra apenas apoya su cabeza. Ha trabajado desde la madrugada y el cansancio la tiene agobiada. Su mirada se fija en otro dibujo; es el retrato de un chico. Olvidándose de su trabajo por un momento, estira su brazo y sostiene por unos segundos la imagen de ese muchacho. Lo mira una vez más y suspira profundamente, sabe que no es su mejor obra, pero se parece tanto a él. Detrás de ella hay otros tantos dibujos pegados en la pared, parecidos al que tiene en su escritorio. Son varios intentos por sacar el retrato perfecto de alguien, y es que es tan difícil recordar las facciones de su amor, cuando sólo lo ve en sueños.
Le falta un poco más y... sí, ya está, ya puede irse a dormir, se siente satisfecha por su práctica, sabe que sus calificaciones dependen de ésta, pero aún así se mantiene tranquila. Ha trabajado en ella todo el día, es su mejor esfuerzo, y sabe que aprobará, solo tiene que levantarse temprano y no llegar tarde. Con lo poco que le queda de fuerza trata de ordenar sus hojas. Mira una vez más la imagen que reposa en su escritorio y, como si ésta tuviera vida, le desea buenas noches. A su izquierda el sol se ha ocultado. Enciende su lámpara para poder cambiarse. Mientras lo hace, un montón de rostros dibujados la observan de todas partes. Cualquier otra chica se sentiría incómoda al desvestirse en una habitación como esa, pero ella no. Incluso si él estuviera ahí se sentiría igual de tranquila.
La sombra de su desnudez es suficiente para descubrir la perfección de su cuerpo. Su piel morena, sus cabellos oscuros y la delicadeza de su rostro delatan su belleza. El frío de esa noche no permitirá que esta vez duerma desnuda. Busca algo con qué abrigarse, apaga la luz, y por fin descansa su cuerpo en la cama. Afuera las luces de la calle entran con timidez por su ventana, lo suficiente para que pueda observar los retratos que esperan velar su sueño. Antes de dormir dirige su mirada a todos sus dibujos, tan diferentes unos de otros, pero al final de la misma persona. Está por dormirse, el sueño comienza a abrazarla, sabe que se encontrará con el chico de sus sueños y ya nada más importará. Esta es la ilusión que la mantiene soñando, esperando, creyendo.
II
De pronto, se vio en un lugar distinto, no podía reconocer bien las cosas que le rodeaban, hizo un esfuerzo y comenzó a distinguir donde se encontraba. Era una plaza abandonada, había muchos árboles, estaban por todas partes, eran tan altos que apenas dejaban pasar unos rayos de luz. Todo a su alrededor era verde, parecía el triunfo de la naturaleza sobre el hombre. A lo lejos se escuchaba el canto de las aves. Casi como un bosque, la vegetación se mecía al compás de una brisa tranquila. Este lugar le era familiar, ya lo había visto en otros sueños, se sentía segura, cerró los ojos y extendió los brazos. Quería ser parte de todo, podía sentir la caricia del viento. Sentía que la vida la abrazaba, allí es donde pertenecía, allí quería vivir. Una mano conocida recorrió su cintura, sabía quién era, volteó suavemente y sin abrir los ojos le susurró al oído: “Más allá de los sueños...” –
“...Allí te encontraré”, respondió él. Esta era su manera de encontrarse, siempre había sido así. Desde la primera vez que apareció en sus sueños, se repetían la misma frase, como una promesa de amor. Suave y lentamente sus manos se fueron encontrando, no tenían prisa, el tiempo no existía en ese lugar. Lo miró a los ojos, tan profundos y llenos de vida, negros como la noche, podía perderse en esa mirada para siempre. Sus manos recorrían su rostro con delicadeza, quería recordar ese bello rostro para retratarlo una vez más. Él sólo la miraba, aferrándose cada vez más a ella. Sus labios comenzaron a buscarse, una y otra vez se rozaban con atrevimiento, como buscando el beso perfecto. Sin hacerse esperar más, aquellos labios se conjuncionaron. Una leve sonrisa se dibujó en su rostro, una vez más estaban juntos, sólo eso importaba. Ahora ya no estaba sola, ya nada le parecía ridículo, y si éste era un sueño estúpido, de todas maneras la realidad lo era más. Tenía tantas cosas que contarle, tanto de qué hablar, y es que se conocían más que a nadie. Cada uno guardaba los secretos del otro; él la consolaba, ella lo escuchaba, él la entendía, ella lo amaba.
Caminaron juntos por ese mundo extraño, sólo los dos existían, entre charlas y risas llegaron hasta las puertas de una iglesia. Los detalles y formas indicaban su estilo barroco. Ella no le prestó mucha atención, conocía ese lugar, siempre pasaba por ahí al volver de la universidad, en cambio él quedó sorprendido. “Esta iglesia... yo la conozco”, dijo, observando lentamente sus detalles. Ella no podía creerlo, en ese momento sintió que la ansiedad la devoraba, si él podía reconocer aquel sitio, era posible que pudieran encontrarse en la realidad. Ahora, más que nunca, sentía viva la esperanza de alcanzar su más deseado anhelo; nunca antes le había hecho preguntas para comprobar su existencia, quizás porque temía que todo fuera una gran mentira, aunque parte de ella creía que lo era. Por eso, sintió un miedo angustioso cuando preguntó: ¿Estás seguro de conocer este lugar? “Sí”, respondió, “vivo a unas tres calles de aquí”, sintió correr la sangre por sus venas, la emoción la estaba matando, procuró calmarse un poco, no quería despertarse, ya le había pasado en otras ocasiones. Él la miraba sin entender lo que pasaba. Respiró profundamente para tranquilizarse, lentamente lo tomó de las manos, puso su mirada en la suya, y le dijo: “Esta es nuestra oportunidad, en cuanto despiertes, dirígete a toda prisa a este lugar, yo también lo haré, ya no tendremos que esperar más la noche, prométeme que estarás allí”. Él sonrió y asintió con la cabeza. Al fin el mundo iba a conocer un amor forjado en sueños. Se abrazaron fuertemente y antes de despedirse, una fuerza extraña los fue separando, hundiéndolos en una luz intensa, ella sólo repetía una y otra vez, “Más allá de los sueños...”
III
Diez de la mañana. Otra vez el despertador no funciona. Unos ojos se abren súbitamente en aquel cuarto, miran a su alrededor, los dibujos siguen ahí. Un aire de confusión vaga en aquel lugar. Aquellos ojos comienzan a cerrarse una vez más; quieren volver a soñar, pero hay algo que no los deja, algo los molesta. Entonces, comienza a recordar, varias imágenes pasan por su cabeza, una plaza... un bosque... una iglesia. Todo vuelve a su memoria. Como si su vida dependiera de ello, escapa de su cama, busca su ropa, mira al reloj una y otra vez, se siente nerviosa, comienza a vestirse, casi no sabe lo que hace. Poco a poco va tomando conciencia de sus actos, vuelve a mirar la hora, ya está casi lista, siente que alguien la llama desde su escritorio, se dirige hacia él y observa aquel retrato. Sabe que lo va a necesitar para reconocer al hombre de sus sueños, así que lo dobla y guarda en su bolsillo. Una vez más mira a su escritorio y entonces la angustia se apodera de ella, se da cuenta que tiene algo más que hacer: su práctica. Tiene que entregarla a las diez y el tiempo no le alcanza para hacer ambas cosas. Intenta hallar una solución pero no la encuentra, los nervios no la dejan pensar bien, saca el retrato de su bolsillo y lo mira con tristeza, como pidiéndole consejo, cierra los ojos, respira profundamente y sin pensar más, abandona su departamento. Baja corriendo, las gradas están resbalosas pero no le importa. Una lágrima de emoción corre por su mejilla, solo puede pensar en él, se apresura cada vez más. Una y otra vez su imagen pasa por sus ojos. Quizás él ya la esté esperando, quiere correr más rápido, los escalones le parecen infinitos, el corazón le late muy fuerte, ella solo quiere correr más rápido, más rápido... Dos de la tarde, en la iglesia alguien espera con impaciencia, “No vendrá”, murmura. “¿Cómo me dejé llevar por la estupidez y creer que realmente existía?” Está impaciente, mira su reloj una y otra vez, el ruido de los autos crea un ambiente insoportable, ya no sabe qué hacer, lanza un suspiro y mira por última vez a la iglesia. Sabe que esperar más sería inútil, voltea y comienza a caminar sin rumbo mientras se pregunta varias veces. “¿Hasta dónde somos capaces de dejarnos llevar por nuestros sueños?” Ya nada le importa, sólo quiere olvidarse de todo. Con un poco de suerte esta noche soñará con algo diferente.

< Anterior^Arriba


Portada | Internacional | Nacional | Santa Cruz  | Economía | Deportes | Sociales | Escenas
EditorialOpinión | Contactarse | Staff


© Copyright 2003, El Deber. Todos los derechos reservados.