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| EDITORIAL |
Santa Cruz de la Sierra - Bolivia, Miércoles 07, Enero de 2004
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Y cuando tengamos mar |
El presidente de la república lo expresó muy bien a lo largo de su mensaje al
país glosado hace unas horas desde esta misma columna. Dijo el mandatario
textualmente: “El problema marítimo boliviano se convirtió en un elemento
potencial de desestabilización de la región porque el ejemplo boliviano pudo
haber cundido en otras regiones”. Y a continuación acotó lo que viene a ser más
resonante: “Por eso hoy el tema marítimo boliviano atañe al conjunto de la
región y por eso la estabilidad de la región pasa a nuestro entender por la
solución de nuestro problema marítimo”.
Mas no era necesaria esta reflexión presidencial para llegar a la conclusión de
que en el problema de nuestra reivindicación marítima siempre tuvimos la sartén
por el mango. Desde que se consumó el despojo del Litoral por la fuerza de las
armas y por imperio de unos tratados injustos, Bolivia, de manera invariable,
recibió expresiones de apoyo incondicional de la comunidad continental, en sus
anhelos reivindicatorios. Jamás ni nunca, a lo largo de un siglo, se escuchó una
voz disonante. Jamás ni nunca se sintió una expresión de apoyo para el usurpador
chileno.
En los últimos días esa espontánea reacción favorable a Bolivia se ha
intensificado de modo imbarajable. A partir del encuentro Cumbre de los
Presidentes Latinoamericanos que se realizó aquí, en Santa Cruz de la Sierra,
han menudeado las declaraciones de los jefes de Estado que, aprovechándose de
hasta la más pequeña circunstancia, han coincidido en la legitimidad de las
aspiraciones bolivianas y en la necesidad de satisfacerlas sobre la marcha. A
estas alturas no queda en el continente quien no se hubiese identificado con
Bolivia. Incluso un político norteamericano de renombre internacional,
expresidente de los Estados Unidos, -donde nunca sonó ni menos tronó el tema
marítimo- tomó posiciones de nuestro lado, en la gestión reivindicatoria. El
usurpador chileno está solo, en cambio, con sus mezquindades y su omnipotencia.
Desde luego que cabe esperar que esta presión continental precipite, en acto
estricto de justicia, una salida para el enclaustramiento de nuestro país. La
oportunidad se ha hecho propicia para buscar esta salida, para forzarla incluso
buscando cómo recuperar el tiempo perdido. Corresponde tomar las previsiones del
caso para no desaprovechar el auspicioso momento.
Pero la reivindicación marítima no va a resolver por sí sola nuestros viejos
problemas. Debemos tener conciencia de lo que nos corresponde hacer cuando se
nos abran los caminos del mar. En los momentos actuales, y desde un siglo atrás,
hacemos estribar nuestras pobrezas, nuestros fracasos, nuestras frustraciones en
la falta de mar. ¿Qué sucederá cuando tengamos mar, si seguimos en las mismas,
es decir, tan fracasados, tan pobres y tan frustrados como siempre? ¿A quién o a
qué le vamos a echar la culpa? Sigamos sustentando nuestros derechos sobre el
Litoral, pero con una base sólida acerca de lo que tenemos que hacer con él.
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