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| EDITORIAL |
Santa Cruz de la Sierra - Bolivia, Jueves 15, Enero de 2004
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Malograr el retorno al mar |
Cierto que el usurpador chileno nunca tuvo mucha voluntad. Cierto que, en los
hechos, jamás se le movió un pelo voluntariosamente para escuchar el clamor
boliviano en torno de la reivindicación marítima. Pero al menos una vía siempre
estaba abierta a través de la cual nuestras voces podían llegar hasta La Moneda
y hasta los oídos de los chilenos, entre los cuales no son pocos los que creen
en lo justo de las aspiraciones bolivianas.
En los actuales momentos, la impresión generalizada es de que los chilenos no
quieren oír hablar más del tema de la reivindicación marítima que se le debe a
Bolivia. La posición chilena se ha endurecido, se ha radicalizado. Y el
perjuicio es grande desde el punto de las aspiraciones bolivianas. Sentimos,
honradamente, que hemos cedido terreno, que está más lejos que nunca el legítimo
anhelo del retorno al mar.
La historia lo dirá a la vuelta de poco tiempo y sin duda su juicio será
inapelable y obligará, incluso, a rectificar criterios y posiciones.
Pero mientras tanto, nos atrevemos a pensar que la política relacionada con la
recuperación del mar, por decir lo menos, no ha sido la mejor de un tiempo a
esta parte. Se la ha teatralizado con el fondo de un coro en que ha mezclado su
voz, oficiosamente, un gobernante extranjero cuyas intenciones, seguramente, no
son malas, pero que sólo han servido, hasta el momento, para llenar de
asperezas, de rugosidades, el de por sí torcido, complicado e intrincado camino
de la vuelta al océano con soberanía total.
Hablar del mar para Bolivia, que hasta hace poco era tema que se podía exponer
en cualquier foro chileno, que se podía analizar y discutir a la luz de la
historia, hoy en día es poco menos que blasfemia del lado del Mapocho, y de
profunda y prudente reserva en el entorno peruano.
Y no sólo allí en el ámbito chileno, según se lo ha demostrado. También en la
más alta tribuna del continente, que congregó a los jefes de Estado de nuestra
región, y en la que el tema marítimo boliviano ni siquiera fue comentado, pues
nadie, excepción hecha del oficioso aliado que nos ha salido al través, quiere
comprarse pleito tan enconado y tan viejo.
Constituye una pobre y absurda divagación pensar, siquiera, que podemos
recuperar el mar por el expediente de la guerra armada, porque somos, en primer
término, un país que cree en la paz, porque no tenemos condiciones para
lanzarnos a una confrontación bélica, mucho menos todavía contra una de las
potencias sudcontinentales. Por tanto, la única vía a la que podemos acogernos
es y será siempre la de la negociación. La del diálogo civilizado, la de la
diplomacia. Pensar en lo contrario es una lamentable insensatez.
Teníamos creado un clima de diálogo que se ha malogrado. Tratemos de reponerlo,
es lo que conviene a la hora presente, pero poniendo los pies sobre la tierra.
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