Moderna Penélope. En sueños
Este cuento resultó ganador del Premio Nacional del Nuevo Cuento Breve, auspiciado por EL DEBER. El
autor tiene 18 años y nació en Oruro
Pablo Enrique Osorio Abud
La ventana está abierta, una suave brisa inunda la habitación, los papeles
alborotados en el escritorio son testigos de horas de trabajo. El sol se pierde
en el horizonte y los colores del cielo anuncian la llegada de una noche
tranquila. Una mano sostiene un lápiz, tratando de dar los últimos toques para
su presentación de arquitectura, y en la otra apenas apoya su cabeza. Ha
trabajado desde la madrugada y el cansancio la tiene agobiada. Su mirada se fija
en otro dibujo; es el retrato de un chico. Olvidándose de su trabajo por un
momento, estira su brazo y sostiene por unos segundos la imagen de ese muchacho.
Lo mira una vez más y suspira profundamente, sabe que no es su mejor obra, pero
se parece tanto a él. Detrás de ella hay otros tantos dibujos pegados en la
pared, parecidos al que tiene en su escritorio. Son varios intentos por sacar el
retrato perfecto de alguien, y es que es tan difícil recordar las facciones de
su amor, cuando sólo lo ve en sueños.
Le falta un poco más y... sí, ya está, ya puede irse a dormir, se siente
satisfecha por su práctica, sabe que sus calificaciones dependen de ésta, pero
aún así se mantiene tranquila. Ha trabajado en ella todo el día, es su mejor
esfuerzo, y sabe que aprobará, solo tiene que levantarse temprano y no llegar
tarde. Con lo poco que le queda de fuerza trata de ordenar sus hojas. Mira una
vez más la imagen que reposa en su escritorio y, como si ésta tuviera vida, le
desea buenas noches. A su izquierda el sol se ha ocultado. Enciende su lámpara
para poder cambiarse. Mientras lo hace, un montón de rostros dibujados la
observan de todas partes. Cualquier otra chica se sentiría incómoda al
desvestirse en una habitación como esa, pero ella no. Incluso si él estuviera
ahí se sentiría igual de tranquila.
La sombra de su desnudez es suficiente para descubrir la perfección de su
cuerpo. Su piel morena, sus cabellos oscuros y la delicadeza de su rostro
delatan su belleza. El frío de esa noche no permitirá que esta vez duerma
desnuda. Busca algo con qué abrigarse, apaga la luz, y por fin descansa su
cuerpo en la cama. Afuera las luces de la calle entran con timidez por su
ventana, lo suficiente para que pueda observar los retratos que esperan velar su
sueño. Antes de dormir dirige su mirada a todos sus dibujos, tan diferentes unos
de otros, pero al final de la misma persona. Está por dormirse, el sueño
comienza a abrazarla, sabe que se encontrará con el chico de sus sueños y ya
nada más importará. Esta es la ilusión que la mantiene soñando, esperando,
creyendo.
II
De pronto, se vio en un lugar distinto, no podía reconocer bien las cosas que le
rodeaban, hizo un esfuerzo y comenzó a distinguir donde se encontraba. Era una
plaza abandonada, había muchos árboles, estaban por todas partes, eran tan altos
que apenas dejaban pasar unos rayos de luz. Todo a su alrededor era verde,
parecía el triunfo de la naturaleza sobre el hombre. A lo lejos se escuchaba el
canto de las aves. Casi como un bosque, la vegetación se mecía al compás de una
brisa tranquila. Este lugar le era familiar, ya lo había visto en otros sueños,
se sentía segura, cerró los ojos y extendió los brazos. Quería ser parte de
todo, podía sentir la caricia del viento. Sentía que la vida la abrazaba, allí
es donde pertenecía, allí quería vivir. Una mano conocida recorrió su cintura,
sabía quién era, volteó suavemente y sin abrir los ojos le susurró al oído: “Más
allá de los sueños...” –
“...Allí te encontraré”, respondió él. Esta era su manera de encontrarse,
siempre había sido así. Desde la primera vez que apareció en sus sueños, se
repetían la misma frase, como una promesa de amor. Suave y lentamente sus manos
se fueron encontrando, no tenían prisa, el tiempo no existía en ese lugar. Lo
miró a los ojos, tan profundos y llenos de vida, negros como la noche, podía
perderse en esa mirada para siempre. Sus manos recorrían su rostro con
delicadeza, quería recordar ese bello rostro para retratarlo una vez más. Él
sólo la miraba, aferrándose cada vez más a ella. Sus labios comenzaron a
buscarse, una y otra vez se rozaban con atrevimiento, como buscando el beso
perfecto. Sin hacerse esperar más, aquellos labios se conjuncionaron. Una leve
sonrisa se dibujó en su rostro, una vez más estaban juntos, sólo eso importaba.
Ahora ya no estaba sola, ya nada le parecía ridículo, y si éste era un sueño
estúpido, de todas maneras la realidad lo era más. Tenía tantas cosas que
contarle, tanto de qué hablar, y es que se conocían más que a nadie. Cada uno
guardaba los secretos del otro; él la consolaba, ella lo escuchaba, él la
entendía, ella lo amaba.
Caminaron juntos por ese mundo extraño, sólo los dos existían, entre charlas y
risas llegaron hasta las puertas de una iglesia. Los detalles y formas indicaban
su estilo barroco. Ella no le prestó mucha atención, conocía ese lugar, siempre
pasaba por ahí al volver de la universidad, en cambio él quedó sorprendido.
“Esta iglesia... yo la conozco”, dijo, observando lentamente sus detalles. Ella
no podía creerlo, en ese momento sintió que la ansiedad la devoraba, si él podía
reconocer aquel sitio, era posible que pudieran encontrarse en la realidad.
Ahora, más que nunca, sentía viva la esperanza de alcanzar su más deseado
anhelo; nunca antes le había hecho preguntas para comprobar su existencia,
quizás porque temía que todo fuera una gran mentira, aunque parte de ella creía
que lo era. Por eso, sintió un miedo angustioso cuando preguntó: ¿Estás seguro
de conocer este lugar? “Sí”, respondió, “vivo a unas tres calles de aquí”,
sintió correr la sangre por sus venas, la emoción la estaba matando, procuró
calmarse un poco, no quería despertarse, ya le había pasado en otras ocasiones.
Él la miraba sin entender lo que pasaba. Respiró profundamente para
tranquilizarse, lentamente lo tomó de las manos, puso su mirada en la suya, y le
dijo: “Esta es nuestra oportunidad, en cuanto despiertes, dirígete a toda prisa
a este lugar, yo también lo haré, ya no tendremos que esperar más la noche,
prométeme que estarás allí”. Él sonrió y asintió con la cabeza. Al fin el mundo
iba a conocer un amor forjado en sueños. Se abrazaron fuertemente y antes de
despedirse, una fuerza extraña los fue separando, hundiéndolos en una luz
intensa, ella sólo repetía una y otra vez, “Más allá de los sueños...”
III
Diez de la mañana. Otra vez el despertador no funciona. Unos ojos se abren
súbitamente en aquel cuarto, miran a su alrededor, los dibujos siguen ahí. Un
aire de confusión vaga en aquel lugar. Aquellos ojos comienzan a cerrarse una
vez más; quieren volver a soñar, pero hay algo que no los deja, algo los
molesta. Entonces, comienza a recordar, varias imágenes pasan por su cabeza, una
plaza... un bosque... una iglesia. Todo vuelve a su memoria. Como si su vida
dependiera de ello, escapa de su cama, busca su ropa, mira al reloj una y otra
vez, se siente nerviosa, comienza a vestirse, casi no sabe lo que hace. Poco a
poco va tomando conciencia de sus actos, vuelve a mirar la hora, ya está casi
lista, siente que alguien la llama desde su escritorio, se dirige hacia él y
observa aquel retrato. Sabe que lo va a necesitar para reconocer al hombre de
sus sueños, así que lo dobla y guarda en su bolsillo. Una vez más mira a su
escritorio y entonces la angustia se apodera de ella, se da cuenta que tiene
algo más que hacer: su práctica. Tiene que entregarla a las diez y el tiempo no
le alcanza para hacer ambas cosas. Intenta hallar una solución pero no la
encuentra, los nervios no la dejan pensar bien, saca el retrato de su bolsillo y
lo mira con tristeza, como pidiéndole consejo, cierra los ojos, respira
profundamente y sin pensar más, abandona su departamento. Baja corriendo, las
gradas están resbalosas pero no le importa. Una lágrima de emoción corre por su
mejilla, solo puede pensar en él, se apresura cada vez más. Una y otra vez su
imagen pasa por sus ojos. Quizás él ya la esté esperando, quiere correr más
rápido, los escalones le parecen infinitos, el corazón le late muy fuerte, ella
solo quiere correr más rápido, más rápido... Dos de la tarde, en la iglesia
alguien espera con impaciencia, “No vendrá”, murmura. “¿Cómo me dejé llevar por
la estupidez y creer que realmente existía?” Está impaciente, mira su reloj una
y otra vez, el ruido de los autos crea un ambiente insoportable, ya no sabe qué
hacer, lanza un suspiro y mira por última vez a la iglesia. Sabe que esperar más
sería inútil, voltea y comienza a caminar sin rumbo mientras se pregunta varias
veces. “¿Hasta dónde somos capaces de dejarnos llevar por nuestros sueños?” Ya
nada le importa, sólo quiere olvidarse de todo. Con un poco de suerte esta noche
soñará con algo diferente.
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