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| EDITORIAL |
Santa Cruz de la Sierra - Bolivia, Sábado 17, Enero de 2004
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Acabar con la corrupción de ventanilla |
La gran corrupción causa daños millonarios al pais, pero no se queda atrás la
que desde una ventanilla extorsiona al público para que el trámite sobre
cualquier asunto marche y no se detenga. La cometen funcionarios de plantilla,
casi siempre militantes de partidos políticos que les recompensan con un cargo
burocrático por su trabajo en tareas electorales–proselitistas. Generalmente les
mandan a trabajar en reparticiones del Estado donde todavía rigen modalidades
anacrónicas de atención al público, tanto en organización como en métodos de
trabajo. Estas fallas constituyen el alero bajo el cual acecha la coima a cuanto
ciudadano aguarda su turno en una larga cola para tramitar algo a su favor.
Contra la corrupción de ventanilla, hasta ahora se ha hecho poco o nada. Acaso
esto se deba a que las pupilas de todos, empezando por la de los encargados de
la lucha contra la corrupción y de los propios medios de comunicación social, se
hallan más clavadas en la corruptela de quienes le roban millones de bolivianos
al Estado que en los que le sonsacan algunas decenas de dólares al ciudadano de
a pie, a cambio de abreviarle el trámite de un asunto o de un pasaporte que le
permita escapar del país y de la crisis que le castiga.
Si algo positivo deja el escándalo en torno al Servicio de Migración de Santa
Cruz es una generalizada toma de conciencia respecto a la necesidad de acabar de
una vez por todas con la corrupción de ventanilla. Es destacable, en este
sentido, la intervención de dicha oficina, a la que sin duda seguirá una purga
meticulosa de los funcionarios involucrados en las redes de corrupción que allí
hacían de las suyas.
Cabe destacar que dicha modalidad de corrupción no se da sólo en los servicios
de Migración. El ‘toma para que se mueva el trámite’ y el ‘daca para que se
ponga en acción’, es también rutina diaria en casi todas las reparticiones del
Estado. Asumiendo como asume el fenómeno un carácter nacional, debe investir
igual carácter la estrategia de acción para liquidarlo o, por lo menos,
reducirlo a su mínima expresión.
Lo primero de lo primero es imprimirle a la institucionalización de la función
pública una proyección de integridad. Hasta ahora ella es un proceso que sólo se
cumple a medias. Urge ir a una despartidización total de los cargos públicos. La
vía idónea para hacerlo es convocando a concursos de méritos y, en su caso,
exámenes de oposición, para la provisión de los puestos cuyos titulares deban el
cargo a partidos políticos y no hayan consolidado su situación en los términos
previstos por el Estatuto del Funcionario Público y su reglamento.
A lo anterior deben seguir cambios drásticos en los sistemas de organización del
trabajo y modalidades de atención al público en las reparticiones del Estado.
Deben dejarse atrás prácticas propicias para la corrupción de ventanilla, como
la manualidad y el papeleo, reemplazándolas por sistemas que eliminen las colas
o por lo menos las acorten drásticamente.
El ‘tramitador’ forma parte del circuito de corrupción articulado en muchas
oficinas del Estado en el marco de la partidización de la función pública. Es un
intermediario entre el empleado corrupto y el ciudadano obligado a pagar para no
desesperar en una larga cola. Constituye el vértice de todo un triángulo
delictivo. Por tanto, se debe hacer recaer sobre él, todo el peso de la ley
penal. Acabar con esta especie es también asunto crucial en toda campaña de
lucha contra la corrupción de ventanilla.
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