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EDITORIAL

Santa Cruz de la Sierra - Bolivia, Miércoles 14, Enero de 2004  

>>    Delitos a la orden del día

No hay nada que frene la delincuencia en esta ciudad de Santa Cruz de la Sierra. Vivimos bajo la amarga impresión de que en cualquier momento vamos a ser asfixiados dentro de ese círculo tremendo de crímenes y de atracos en que hemos desembocado sin darnos cuenta.
Santa Cruz de la Sierra, otrora segura, fraternal, de verdadera paz conventual, hoy es centro de peligrosidad extrema. El crimen, el atraco, los hechos de sangre en general, se dan casi todos los días. Salir de la casa lleva aparejado el riesgo de no volver al menos en el goce de la integridad física.
No sabemos en mérito de qué artilugio jurídico todos los estantes y habitantes de nuestra urbe poseen un arma. Teníamos entendido que la tenencia de armas por particulares estaba sujeta a requisitos muy estrictos, a trámites que había que llenar de manera inexcusable. Mas al parecer las limitaciones han quedado en meras figuras líricas y en los hechos es tan simple comprar un arma o un lote de municiones como adquirir un kilo de papas.
Pero lo grave es que quien compra un arma no lo hace por mera afición, por satisfacer un capricho de coleccionista. El que compra un arma está decidido a usarla, a llevarla siempre consigo y a dispararla ya sea para defenderse o para zanjar diferencias o para quedarse con lo ajeno. Creemos que somos vistos como desdichados los que no portamos un revólver de calibre mortal.
Santa Cruz de la Sierra, la otrora plácida aldea de los llanos orientales, puede parangonarse hoy en día a esas ciudades del lejano oeste norteamericano en que el aire se enrareció tanto un siglo atrás, que olía a sangre y a pólvora.
Y mientras el crimen y el atraco sangrientos ganan todos nuestros espacios, las fuerzas del orden ni se multiplican en número ni se equipan de lo más moderno y efectivo para ofrecer una mínima cuota de seguridad. Siguen siendo, numéricamente, esas fuerzas que no han acompañado el crecimiento de la ciudad con todas sus graves complejidades. Siguen siendo esas fuerzas que tal vez hubieran dado abasto en esa capital del Oriente boliviano de los años sesenta, cuando no éramos más de cien mil almas las que llenaban nuestra mancha urbana.
Grande es la tarea que hay que desarrollar para que las cosas experimenten el cambio saludable que hace falta. Grande y además costosa, que no se puede encarar con los cuatro pesos, con los pocos recursos del Tesoro General de la Nación. Pero suena a inhumano dejar las cosas como están. De modo que hay que buscar cuando menos un paliativo, una política de emergencia para que se nos conceda a los que vivimos en este violento rincón del mundo una pizca apenas de seguridad. Pongamos manos a la obra todos. En ello nos va la vida.

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