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| EDITORIAL |
Santa Cruz de la Sierra - Bolivia, Domingo 11, Enero de 2004
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Robo al ornato |
No destaca, esta ciudad de nadie que es Santa Cruz de la Sierra, rodeada de
la indolencia de sus administradores, de los encargados de cuidar y proteger el
bien público, por detalles que aporten de manera significativa para el ornato.
No hay, en ninguna dirección, piezas que constituyan un pequeño atractivo en
medio del panorama gris, por lo general sucio, por lo general ultrajado, de la
vieja capital ñuflense. A diferencia de lo que ocurre en otras urbes, sin hablar
de las grandes del exterior, tan sólo de ciudades bolivianas, Cochabamba, La
Paz, Sucre, que algo bonito tienen para enseñar, aquí, ni buscando con lupa se
halla el motivo que rompa la monotonía del descuido, la indiferencia y el
olvido.
Miseria, suciedad, desidia. Ni un jardincillo, ni una fuente como para
alegrarnos los ojos tan cansados de ultrajes y de omisiones. Santa Cruz de la
Sierra debe ser, sorprendentemente, la única ciudad del mundo entero que crece
de manera descontrolada, pero fea, sin uno solo y miserable toque de gracia. Qué
tipo de conciencia tendrán nuestras autoridades que nos les remuerde, o al menos
no lo suficiente como para moverlas al cambio.
Para colmo de males, ahora los ladrones y los malentretenidos, aprovechando que
Santa Cruz de la Sierra es una ciudad abierta, de nadie, sin autoridades, se han
dedicado a robar las plaquetas de metal adheridas a los pocos monumentos con que
contamos, además de que a los mismos monumentos les sustraen adornos o detalles
que puedan poseer algún valor. De cuajo están siendo arrancadas las placas y
plaquetas conmemorativas, de las que ya no queda una, ni para olor, según
parece.
Resulta obvio pensar que las plaquetas no son arrancadas, no son robadas por el
mero placer que a los ladrones les proporciona su “oficio” de robar. Sin duda,
algún provecho sacan vendiendo las placas cual si fuesen chatarra o material
descartado y susceptible de ser reciclado. Es decir, que en esta ciudad de Santa
Cruz de la Sierra tan peculiar, hay gente que compra las placas, que por
supuesto no ignora su procedencia y que se convierte automáticamente en cómplice
de robo y de daño contra el ornato público adquiriéndolas para darles otros
fines.
No debe ser difícil determinar qué fundición o que otro negocio adquiere las
placas de metal robadas al ornato escaso y triste de la ciudad. Y si no es
difícil determinar quién o quiénes se dedican a la compra-venta de placas
robadas, menos difícil debe ser aún aplicarles las sanciones que sin duda preven
nuestras leyes.
Que alguien haga lo suyo en estos tiempos de negligencia y omisión con culpa
grave. |
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