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EDITORIAL

Santa Cruz de la Sierra - Bolivia, Domingo 04, Enero de 2004  

>>    Distinciones devaluadas

No debe haber un sólo lugar en el mundo en que se concedan más distinciones que en Bolivia y, en particular, en Santa Cruz de la Sierra. En este medio nuestro en que somos tan frívolos, en que no nos tomamos en serio, para nada, las cosas, los años redondos nos los pasamos buscando a quiénes condecorar, a quiénes distinguir, y por supuesto, obrando en consecuencia.
En Bolivia, y particularmente en Santa Cruz, el sólo hecho de vivir muchos años, es decir, de ser viejo y más aún, muy viejo, constituye merecimiento absoluto y, por consiguiente, hay que colgar medallas y conceder distinciones en farándula bien comida, bien bebida y bien bailada.
Pero también el ser muy joven es punto menos que una hazaña que hay que premiar otorgando diplomas y medallas. De la vida real, y de no muy lejana data, es el caso de un empleado del ramo judicial, que recibió presea de oro, nada menos, por treintaitantos años de servicios. Treintaitantos años de servicios durante los cuales el que recibió la áurea presea no hizo nada ni para cambiar la rutina ni para mejorar el ambiente físico de su oficina en que sólo existía una mesa desvencijada, una vitrina rebalsando papeles, dos sillas igualmente desvencijadas, una fotografía del presidente de la república y unas ratas voraces. No había tenido ni la intención de conseguir un mueble para guardar expedientes que allí estaban amontonados sobre el piso. Pero por la simpleza de haber cumplido treintaitantos años sin decir ni quiu, lo cubrieron de oro y le cantaron loas.
El individuo, como individuo, tiene una misión que cumplir a su paso por este mundo. El cumplimiento del deber es una obligación inexcusable, no constituye por tanto, ningún mérito. Pero allí están, como nubes, instituciones y personas, a la carrera tras los que cumplen, lisa y llanamente sus obligaciones, para colgarles insignias, escudos o entregarles pergaminos y diplomas -de los que tienen en extraordinaria variedad y color-, sólo porque trabajaron o calentaron asientos sin rechistar durante una buena porrada de años.
Como muchos son afectos a los faroleríos, acceden al séptimo cielo cuando los alcanzan los proveedores de medallas o de diplomas al troche y moche. Pero en estricto rigor de verdad, a fuerza de otorgar distinciones, muchas de ellas sin un justificativo cierto, se las tiene terriblemente devaluadas. De cartones y medallas que carecen de peso moral, la gente tiene llenos sus cajones, si es que no fueron a parar directamente a los basureros.
Es menester hacer conciencia de que los individuos venimos a este mundo con una misión que cumplir. Por tanto, cumplir una misión no significa, de modo absoluto, hacer algo fuera de lo común, extraordinario, sobresaliente, que merezca preseas, que justifique títulos. Muy medidos deberíamos comportarnos, evitando caer en festinatorios e inadecuados halagos.
Eso no quiere decir, desde luego, que en nuestra variopinta comunidad no haya gente, no haya servidores, creadores, benefactores, gente en fin, con determinada sensibilidad, con habilidades especiales que no se merezcan una demostración de gratitud, una expresión de reconocimiento o de estímulo. Claro que los hay y varios de ellos con perfiles nítidos, con rasgos inconfundibles. Pero el manejo de los homenajes y de los reconocimientos llega con frecuencia a los excesos y esto es lo que hay que evitar para no devaluar las distinciones.
Muchas veces hemos oído decir, y con sobrados argumentos, que en cuanto a distinciones, no se incluye a todos los que las merecen, ni los que las reciben son realmente los que las han ganado de forma legítima.

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