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| EDITORIAL |
Santa Cruz de la Sierra - Bolivia, Martes 25, Noviembre de 2003
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>> Contra el crimen |
Los medios de comunicación han
dado cuenta, en las últimas horas, de los altísimos y espantosos índices que
ha alcanzado la criminalidad en Santa Cruz de la Sierra y en los dos últimos
meses.
Asesinatos, asaltos, atracos, el audaz e imparable robo de vehículos
motorizados más otras formas viejas y nuevas de la delincuencia, los hemos
tenido en nuestro medio con una frecuencia inusual, uno o más casi a diario
y de características atroces, de película, como vulgarmente se dice. Como
para no sentir esa tremenda sensación del piso que se nos mueve bajo los
pies.
Ante situación sencillamente terrible que afecta gravemente a los cimientos
de nuestra sociedad, salen sobrando las reuniones, los foros, los desayunos
trabajo, los discursos, las discusiones y los tantos y tantos rodeos en que
habitualmente nos embarcamos, más para escaparnos por la tangente que para
buscar soluciones.
La situación no puede ser más clara. El crimen nos ha rebasado, la
delincuencia tiene vara muy alta. La delincuencia está convirtiéndose aquí
en Santa Cruz de la Sierra en el medio de subsistencia fácil, sin mucho
riesgo, sin riesgo alguno, diríamos, de cada vez una mayor cantidad de
gente.
Y ante realidad tan patética y estrujante las fuerzas responsables del
mantenimiento del orden público, los encargados de velar por la seguridad de
la vida y de la hacienda de las personas, acusan materiales dificultades que
se las veía venir hace años y que, a la fecha, ya no pueden ser toleradas.
¿Es necesario, acaso, celebrar reuniones y entablar discusiones
interminables para llegar a la conclusión, ampliamente sabida, de que el
personal de las fuerzas de seguridad es definitiva y totalmente
insuficiente? Nuestra capital ha crecido de manera extraordinaria. La mancha
urbana, dentro de sus límites elásticos, no cesa de crecer y ya es un
verdadero monstruo.
Y en la medida en que geográficamente la ciudad se extiende mucho más allá
de lo que se podía prever, la población se multiplica. Las corrientes
migratorias desde el interior y el exterior del país vienen cada vez más
revueltas y rumorosas. Bordeando el millón y medio de almas, si es que no ha
sido superada esta cifra, el incremento de la densidad poblacional está
distante aún de darse por controlado. Queremos decir que todavía seguiremos
creciendo en número y, desde luego, de manera abrumadora.
De cara a este fenómeno totalmente descontrolado, las fuerzas del orden
público ni son incrementadas en sus plazas, ni reciben armamento adecuado y
ni siquiera cuentan con vehículos motorizados en buen estado de
funcionamiento como para desarrollar una efectiva labor de vigilancia. Las
fuerzas del orden público, por muy buena voluntad que tengan, no pueden
medirse con el crimen porque éste, desde hace tiempo, las aventajan en todo
sentido.
Esa es la triste realidad, se la aprecia sin necesidad de foros, de
conferencias ni de discusiones. Sobre esa base hay que demandar la atención
especial de los poderes del Estado pues no es posible que al motor del
desarrollo nacional se lo tenga tan a la intemperie.
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